Opinión, Política / 28 de octubre de 2018

Ganó Bolsonaro: la culpa progresista

El triunfo del ex militar en Brasil desconcierta a rivales incapaces de elaborar autocríticas racionales. ¿Ganó Macri?

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Sin Lula, Bolsonaro llega al 22 por ciento de los votos, lo que, si bien lo ubica en el liderazgo, no representa un crecimiento significativo en sus apoyos.

Los progre-populistas analizarán el triunfo de Jair Bolsonaro como el éxito lamentable de una conspiración artera del establishment político-económico-judicial-religioso-mediático, avalada por los Estados Unidos y con base en los sectores más atrasados y conservadores de la sociedad brasileña.

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Algo (o mucho) de eso hay. Sin embargo, las propias conclusiones pataléticas del popu-progresismo carecen de un elemento esencial para que resulten completas, profundas y creíbles: por qué pierden tras haber hegemonizado procesos políticos extensos en el tiempo e intensos en realizaciones, conflictos y polémicas. Sin una autocrítica ni por asomo, se resignan a un dudoso estado de victimización que los empequeñece, sobre todo en términos de dignidad.

El cavernícola Bolsonaro es al Brasil post “Lulista” lo que Lula fue al Brasil levemente democratista de Fernando Henrique Cardoso. Es la ruptura con lo establecido. Lo “políticamente incorrecto”, como lo fue Da Silva, pero esta vez con aportes brutales a una etapa global de desideologización que deja absortos a los principales analistas internacionales.

Los procesos políticos personalistas y demasiado extendidos en el tiempo fatigan a las sociedades. Sin recambios de figuras capaces de suplantar al “líder” y al frente de economías dependientes, terminan siendo el problema cuando alguna vez fueron la solución. Pasados los círculos virtuosos de acumulación, sus incluidos pasan a exigir más y se suman al miedo de quienes siempre temen perder posiciones. El poder a la larga envilece, genera soberbia. Y negocios.

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Habría que considerar también un detalle muy relevante de los recientes procesos “latinoamericanistas”: incluyeron con justicia a minorías sexuales, de género y raciales que, empoderadas, se autonomizaron generando la reacción de otras minorías (conservadoras, incultas, religiosas o aun excluidas) que celan aquellos logros y sienten que los han financiado con impuestos sin beneficio propio alguno.

Por más que sea cierto, resulta demasiado cómodo, improductivo e inaceptable quedarse con que Bolsonaro “es un bruto”. El problema de fondo es por qué “lo otro” perdió impulso, glamour, mística, interés, apoyo… No olvidemos que Lula fue el favorito del establishment capitalista mundial en el arranque del siglo.

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Y ahí entra lo que Macri debería temer: al ganar nada menos que en Brasil, Bolsonaro es el principal candidato a ser el nuevo niño mimado. Macri deseaba ese lugar. No lo consiguió sin Bolsonaro a la vista.

 

*Jefe de redacción de Noticias.