ECONOMíA | 24-02-2020 08:00

Cómo escapar del laberinto económico

Los problemas que persistirán tras un hipotético acuerdo con los acreedores. Ajuste fiscal y salarios.

Que la Argentina no la tiene para nada fácil en materia económica no es un comentario muy original. Con una visión menos coyuntural puede decirse que la economía está estacionada -desde hace ya mucho- en un mal equilibrio, donde el ingreso nacional está estancado con alta inflación y los indicadores sociales se derrumbaron mal. La contabilidad macroeconómica no engaña al momento de mirar los números: los llamados déficits gemelos, externo y fiscal, están involucrados en el gran ajuste que la economía ha venido realizando desde 2011. La capacidad de la economía de generar dólares y de financiarse en el resto del mundo son actores centrales en esta trama contable. Estos han sido el talón de Aquiles para los dos gobiernos anteriores y ahora lucen como la puerta de salida del laberinto que viene a querer abrir el actual gobierno. ¿Podrá hacerlo? Esta pregunta no encierra solo un interrogante tecnocrático, involucra mucho más que tener conciencia de que se va a respetar la contabilidad macroeconómica. Implica una operación política en donde es fundamental que exista una visión del “cómo” y el “para quién” se van a hacer las cosas. Esto, a mi juicio, es lo que parece marcar la diferencia hasta ahora: existe mucha más gobernabilidad con el actual esquema. Lo que no resulta todavía claro es que esos ingredientes puedan actuar a tiempo, superar la transición y plasmarse, o corregirse si fuera necesario, a favor de un diseño de políticas más sólido y perdurable. Pero para ir a jugar ese partido primero hay que pasar las eliminatorias. La negociación de la deuda es precisamente eso, es el punto focal del plan.

Por eso a mí me molesta un poco la crítica de que este no es un programa explícito de estabilización. Hay quienes opinan que hubiera sido mejor salir de modo más directo con un esquema macroeconómico más explícito, es decir, armar una desindexación coordinada y amplia desde el primer día.

Pero ese plan no iba a traer credibilidad por su solo anuncio por más que fuera técnicamente bueno. Sin resolver el problema de la deuda, o sin tomar decisiones que señalen que el Gobierno se preocupa por la situación social más allá del discurso, cualquier plan es rehén de shocks que provengan de adentro o de afuera, y eso es algo que va a ocurrir con seguridad. 

Resolver el problema de la deuda implica validar un tipo de cambio real más bajo que el que señalaba el default de 2018-19 y que se agravó en la transición política a un infierno que el gobierno anterior usó –erróneamente hoy sabemos- como herramienta política durante todo su mandato. Ese tipo de cambio real iba a ser muy difícil de procesar para la economía y para los indicadores sociales que arrastramos.

Significa un nivel similar al promedio de 2003-2007, lo que implica un dólar cercano a 100 pesos en valores actuales. Esto era así porque íbamos a necesitar una cuenta corriente del balance de pagos muy superavitaria.

En cambio, si existe la posibilidad de tener una cuenta corriente en relativo balance, como una década atrás -antes de que la política energética destruyera la balanza comercial-, entonces el tipo de cambio real de equilibrio va a ser mucho más bajo, posiblemente similar al de fines de 2019. Esta es la esencia de la reactivación y estabilización y no las transferencias a los hogares de bajos recursos. Estas últimas son fundamentales por razones de equidad distributiva y, de hecho, sí sirven para sostener la demanda agregada, pero no para expandirla de modo sostenible.

Todo muy lindo, pero el problema que enfrentamos ahora es transicional o, como se dice, secuencial. Mientras vamos camino a una renegociación de la deuda que va a dar horizonte para la estabilización, la dinámica macro -en especial en materia de formación de precios- continúa su marcha, porque las medidas no alcanzan para establecer un cambio de “régimen” en la formación de precios.

Distorsiones. Es la suma de movimientos en la dirección correcta en cuestiones centrales como la consolidación fiscal y la desindexación del gasto y los salarios, pero incluye también varias distorsiones –como el achatamiento de la estructura de jubilaciones- o ingredientes  transitorios –como el congelamiento tarifario- que no deberían formar parte de un esquema permanente, del que obviamente tampoco forman parte estos niveles de retenciones a las exportaciones. Esos ingredientes atentan contra el meollo del problema de diagnóstico (generación de dólares, capacidad de financiamiento) de la economía.

