Ciencia / 7 de junio de 2015

ESPECULACIONES Y EXPERIMENTOS

Zombies y neurociencias

Científicos cognitivos analizan los daños cerebrales que podrían generar “muertos vivos”. De la ciencia ficción al laboratorio.

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Timothy Verstyneny y Bradley Voytek analizan las posibles fallas cerebrales que padecerían los zombies de cine y TV.

El lunes 4 de mayo empezaron las grabaciones de la sexta temporada de la serie “The walking dead”, aunque habrá que esperar hasta el 11 de octubre para volver a verla por televisión. Los fans sufren un estado de ansiedad cercano a la abstinencia. Sufren la carencia de los muertos vivos que convirtieron al mundo en un coto de caza donde los seres humanos son las víctimas más débiles, numérica y espiritualmente. Si las personas que quedan se enamoran, lloran a parientes y amigos muertos, pasan hambre, sed, odian y envidian, los caminantes siguen su rutina año tras año, año tras año, capítulo tras capítulo. Caminan (como pueden), gruñen (como les sale), buscan comida fresca (aunque no tengan más que una mandíbula carcomida y putrefacta) y padecen iras tremebundas cada vez que un sonido les perfora lo que queda de su cerebro.
Pero el fenómeno sálto de la ciencia ficción a los laboratorios cuando dos neurocientíficos de renombre analizaron cómo sería el cerebro de un zombie o muerto vivo, y qué es lo que explicaría sus conductas. Ni escritores de ficción ni seguidores de un culto profano, sino serios y conocidos científicos de las respetadas universidades Carnegie Mellon y de California-San Diego. Se trata, respectivamente, de Timothy Verstynen y de Bradley Voytek, que escribieron el libro “¿Sueñan los zombies con ovejas no-muertas?”, publicado por la Universidad de Princeton.
“Con este libro en sus manos, es muy probable que usted se esté preguntando `¿Es realmente posible que exista una neurociencia de los zombies´? Y la primera respuesta es que sí, porque los zombies tienen cerebros, de hecho usted tiene que destruir ese cerebro para lograr matarlos completamente”, advierten los neurocientíficos en la introducción del libro.
Y aunque a primera vista no lo parezca, lo cierto es que los zombies son muy interesantes desde un punto de vista puramente científico, porque para cada uno de sus comportamientos hay una respuesta que conduce hacia un mal funcionamiento del cerebro.
¿Por qué los walking dead se mueven tan lentamente y con tanta inestabilidad? ¿Por qué no pueden hablar? ¿Tienen dolor? ¿Por qué necesitan comer todo el tiempo y son tan irascibles? ¿Reconocen a los seres que alguna vez amaron cuando estuvieron en vida? ¿Saben que están propagando una epidemia incontrolable? Cada una de las partes destrozadas de la mente zombie es la causante de que ellos apenas se muevan, de que solo graznen, de que puedan perder un brazo sin mover una ceja, de que todo lo que hagan en el mundo sea perseguir comida (seres humanos) en movimiento. Y que carezcan de emociones excepto la más básica de los ancestros humanos: la ira.
Un cerebro atacado por una bacteria o un virus que destruya las neuronas podría manifestar algunas de estas características. También una mente invadida por contaminantes ambientales que maten y limiten las conexiones neuronales. Por qué no una guerra bioquímica entre grandes potencias. El apocalipsis zombie podría, desde un punto de vista cerebral, ocurrir. Al menos en los papeles.
Orígenes tribales. Antes de que en las últimas décadas los zombies se apoderaran, en la ficción, de ciudades desarrolladas occidentales, de campos, de shoppings y de torres de oficinas comerciales, al zombie se lo asociaba normalmente con Haití y con la religión vudú. Los zombies producto de la magia vudú resurgían de la muerte solo para cumplir con los mandatos caprichosos de un sacerdote, un bokor.
La palabra zombie tiene raíz africana y proviene del término “nzambi”, que significa espíritu de una persona muerta”. Según la creencia vudú, el bokor puede pedir tomar posesión del alma de un individuo particularmente problemático o amenazante. El bokor induciría la muerte y separaría del cuerpo al espíritu que es el “pequeño buen ángel”. Una vez que el individuo “resucita”, el cuerpo de quien era un ser humano es forzado para trabajar a las órdenes del bokor.
