Monday 30 de March, 2026

ECONOMíA | Hoy 07:16

Ajustar sin inversión: la falla crítica del plan

Sin un puente real que atraiga al capital privado, la transición argentina no es un camino al desarrollo, es un desierto ideológico donde el orden fiscal se paga con parálisis económica.

Hace más de veinte años conocí a Javier Milei, en una etapa en la que ambos analizábamos la mayoría de los problemas desde una misma matriz: el liberalismo radical. Como suele ocurrir cuando se mira el mundo a través de un único marco, muchas situaciones tienden a interpretarse de forma uniforme. Como advertía Charlie Munger, para quien tiene un martillo, todo problema parece un clavo. Con el tiempo se vuelve evidente que la economía rara vez funciona así.

Argentina necesitaba un ajuste profundo. Eso no está en discusión. Durante años arrastró distorsiones severas: un Estado sobredimensionado, precios desalineados y un entramado regulatorio asfixiante. En ese contexto, una corrección drástica era inevitable.

También es cierto que el estilo de Milei —directo, confrontativo— no es un defecto, sino una herramienta de poder. Le permitió diferenciarse y construir una base de apoyo firme en un sistema político agotado. Ese tipo de liderazgo simplifica el conflicto, moviliza y genera identidad política.

Pero no alcanza para sostenerlo. El error no es económico. Es ideológico.

La lógica del programa es desregular, ajustar y dejar que el sistema de precios ordene la economía. En términos teóricos, resulta consistente. El problema aparece cuando, llevada al extremo, esa lógica elimina del análisis aquello que en la práctica lo define todo: el tiempo.

Los mercados corrigen, pero no a la velocidad que la política necesita. La recomposición económica lleva años. Mientras tanto, la actividad cae, los ingresos se deterioran y la presión social aumenta. Como advirtió John Maynard Keynes —una referencia históricamente resistida dentro del liberalismo—, en el largo plazo estaremos todos muertos. El desafío no es el largo plazo, sino atravesar el proceso hasta llegar a él.

Y para hacerlo, se necesita capital. El ajuste actual retira liquidez del sistema. Eso puede ser necesario. La dificultad aparece cuando se lo ejecuta sin generar simultáneamente las condiciones para que ese vacío sea compensado por inversión.

Sin inversión, el ajuste no ordena: acelera la contracción antes de que el sistema tenga tiempo de recomponerse.

Aquí aparece el punto ciego ideológico: creer que primero se ordena y después llega el capital. Es una hipótesis elegante en teoría, pero frágil en la práctica. Sin un compromiso creíble de ingreso de inversiones —previo o simultáneo— el ajuste retira liquidez más rápido de lo que el sistema puede recomponerse.

El capital no llega por convicción teórica. Llega por confianza. Y la confianza no es automática: se construye.

El capital —especialmente el institucional, el que verdaderamente define estas transiciones— no se enamora del carisma ni de la épica política. Y mucho menos responde a la confrontación o a la agresión verbal: ese tipo de señales, lejos de atraerlos, los espanta.

Evalúa estabilidad, previsibilidad y consistencia. En ese plano, la forma importa.

El mismo estilo que construye poder hacia adentro puede deteriorar la confianza hacia afuera. Ahí aparece la tensión que define el proceso: lo que fortalece políticamente puede debilitar financieramente.

Esto no invalida el rumbo. Pero expone una falla crítica en la ejecución. El ajuste es necesario, pero no suficiente.

Sin una estrategia activa para atraer capital en paralelo, el programa queda expuesto a un riesgo evidente: perder sustentabilidad política antes de mostrar resultados económicos. El gradualismo fracasó, pero eso no convierte cualquier velocidad en viable.

El respaldo externo —en particular el alineamiento con figuras como Donald Trump— responde a una lógica geopolítica y puede ofrecer soporte en el corto plazo. Pero ese tipo de apoyo es, por definición, contingente. No puede darse por garantizado ni reemplaza la necesidad de construir confianza para atraer capital de forma sostenida.

La historia económica muestra un patrón claro: los programas no fracasan por el diagnóstico. Fracasan porque no sobreviven la transición.

El problema no es el rumbo. Es el puente. Porque en economía, como en política, no alcanza con tener razón. Hay que sobrevivir el tiempo suficiente para que esa razón tenga tiempo de funcionar.

Sergio Feler es economista, inversor y autor de “Principios del Poderuna obra que explora los mecanismos detrás del comportamiento humano, la toma de decisiones y el desarrollo del poder personal en contextos complejos. 

*Economista, inversor y autor de “Principios del Poder”

por Sergio Feler

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