Sociedad / 13 de marzo de 2014

Qué tiene el Papa Francisco en la cabeza

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Como todos los años Francisco festejó el cumpleaños de Julio Rimoldi, director del Canal 21 del Arzobispado y colaborador cercano desde hace más de dos décadas, con un almuerzo privado. Claro que no estaban dentro de la Curia porteña sino en Santa Marta, el austero lugar donde actualmente reside el Papa, y el ex cardenal ya no era su jefe directo sino uno de los hombres más poderosos del planeta. El acontecimiento, ocurrido un par de semanas atrás, terminó cuando Francisco les ordenó a los mozos: “Traigan champagne para brindar que hoy cumple años mi amigo Julio”, ante la mirada de un montón de personas que se preguntaban quién sería ese privilegiado que, por supuesto, lejos de pisar Roma para cumplir con el ritual de festejar junto a su ex jefe, llegó a la Santa Sede porque debía firmar acuerdos relacionados a la difusión de la imagen papal.

La ceremonia en cuestión fue uno de los últimos actos relajados que el Sumo Pontífice se regaló a sí mismo (aunque el cumple era de Rimoldi) antes de viajar a Brasil para presidir la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Río de Janeiro donde, además de un impresionante operativo de seguridad que Francisco se encarga de complicar a cada minuto enloqueciendo a los organizadores (“No quiero policías ni hombres del ejército con armas largas que me separen de la gente en las calles. Tampoco vidrios blindados…”, ordena), lo espera buena parte de la juventud católica mundial que viajó para verlo. Esto no implica que su protección personal le resbale. Pero lo último que necesita Bergoglio, un hombre que según sus colaboradores más íntimos no se conforma con ser Papa y busca la santidad, es empastar su primer viaje importante exhibiendo barreras mundanas propias de un jerarca que lo separen de las personas, en especial de esa juventud que no solo ve en él a un líder carismático sino al personaje que puso de moda al catolicismo, devolviendo a los jóvenes el orgullo de pertenecer. En su obsesión por el contacto con la gente, hay testigos que lo vieron disfrazado con sobretodo en plena Plaza San Pedro preguntando cuánto salen las estampillas y otras bijouteries que se venden ahí (imaginen la cara de los vendedores).

“Para hacer todo lo que quiero me quedan cuatro años”, le susurró, hace unos días, a uno de sus colaboradores más cercanos en esos raros momentos en los que se confiesa frente a alguien sin apelar a las metáforas. La “predicción” no supone que tenga la bola de cristal ni está relacionada a misterio alguno o enfermedad. Es parte de su carácter duro y pragmático. Sabe que los niveles de poder absoluto que alcanzó desgastan, y por si necesitaba algún tipo de reafirmación ahí tiene a Benedicto XVI, quien al asumir parecía un atleta de alta competición y hoy apenas puede con su cuerpo. “Si Dios dispone otra cosa así será, pero ese es el plazo para el que me estoy preparando”, siguió ante la mirada de su amigo que, por supuesto, trató de distraerlo de semejante fijación temporal.

VENERACIÓN. “Se escriben un montón de pavadas”, comenta el Papa ni bien le muestran, saltando de alegría, los ríos de tinta favorables que la prensa hace correr sobre él (posters incluidos). Pero esa ligereza se deshace en la intimidad donde sí desliza estar preocupado como consecuencia de esta ola de amor súbito que despertó en la sociedad recién comenzado su reinado. “Todo lo que sube rápido baja a la misma velocidad”, es una de las frases que más les repite a sus poquísimos asesores por estos días. Según me confesó un obispo argentino del riñón de Bergoglio, las preocupaciones papales se dividen en dos sentidos. Por un lado, sospecha que la buena predisposición de los medios podría estar inflada gracias a las malas artes de sus enemigos que pretenden, justamente, desgastarlo igual que a una figurita del espectáculo. “Voy a terminar cansando…”, se enoja ni bien le informan que su imagen ocupa otra portada o alguien escribe un nuevo libro sobre él. El punto de inflexión fue su elección como hombre del año (antes de que el año terminara) por unos de los símbolos de la frivolidad mundial: Vanity Fair. Por otro lado, y quizá lo más preocupante desde su punto de vista, entiende que deberá sostener esa fama conseguida de la noche a la mañana con decisiones concretas que la sustenten; caso contrario quedará como un fenómeno más del marketing moderno.

“Después de Brasil empieza mi papado”, habría comentado con cierta resignación por lo que deberá afrontar en los meses siguientes. Según le hizo saber a su gente, considera que el viaje al país vecino es el último eslabón de una cadena de placeres que le regaló la entronización (detesta los aviones aunque le importan los jóvenes, tanto por puros y activos como por estratégicos para la Iglesia), y que, a partir de ahí, comienza una etapa de inmersión sin respiro en luchas que la Iglesia necesita no ya para ajustar el rumbo en los tiempos que corren sino con el fin de apuntalar su supervivencia; esa sería la clave, por lo menos de acuerdo a quienes lo conocen bien, para entender por qué (y ante todo por dónde) busca la santidad: quiere quedar en la historia como el hombre que “salvó” a la Iglesia Católica de un derrape que muchos veían como seguro y, lo que es peor aún, cercano. Porque, y en esto no anda con medias tintas ni intenta ocultarlo a la hora de decir lo que siente (al menos en privado), está convencido de que la institución que preside está enferma de corrupciones varias que cruzan el amplio espectro de las miserias humanas. Desde delitos sexuales hasta lavado de dinero, hay para todos los gustos.

Para leer la nota completa, adquiera online la edición 1908 de la revista NOTICIAS.

Qué tiene el Papa en la cabeza

 

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