Mundo / 3 de Junio de 2017

China en el centro: La Inglaterra victoriana de este tiempo

En un escenario internacional incierto, el gigante asiático aparece como lo permanente, acrecentando su influencia global.

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China's President Xi Jinping looks on at the World Economic Forum in Davos, Switzerland, Tuesday, Jan. 17, 2017. (AP Photo/Michel Euler)

El gigante asiático observa un mundo en el que la modificación sustituye lo estable. El tablero internacional se altera; las alianzas geoestratégicas más solidas parecen diluirse. Hasta el futuro cercano se vuelve incierto en el escenario que se extiende ante la mirada de China. Y esa incertidumbre debilita a las potencias que siempre la miraron desde arriba y con desdén. Nunca se parecieron tanto a los tigres de papel que describía Mao Tse-tung.

La supremacía total irrumpe en el horizonte chino. Por primera vez parece una posibilidad cierta. Quienes controlan la neurona principal del gigante asiático no deben perder de vista otra certeza del líder revolucionario: para conquistar la victoria “debemos cuidar la unidad con nuestros auténticos amigos, para poder destruir a nuestros verdaderos enemigos”.

¿Quiénes son los “auténticos amigos” y los “verdaderos enemigos”? Por lo pronto, Corea del Norte parece estar saliendo de la primera categoría. Las últimas pruebas de misiles realizadas por el régimen norcoreano humillaron a Beijing, al mostrarle al mundo que no escucha sus pedidos ni cumple con sus exigencias.

Ni abastecerlo de petróleo ni comprarle el carbón le permitió a China poner en caja al régimen norcoreano haciendo que cesen los ensayos de misiles de mediano y largo alcance. Pero mientras Corea del Norte se comporta como un perro demente que muerde la mano de sus protectores, la influencia china sigue creciendo. Así como la Inglaterra victoriana construía ferrocarriles, caminos y puertos en buena parte del planeta para transportar las materias primas que consumía su industria y su pueblo, hoy es China la que invierte en medios y vías de transporte, además de desarrollar la producción energética de los países que producen las materias primas que demanda la industria y el pueblo chino. Buena parte de Asia, África, Oriente medio y América Latina reciben esas inversiones y profundizan su relación económica con la nueva superpotencia del Oriente.

China es la Inglaterra victoriana de este tiempo.

Todo está en movimiento y en potencial mutación, incluso en el vecindario del gigante. Pero la mayor inestabilidad ocurre en lo que fue el principal polo de poder mundial desde la Segunda Guerra Mundial: el eje del atlántico norte.

Pulseada

Mientras el resto del mundo parece lo incierto, el rumbo de por la vía que comenzó a principios de la década del 80. Tras la muerte de Mao y el efímero y criminal reinado de la Banda de los Cuatro, tomó el mando Hua Guofeng y levantó la excomunión que impedía llegar al poder a las víctimas de la Revolución Cultural.

La rehabilitación permitió que arriben a la máxima conducción los reformistas Deng Xiaoping y Zhao Ziyang. Ellos pusieron en marcha la apertura económica que continuó Jiang Zemin, consolidó Ju Jintao y profundiza Xi Jinping.

La “gran marcha” del reformismo corrió un serio riesgo en el 2012. Si en el proceso de selección del nuevo líder máximo se hubiera impuesto Bo Xilai, la historia podría haber seguido otro rumbo. A pesar de ser el hijo de Bi Yibo, una de las víctimas más célebres de la Revolución Cultural, Bo Xilai aglutinó fuerzas para llegar a la cumbre del Partido Comunista y del Estado proponiendo un regreso a la pureza ideológica y a la visión colectivista de Mao.

A la pulseada la ganó Xi, por eso la reforma continuó su marcha y Bo Xilai terminó condenado a cadena perpetua por malversación de fondos, aceptación de sobornos y abuso del poder.

Con el rumbo ratificado, Xi Jinping pudo presentar a China en la cumbre de Davos como la máxima defensora del libre comercio y la principal enemiga del proteccionismo. Una auténtica ironía de la historia, que es posible en este mundo parecido al reino del revés. La clave es la apariencia de inmutable estabilidad, en un escenario internacional plagado de tembladerales.

Cumbre

La reunión del G-7 confirmó el caos en el que parece disolverse un viejo y poderoso matrimonio. Del mismo modo con que George W. Bush sacó a Estados Unidos del Protocolo de Kioto, al que Washington había adherido durante el gobierno de Bill Clinton, ahora Donald Trump deja plantados a sus cónyuges en el altar de la responsabilidad ambiental, al negarse a ratificar el Acuerdo de París sobre el Medio Ambiente que había suscripto Barak Obama.
Los desacuerdos que durante la cumbre del G-7 afloraron sobre el libre comercio, firmemente defendido por Europa y despreciado por el gobierno de Trump, emitieron otra señal de divorcio. Esa señal se hizo más fuerte con la indiferencia hacia la OTAN que mostró el magnate que ocupa la Casa Blanca.

Para que no queden dudas de que Washington le empieza a dar la espalda a los escenarios que antes llenaba, la canciller alemana describió el proceso casi en tono dramático. Angela Merkel le avisó a Europa que ya no puede contar con Estados Unidos y tampoco con Gran Bretaña.

Todo parece mostrar un Trump al servicio de Vladimir Putin, porque al Kremlin le conviene una Europa más débil y una Alianza Atlántica en coma inducido. Y también es una puerta más que se le abre a China para avanzar hacia la hegemonía total. Rusia es poderosa en términos militares y geopolíticos, pero no es una híperpotencia mundial en términos económicos.

Trump le hizo otro gran favor a China: sacó a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, el tratado de libre comercio que empoderaba comercialmente a Washington en el área de influencia de Beijing.

Con Estados Unidos en un proceso de ensimismamiento que lo lleva del libre comercio al proteccionismo y debilita su alianza económica y militar más antigua y vigorosa, además de debilitar la sociedad con sus vecinos Canadá y México, cuando los gobiernos del mundo buscan certezas en el océano de incertidumbre que es el mundo de estos días, miran hacia el gigante asiático. En China impera la dictadura de una burocracia, mediante el régimen de partido único. Pero su supervivencia en un tiempo de colapsos y derrumbes, la muestra como un horizonte previsible.

El carácter autoritario del régimen baja su perfil de notabilidad, en un tiempo en que la cultura autoritaria avanza sobre la cultura liberal. El propio presidente de la democracia más antigua y poderosa del planeta, desprecia la democracia. Lo dijo el mismo Trump cada vez que elogió el modelo de liderazgo ruso, y lo confirmó su biógrafo, Tony Schwartz.

Con un gobierno proteccionista y aislacionista en los Estados Unidos y con liderazgos eurófobos y anti libre mercado creciendo en las urnas y poniendo en duda el futuro de la Unión Europea, China, su economía y su régimen aparecen como un horizonte previsible. Un refugio en la intemperie de la incertidumbre.

 

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