Y lo hacen porque elevan el tipo de cambio (el valor del dólar) de equilibrio de la economía. Si la Argentina fuera camino a nivelar hacia abajo las jubilaciones (transformando al sistema contributivo en un rehén del no contributivo) y congelara como en el pasado las tarifas (y la oferta de energía se retrajera), es obvio que la demanda (en el primer caso) y la oferta (en el segundo) de dólares van a dar lugar a un tipo de cambio real de equilibrio más alto, o. lo que es lo mismo, atrasa el valor actual del dólar.

Problemas como estos últimos son el flanco preferido de ataque de algunos críticos a la actual configuración de la política económica. Son válidos en su modo particular de ver el mundo (como debería ser y no cómo es), pero no construyen mucho que digamos y se apoyan en propuestas extemporáneas que ignoran el curso de acontecimientos económicos y políticos que ha vivido el país.

En cambio, las críticas basadas en el riesgo de que la dinámica inflacionaria no le va a permitir aterrizar bien a este tipo de cambio, se atrasen mucho las tarifas y se abra la caja de pandora de bruscos ajustes futuros de precios relativos son mucho más relevantes y realistas. Otra crítica o digresión para atender es cuidar la inconsistencia entre una política comercial demasiado defensiva y la estabilización de precios, más allá de los efectos más debatibles sobre la productividad, el crecimiento o el desarrollo sectorial.

Resultados recientes basados en estudios científicos validan la conjetura de que, al cerrase y depender menos del comercio exterior vía importaciones, la dinámica inflacionaria pasa a ser mucho más sensible a los movimientos de la actividad económica que vienen explicados por la demanda doméstica, que es a lo que apunta el esquema de política económica del Gobierno.  
Alineados. Vista desde afuera, como lo hace esta nota, la posición del núcleo duro del equipo de gobierno (que luce directamente coordinado por el Presidente y con miembros que están “en la misma página”, cosas que no ocurrieron hace cuatro años) se asemeja a postular un juego de coordinación macroeconómica. Para imaginar una salida del laberinto macroeconómico se necesita apelar a una figura en la cual el grueso de los agentes económicos empieza a ver un marco estable a futuro, digamos un dólar tranquilo para ponerle un término de referencia bastante aceptado.

Hace 60 años, un finísimo economista e intelectual norteamericano, llamado Thomas Schelling, escribió un libro titulado “La estrategia del conflicto”, en el que introdujo, entre otras cosas, la idea de “punto focal” como aquel que la gente elige para formar sus expectativas e intenciones, con la idea de que los otros van a hacer lo mismo. Y la estrategia elegida ha sido esta porque el Gobierno piensa que no puede haber punto focal por un mero anuncio de un programa de estabilización si no existe primero un acuerdo de pagos con los acreedores. Superada esta etapa viene algo distinto y muy desafiante. Se requiere un conjunto de anuncios en materia de ajuste de variables nominales, en especial el tipo de cambio, que le de consistencia a la macro.

Es que las chances de éxito del actual gobierno en materia económica dependen de que, a partir de alguna consolidación fiscal creíble y del acuerdo de pagos con los acreedores externos, se establezca una expectativa de tendencia de los déficits externos y fiscal que lleven a consolidar un punto focal en materia de precios relativos que sea creíble y reactive las neuronas de los agentes económicos. Contra esta trayectoria favorable aparece una nota de cautela que tiene hoy a la dinámica inflacionaria del primer y segundo trimestre como el actor principal y que puede poner al Gobierno de cara a un frente de tormenta en materia de disyuntivas más difíciles de acometer que lo que hemos visto hasta ahora.

Frente a esto se requiere reforzar las anclas en vez de elevarlas, defender más la posición fiscal, evitar dar señales demasiado anticipadas de expansión del crédito interno y, por supuesto, hacer más transferencias a los más vulnerables. 

 

* ECONOMISTA jefe de FIEL.
Profesor de la UBA y la UNLP. Vicepresidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

por Fernando Navajas*

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