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Televisión / 4 de abril de 2019

Argentina, tierra de amor y venganza: las raíces más profundas

Un culebrón cosmopolita. Viejos recursos del enamoramiento imbatible, injusticias extremas y el vicio de los malos entendidos.

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Argentina, tierra de amor y venganza” no deja de ser un culebrón de los de siempre, con sus viejos recursos del enamoramiento imbatible.

De las trincheras de la Guerra Civil española a la pujante Buenos Aires. Están terminando los años 30 y la Argentina es una tierra de oportunidades. Eso bien lo sabe Torcuato Ferreyra (Benjamín Vicuña) quien le juró a Bruno Salvat (Albert Baró), su compañero de batallón, que si este caía en batalla, se haría cargo de su hermana Julia y también de su fortuna. Ferreyra cumple, salvo que es él quien lo asesina a traición. O así lo cree. Porque Bruno, abandonado en ese pozo, no está muerto. Y después de meses de convalecencia y años en prisión por negarse al saludo franquista, descubre la verdad y cruza el océano en una búsqueda desesperada por recuperar a su hermana.

Este es el punto inicial desde donde parte la maraña de historias, tal vez demasiadas, que conforman este gran desafío. Una apuesta fuerte porque su producción es grande y aquí nos desacostumbramos a eso; con un elenco numeroso, decorados de época que si bien la tecnología ayuda mucho con sus efectos visuales, es evidente el esfuerzo por mantenerse cerca de los primeros capítulos donde siempre se invierte todo.

Ya entrada la segunda semana, toman fuerza los escenarios de la pensión y del burdel, donde confluyen, van y vienen muchos de los personajes, entre los que interesan y los que no, pero con cuidado se salpican algunas secuencias producidas –aunque a discreción– como la salida al cine, a un natatorio o bien a una fiesta popular.

Torcuato es el rey de la ciudad. Da discursos, corta dedos, participa en la trata de blancas y le falta una pierna. Así y todo, se enamora de Lucía Morel (Delfina Chávez, en una sobria interpretación) que justamente va a enamorar a Bruno. Pero uno es rico y el otro pobre, y ella –su familia– anda con necesidades. La imposibilidad del amor será el denominador común de todas las parejas, al igual que la de Aldo Moretti (Gonzalo Heredia) con Raquel (China Suárez), quienes están encandilados uno con el otro pero ella está atrapada en un burdel, aunque virgen.

(Leer también: Gonzalo Heredia: “Ir al teatro es un acto de fe muy grande”)

Aquí salta un claro elemento conservador: para merecer la historia de amor sincero, parece, ella no puede sufrir lo que otras allí dentro viven. Lo contrario pasó con Julia, la hermana de Bruno, quien después de años de ejercer la prostitución, en los momentos previos a ser salvada, muere. Era un personaje mancillado.

Es que “Argentina, tierra de amor y venganza” no deja de ser un culebrón de los de siempre, con sus viejos recursos del enamoramiento imbatible, las injusticias extremas y el vicio de los malos entendidos. Esto, dentro de un universo cosmopolita que en el apuro termina resultando un muestrario estereotipado de las distintas culturas que conformaron la inmigración en nuestro país. Hay varios personajes que cuestan. O por sus constantes gritos, por su cocoliche de manual, o bien porque no logran combinar la gestualidad con el vestuario que les han puesto. Ni qué hablar de la música. Así, una propuesta entretenida, bien intencionada, que no logra superar el trazo grueso.

Argentina, tierra de amor y venganza. Lunes a jueves a las 22 por El Trece. Con Benjamín Vicuña, Gonzalo Heredia, Eugenia “China” Suárez y elenco. Dirección: Martín Saban, Sebastián Pivotto.