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Teatro / 5 de octubre de 2012

teatro

Un Macbeth exasperado

“Macbeth”, de Shakespeare. Con Alberto Ajaka, Mónica Antonópulos, Luciano Cáceres y elenco. Dirección: Javier Daulte. Teatro San Martín, Corrientes 1530.

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Desde que el hombre tuvo conciencia de sí mismo, la ambición se convirtió en uno de sus rasgos principales. Bien entendida, semejante pulsión lo hizo superar, en pocos siglos, sus propios límites físicos hasta llevarlo a la más sofisticada tecnología. Pero también fue el motor de guerras y luchas fratricidas, una espantosa crueldad que aún en pleno siglo XXI continúa con igual virulencia.

Quizás esta sea la razón, además de su portentosa construcción dramática, para que la vigencia del Macbeth shakesperiano mantenga intacto su interés en el espectador contemporáneo. En la trama, un aquelarre de brujas predice al atribulado protagonista sobre su futuro ascenso dinástico y posterior coronación como rey, pero azuzado por su codiciosa esposa, no dudará en adelantar los pronósticos a través del crimen y la traición. Ante tamaño accionar, servidores y cófrades se verán obligados a ponerse en favor o en contra del mismo; por otra parte, los asesinos, corroídos por la culpa, se precipitarán en la locura y quedarán expuestos.

La obra es tan fascinante como mayúscula al plantear, con minuciosa lucidez, el eterno deseo de poder desmedido que lleva a los hombres por él poseídos, al abismo de no medir sus actos. La nueva puesta que se estrenó generó justificadas expectativas. La mirada de uno de los mejores directores de la escena porteña, el multipremiado y talentoso Javier Daulte (también a cargo de la versión); más los recursos humanos y artísticos del Complejo Teatral de la Ciudad y la posibilidad de reunir a un elenco libre de las presiones habituales en la cartelera comercial, acumulaba suficientes garantías de novedad, rigor y calidad. Lamentablemente, esto sucede a medias.

Estéticamente atractivo, el montaje no ofrece nada singular. Se ha visto innumerables veces la mezcla de épocas en el vestuario, los dispositivos móviles de la escenografía y una atmósfera lumínica que remite a esos ambientes postapocalípticos. Sin embargo, donde se evidencia la mayor falla es en el desempeño actoral, llevado a un registro que apela, casi, al grito pelado y cuyos bienvenidos matices vocales, vaya paradoja, solo afloran con el uso de micrófonos de mano (¿eran necesarios?). Y así como a Mónica Antonópulos la excede el rol de Lady Macbeth, mientras Luciano Cáceres, Julieta Vallina y Agustín Rittano revalidan sus quilates, Alberto Ajaka evidencia también su valiosa aptitud interpretativa, aunque más que reflejar la torturada alma de su compleja criatura, consigue irradiar el enojo constante.
Por cierto, las monigotadas del portero que orina en escena (a cargo del muy buen comediante Martín Pugliese) son totalmente innecesarias.