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Opinión, Sociedad / 17 de diciembre de 2018

Efecto Darthés: los ídolos caídos del post machismo

Los femicidas y abusadores que la sociedad enalteció. Rock apologético y humor misógino al arcón de los malos recuerdos.

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Foto: Marcelo Escayola

Bajo el nombre “Buenos Muchachos”, Héctor Bambino Veira, junto a otros playboys de la tercera edad, tuvo su programa de televisión hasta hace cuatro años. Un espacio en el que discurrían sobre sus andanzas en la noche, regando con champán el más rancio humor machista.

Entre tantos efectos colaterales, el caso Darthés tuvo uno ínfimo pero muy simbólico: una pizzería de Boedo decidió pasar a retiro una estatua “del Bambino”. Fue a parar al sótano cuando el dueño se cansó de que clientes se acercaran a la barra para preguntarle por qué tenían en la entrada la estatua de un violador. Algo está cambiando. Y es para celebrar que seamos cada vez más los que no le vemos la gracia a un condenado a seis años de prisión por abusar de un chico de trece y que, aunque estuvo preso sólo once meses, después de su paso por Devoto levantó perfil como un pícaro que rinde en los medios.

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Aquel mismo 1992 en que el técnico de fútbol salía en libertad, un dentista de La Plata mataba en cadena a escopetazos en su propia casa a la mujer, la suegra y las dos hijas. El humor misógino lo convirtió en San Barreda y circularon sus estampitas, con un impulso rockero que todavía espera mea culpa: el grupo Sometidos por Morgan hizo punta en el ’95 con “La cumbia del odontólogo”. Su cantante, Pablo Marchetti –ahora casado con la diputada y militante por los derechos de la mujer Victoria Donda– reivindicaba en la letra al asesino como artista y héroe. Desde Attaque 77, Ciro Pertusi metió entre los pibes el hitazo “Barreda’sway”. Horacio Fontova compuso su “Milonga para Barreda”. Y Bersuit hizo estallar multitudes coreando que “Locatti, Barreda, Monzón y Cordera también matan por amor.”

Una convención tácita hizo participar a la sociedad en esa celebración del horror que duró hasta hace un ratito. No es cuestión de ponerle el cascabel al gato. Las entradas para los recitales se compran, el rating se enciende con gente. Tampoco es lo mismo un violador que un anticuado propalador de chistes sexistas. Pero todo suma al modo en que nos relacionamos hombres y mujeres. Y estamos aprendiendo a cuidar en paralelo el fondo y las formas.

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¿Quién se imagina hoy a un humorista mirando a cámara y diciendo con cara libidinosa: “Es una neeeeenaaaaaa”? El espíritu de época está cambiando. A fuerza de sufrimiento, de exposición del dolor, de sobreponerse a la vergüenza y a los mandatos de silencio. Algo –bueno– habremos hecho.

*Editora Ejecutiva de NOTICIAS.