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Opinión / 16 de diciembre de 2018

¿En qué afecta el fracking a la tierra y la gente?

La socióloga Maristella Svampa contó en su libro “Chacra 51”, las consecuencias en la Patagonia de la explotación por fractura hidráulica del petróleo. ¿Riqueza o desastre ecológico?

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Se podrá coincidir o no con el pensamiento de la socióloga, escritora e investigadora del Conicet Maristella Svampa, pero difícilmente podrá ponerse en tela de juicio su honestidad. Esa con la que desnuda los conflictos de su familia en su nuevo libro “Chacra 51. Regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking”. Aquí relata con excesivo detalle y acertado clima intimista y descarnado cómo en la chacra de peras y manzanas de su abuelo, donde ella nació, en Allen (Río Negro), un primo adicto a la delincuencia común y las drogas terminó autorizando el ingreso de una petrolera para hacer fracking en una formación geológica vecina de Vaca Muerta. Las Lajas no es tan conocida como Vaca Muerta pero que permitió el inicio de la actual recuperación de la producción de gas en la Argentina. Claro que Svampa no lo celebra, ella milita contra el fracking por su impacto ambiental y sus consencuencias sociales. Y en su libro relata una cara desconocida del boom colateral de Vaca Muerta, pues su tierra no es como la menos poblada estepa neuquina, donde las torres de perforación y fractura se emplazan donde había comunidades mapuches o pequeños ganaderos caprinos. El suyo es el Alto Valle del Río Negro, tierra de la que a fines del siglo XIX fueron expulsados los indígenas y que desde entonces fue poblada por colonos españoles e italianos, como los Svampa.

La autora de “Chacra 51”, que nació allí hace 57 años , partió a los 18 a estudiar Filosofía en Córdoba, después se doctoró en Sociología en París, da clases en La Plata y ha sido conferencista en Alemania, Francia, Italia, México, Costa Rica y Canadá, ha escrito numerosos libros de ensayo sobre movimientos sociales e industrias extractivas y tres novelas. Pero su nuevo libro cuenta su regreso a Allen a los 50 años, la vuelta al “páramo”, como ella lo llama por la progresiva crisis de la fruticultura, que también supo diseminar agroquímicos ahora prohibidos, y el súbito avance de las petroleras. No es que Svampa se haya radicado de vuelta allí sino que ha comenzado a librar la lucha contra el extractivismo en su propio pueblo.

El Concejo Deliberante de Allen, con la movilización de fruticultores como el padre de Svampa, de ecologistas y el resto de la sociedad civil, llegó a prohibir en 2013 el fracking, pero a los pocos meses el Superior Tribunal de Justicia rionegrino echó por tierra esa prohibición y, con ella, el activismo popular. La socióloga hubiese deseado correr la misma suerte que donde se prohibió o suspendió la técnica de fractura del esquisto o las arenas compactas con agua y químicos, como en Francia, Bulgaria, Alemania, Gales, Irlanda, Escocia, Cantabria o el País Vasco, en municipios de estados norteamericanos como Nueva York o California, o en localidades de las provincias de Entre Ríos, Buenos Aires, Mendoza e incluso Río Negro. “La conversión de los chacareros en superficiarios (los que cobran la ‘servidumbre’ de las petroleras que explotan sus tierras) marca el ocaso de un territorio con historia casi centenaria, detrás del cual desaparecen no solo un sujeto social sino también un estilo de vida, un tejido social y cultural, simbólico y afectivo, además de los usos económicos o productivos de la tierra”, analiza Svampa.

“Hacia 2017, el Observatorio Petrolero Sur contabilizaba en Allen unos 20 accidentes ligados al fracking. A mí me duele contarlos”, entrelaza datos y sentimientos. “Sigo sin aceptar que en el pueblo donde nací haya tan baja percepción de los daños”, agrega.
El último capítulo siembra la angustia de que todo el mundo está en peligro. En él describe el Antropoceno, la nueva era geológica signada por la “sombra de la autodestrucción por la vía del ecocidio”.

Cita un informe de la ONG The Carbon Majors que indica que más de la mitad de las emisiones industriales mundiales desde 1988 corresponden a 25 empresas y entidades estatales, entre las que se encuentran las petroleras ExxonMobil, Shell, BP y Chevron. “Las elites globales preparan su plan B para reciclar el proyecto de la modernidad capitalista sin tener que salir del capitalismo. Ese plan B se llama geoingeniería y está basado en el principio de que es posible superar los riesgos del calentamiento global a partir de una intervención deliberada sobre el clima a escala del planeta”, plantea Svampa. Pero no se resigna y propone alternativas de “solidaridad, cuidado, respeto de la naturaleza” que para muchos sonarán utópicos y para algunos, indispensables.