“Una investigación antropológica hecha por el etnobotánico Wade Davis postula que el proceso de hacer un zombi haitiano es básicamente neurofarmacológico –explica Brad Voytek-. El bokor usa una sustancia química que halla en algunos animales (sobre todo en el pez globo), denominada tetrodotoxina (TTX) para paralizar a la persona e inducirle un estado similar al de la muerte. Una dosis no letal de TTX permite que la persona “muera” y más tarde “resucite”. Durante la recuperación, la víctima es forzada a consumir datura, una planta que contiene más químicos, como la escopolamina (a la que también se la llama hioscina o burundanga), un alucinógeno que deja a la persona obediente y con fuertes delirios”. La persona tiene su estado mental tan alterado que es muy fácilmente coercible.
Siglo XXI. “Lo interesante del fenómeno zombie es que mucha gente se arroga el derecho de volcar sobre esos seres una cantidad de fantasmas sociales, económicos, psicológicos y filosóficos del ser humano. ¿Modificación genética? Zombies. ¿Armas atómicas y radiación? Zombies. ¿Lucha de clases? Zombies. ¿Racismo? Zombies. Crisis existencial e incertidumbre acerca del libre albedrío? Zombies. ¿Experimentación biológica? Zombies. ¿Exploración espacial? Zombies. ¿Consumismo descontrolado? Zombies. ¿Violencia sinsentido? Zombies. ¿Muerte? Zombies”, analizan Verstynen y Voytek.
Y es real que cualquiera de esos hechos aparecen en películas, comics y series como causantes del apocalipsis zombie. Pero últimamente el origen de la epidemia se instaló en otro lugar: virus y bacterias que invaden el cerebro y lo van matando poco a poco hasta dejarlo reducido a su mínima expresión, que es aquél cerebro más cercano al primitivo de un lagarto que al de un ser humano moderno.
Los zombies están siempre hambrientos porque perdieron algunas funciones controladas por el hipotálamo, entre ellas, la de la sensación de saciedad. En la vida real, las personas con este tipo de daño beben y comen sin parar. Los muertos vivos no mordisquean humanos por maldad, sino porque nunca se sienten llenos.
Un daño en el lóbulo parietal provoca que solo puedan concentrarse en lo que tienen delante de sus caras (o de lo que quede de ellas), y en la realidad hay un síndrome (se llama Bálint) por el cual la persona enferma apenas si es capaz de ver aquello que más llama su atención. Lo que un zombie ve es la persona que corre delante de él, no a sus hermanos zombies detrás: por eso, si alguna vez tenemos un caminante cerca, lo mejor es quedarse quieto y escondido y no moverse.
Algo muy característico de los zombies es su modo de moverse: arrastran los pies, apenas flexionan sus piernas, y son incapaces de abrir una puerta moviendo la manija. Es que padecen de un desorden del movimiento causado por daño y atrofia en el cerebelo, lo que les impide levantar los pies, correr, hablar y mantener el equilibrio.
Una de las cosas más impresionantes de un zombie (al menos de uno que sobrevive en la pantalla) es que no tienen piedad ni de hijos, ni de padres, ni de hermanos. Su canibalismo en crudo no distingue objetos posibles de ser deglutidos. ¿El problema? Padecen de prosopagnosia, lo que en términos no científicos se conoce como ceguera de rostros. Agregado a esto, un hipocampo destrozado hace origina amnesia retrógrada, con lo cual el muerto vivo vive cada día como si fuera el primero de su vida. No tiene memoria de largo plazo.
Sin piedad, ni empatía, ni ternura, ni culpa, lo que sí invade a los zombies son los permanentes ataques de ira que los hace desgarrarse el cuerpo en dos con tal de alcanzar el objeto de su deseo: carne fresca, entrañas y… cerebros. Lo más probable, dicen Verstynen y Voytek, que los caminantes tengan herido de muerte un circuito que conecta la amígdala con el hipocampo y el sistema límbico del cerebro. La furia se vuelve incontrolable.
Finalmente, un zombie jamás podrá hablar porque les falla el área de Brocca, y otra falla en el área de Wernicke les hace imposible entender los pedidos de piedad de sus víctimas.
Resumido el diagnóstico, queda por preguntar ¿cómo se les ocurrió a dos neurocientíficos jóvenes y exitosos investigar y escribir un libro sobre zombies? “Todo empezó cuando Tim y yo empezamos a juntarnos para ver películas sobre zombies con otros colegas. Es casi imposible que un grupo de neurocientíficos viendo estas películas, después de un buen rato y unas cuantas cervezas, no empiecen a diagnosticar a los muertos vivos y a hacer una disección de lo que queda de sus pobres cerebros”.

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