Martes 2 de marzo, 2021

ECONOMíA | 25-01-2021 11:54

El ombligo petrolero: YPF, la "energía electoral"

El recambio en la presidencia de la petrolera estatal en medio de un proceso de renegociación de su deuda con bonistas llama la atención sobre la inoportunidad pero también desnuda el costo que la empresa termina pagando por la sumisión a las necesidades políticas.

Desde 1930 pasaron 28 años hasta que la Selección Argentina pudiera concurrir con algo de seriedad a un Mundial de Fútbol. Luego del subcampeonato sufrido en el Centenario frente al local, en 1934 presentó un equipo amateur, en 1938 no concurrió para protestar por la elección de otra sede europea (Francia), en 1950, renunció por desacuerdo con decisiones de la Federación de Brasil y en 1954 también se bajó por nimiedades internas con otras asociaciones. Recién se avino a jugar una eliminatoria para el de 1958, con el resultado conocido: derrota vergonzosa y la certeza de haber quedado fuera del fútbol de alta competencia.

El ADN argentino no podía encapsular solamente al fútbol. Otro baluarte nacional, YPF, corre el riesgo de seguir esos impulsos de auto segregación en una industria de por sí globalizada, pero con fuerte impacto en el terreno: la energética. La poco convincente declaración de su todavía vigente presidente, Guillermo Nielsen, de aceptar otro “desafío” que le encargara el Presidente desnuda dos realidades que convergen en un mismo eje: empujar a la empresa a una situación de exclusión de las corrientes financieras internacionales sin las cuales el propósito de relanzar Vaca Muerta quedaría en una épica vacía. A contrario de lo que se podría pensar y lo que muchos dirigentes políticos creen, la compañía es privada con un accionista principal que es el Estado argentino y se rige, como miles más del país, por la ley de Sociedades Comerciales 19.550. Por lo tanto, todo lo que el Gobierno quisiera hacer son sugerencias y pedidos al directorio, en el que también están representadas las provincias productoras y los empleados (jerárquicos y ordinarios). Sin embargo, la realidad luego de la estatización parcial de 2012 en que se le compró a Repsol su participación por US$ 5.000 millones marcó que las sucesivas administraciones intervinientes influyeron decisivamente en su performance corporativa.

A diferencia de otras empresas petroleras estatales (e YPF ni siguiera lo es en los papeles) la autopercepción de tratarse de casi un ministerio más, las políticas energéticas interfirieron, a veces consensuando y otras a punta de decreto, con los objetivos propios de la compañía. Como se trata de una empresa cotizante en el mercado de valores, cualquier congelamiento del precio de sus combustibles, encarecimiento del riesgo país, restricciones cambiarias o alteraciones impositivas termina delatándose en el precio de la acción.  Así, desde los febriles años de Miguel Galluccio, que siguiendo su formación de ingeniero en la empresa promovió la producción buscando el financiamiento que ahora está en cuestionamiento, la acción cayó en el mercado internacional 90% de su valor.

La intención de algunas corrientes del pensamiento económico nacional es de “desdolarizar” el mercado de los combustibles y en particular, el de las naftas, un eslabón vital en la formación de costos en la economía y una polea de trasmisión inflacionaria. La sumisión de la empresa a las órdenes y las sugerencias oficiales terminaron por derrumbar su precio y convirtiéndola en una empresa de miniatura en comparación con otras vecinas, como Petrobras, cuya capitalización de mercado en esta mala época es 40 veces más grande. ¿Es posible plantear la expansión de una empresa con fuerte acento nacional aislada de la corriente de inversiones externas? ¿Quién financiará su exploración y explotación, vistos los magros resultados de la última década? ¿Qué suerte correrán los casi 23.000 empleados que declara la empresa, proveedores, contratistas y la cadena de valor que se agrega en los confines de su presencia territorial? Puede su accionista principal, el Estado Nacional (defaulteador serial y con un déficit fiscal de al menos 8% del PBI) inyectar el flujo de fondos necesarios para aumentar la producción y mantener pisado los precios de las naftas al mismo tiempo? Estas preguntas, generadas con lo acontecido en las últimas semanas, dejan más interrogantes que certezas. O la certeza de que el futuro no es lo que era.

Es probable que la comunidad de bonistas, interesada en salvar algo de su ropa, pueda refinanciar el bono que vence en marzo y que tantos problemas trajo cuando el Gobierno le negó el acceso al mercado oficial de divisas. Pero sacude el piso histórico del referente financiero para el resto del entramado empresario. Como en Suecia ‘58, aislarse de la actividad internacional, conduce inexorablemente al traspié competitivo. Tan recurrente como previsible.

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

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