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Mundo, Opinión / 24 de diciembre de 2018

La grieta en Europa

Los chalecos amarillos derribaron la arrogancia de Macron a piedrazos, obligándolo a tomar medidas con visos de capitulación.

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Foto: DPA

El problema de Macron es el problema de Europa. En el 2017 el anti-sistema ya asediaba el poder en Francia. Como en los demás países europeos, aplicar los lineamientos de Bruselas debilitó al establishment político.

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Los votos obtenidos en la última elección por la extrema derecha de Marine Le Pen y por la izquierda dura de Jean-Luc Melenchon, demuestran que los franceses ya se deslizaban hacia el populismo que propone patear el tablero de la Unión Europea.

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Macron resolvió la encrucijada camuflándose de anti-sistema. Salió del Partido Socialista, creó un movimiento ajeno al gaullismo y a la socialdemocracia y consiguió que en la campaña electoral pasara inadvertido que había sido el ministro de Francois Hollande que sintonizó la economía con los parámetros de Bruselas.

Con el país hablando de su corta edad y del matrimonio con su profesora, Macron llegó al Palacio Eliseo, lanzó reformas para asemejar a Francia con Alemania y se convirtió en el principal aliado de Merkel en la defensa del europeísmo.

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Cuando le torció el brazo al poderoso sindicato ferroviario, creyó haber logrado lo mismo que Thatcher al doblegar la huelga de los mineros. La contraindicación de aquella victoria fue el triunfalismo arrogante que terminó por aislarlo. Desde esa debilidad tomó las siguientes medidas acordes con su proyecto europeísta. Y esta vez fue como meter los dedos en el enchufe.

Los chalecos amarillos derribaron su arrogancia a piedrazos, obligándolo a tomar medidas con visos de capitulación. Aún siendo la contracara de Matteo Salvini, la marcha atrás de Macron dejó a París un paso más lejos de Bruselas y un paso más cerca de Roma.