Sunday 3 de March, 2024

ECONOMíA | 20-10-2023 06:38

El fantasma de la híper

Una inflación de 180% anual genera muchas distorsiones y más presiones sobre el IPC.

Si el público argentino guarda capacidad de sorpresas no fue por el IPC de septiembre que el INDEC dio a conocer según su calendario original, el jueves 12 de octubre: +12,7% en el promedio general. Pero durante octubre la novedad que no recogía, lógicamente, la encuesta del organismo oficial era la escapada del dólar blue que anticipaba lo que todo el mercado descontaba: una devaluación posterior a las elecciones general del 22 de octubre.

Los números. No hay dato cierto ni trascendido que lo confirme: simplemente la aritmética pura de tres factores: a) el desfasaje del valor del dólar oficial con respecto a la inflación; b) la brecha de ese tipo de cambio con los “financieros” y c) la caída en picada de las reservas que le quitan al Banco Central el “poder de fuego” del que ostentó hasta hace no mucho para poder disciplinar a los mercados. En realidad, los economistas calculan que actualmente el rojo de las reservas está cerca de los US$7.000 millones, cifra que cambia a diario con el drenaje permanente, lo que se usa para intentar contener al dólar y la liberación a cuentagotas de la capacidad de liquidar importaciones. Salvador Vitelli, jefe de Research de Romano Group calcula que se terminarán acumulando una deuda con importadores por US$54.000 millones.

La política económica llevada a cabo durante todo el gobierno de Alberto Fernández de segmentar el mercado cambiario y retrasar el dólar “oficial” fue generando una bola de nieve de distorsiones, pero cuya consecuencia principal fue el desequilibrio de la balanza comercial: aún con precios récord (los mejores términos de intercambio en mucho tiempo) termina su mandato con un rojo furibundo. Claro que en el medio está la gran sequía de esta campaña agrícola pero la esencia del problema es que el sinnúmero de controles y cepos no alcanzó para generar el superávit necesario para prever circunstancias adversas que toda economía basada en un sector primario debería contemplar. Por cuestiones climáticas como de mercado, la acumulación de reservas sirve para ese fin, como lo demuestran el resto de los países de la región (Brasil, Chile y Uruguay, por ejemplo). Desde diciembre de 2019 el dólar oficial mayorista creció 480% pero el IPC nivel general trepó 713%: la prueba del “delito” de una política económica que eligió al dólar como ancla inflacionaria. No fue la única restricción a la que se vio obligada la administración en el poder, por más que la lógica electoral ahora cargue las tintas con el exministro Guzmán: también la política tarifaria sufrió el retraso que casi le cuesta el cargo un año antes y obligó a Sergio Massa a sobre ajustar en plena campaña electoral. Otro tanto ocurrió con los precios de otros servicios privados considerados sensibles, como la medicina prepaga o los combustibles, cuyos retrasos relativos los ponen ahora en la difícil circunstancia de tener que recuperar terreno en plena recesión y ponerse el sombrero del villano inflacionario. Pero, sobre todo, la combinación de un dólar retrasado y la inusitada presión impositiva sobre las exportaciones (las “retenciones”) les dieron un hándicap apreciable a los competidores vecinos (Brasil, Uruguay y Paraguay) que no dejaron pasar la oportunidad de convertirse en líderes en los mercados mundiales de carne, maíz y derivados de la soja. Lo paradójico de esta iniciativa para “proteger la mesa de los argentinos” es que los inversores en el exterior terminan siendo, en muchos casos, empresarios argentinos.

Desiguales. Finalmente, Argentina le hizo “el sorpasso” y desde el último septiembre es el país con más inflación en el continente. Atrás quedó Venezuela, el líder eterno en ese cuadro de deshonor: 8,7% aunque en el acumulado del año todavía siguen ganando: 158% a 103%. Pero la proyección de varios meses con el IPC volando arriba del 12% mensual probablemente ambas economías terminen convergiendo en la tasa anualizada para este verano. Sin embargo, si la velocidad de la remarcación en sí es un problema, la situación se agrava con la enorme dispersión en los diferentes rubros.

La distorsión de precios es marca registrada de todo tipo de inflación, pero en especial de ésta por la cantidad de controles, prohibiciones y regulaciones discrecionales que aún desde antes de la pandemia se introdujeron en el mercado para evitar señales que contradecían los objetivos políticos fijados. La intervención en el caso de la exportación de carne vacuna es un ejemplo que además de rezagar la posición competitiva argentina en los mercados, terminó cambiando el ciclo ganadero y aumentando el precio local. Todos terminaron perdiendo.

Desde el inicio de su gestión, la administración Fernández tuvo un 713% de inflación, pero hubo sectores “ganadores” en esta carrera, como Indumentaria (995%) en el foco de atención por las trabas para importar, Restaurantes (914%) y Alimentos y bebidas (805%) que contrastan con otros “perdedores”: Comunicaciones (368%), Vivienda (415%) o Educación (588%), todos ellos por debajo de la línea del nivel general. Esto implica, para algunos analistas como Esteban Domecq que la presión por restaurar un equilibrio micro alimenta la ola inflacionaria como correctora de mercado: cuánto más se reprime el precio de equilibrio de un bien, más fuerza se acumula para volver a la “normalidad”.

Futuro verde. En este vértigo, el dólar también es un precio que sigue pisado en su cotización en un mercado de por sí ya segmentado para facilitar el establecimiento de un precio político. El Gobierno, cuando apostaba al Plan Llegar, echó mano al mercado de bonos para establecer un techo al dólar financiero pero que la necesidad de una devaluación para oxigenar las reservas y los consiguientes planes electoralistas de expansión fiscal en el corto plazo, terminaron adelantando las expectativas devaluatorias. El último capítulo fue el de los allanamientos de cuevas y caza infraganti de valijeros junto a las gestiones para conseguir habilitar un tramo más del swap chino, algo así como un puente para sortear el río turbulento hasta terminar el mandato. Camilo Tiscornia, director de C&T Asesores Económicas, señala que, si bien octubre transita con relativa tranquilidad, proyectando una inflación del 10% para el mes, dependerá mucho de la dinámica postelectoral “en lo que pase hasta fin de mes y en las semanas que vienen: tal vez en noviembre haya alguna corrección, pero en diciembre seguramente habrá un salto cambiario que llevaría la inflación mucho más arriba en el marco del traslado a los precios de cualquier devaluación”.

Ante tanta distorsión monetaria, fiscal y lógicamente cambiaria, los movimientos de las variables para alcanzar nuevos equilibrios son imparables. Sebastián Menescaldi, director asociado de Eco Go sostiene que la elección no está en seguir o rechazar esta corriente sino en si los cambios serán hechos por la política económica o el ajuste seguirá su curso librado a las fuerzas del mercado. La referencia no es retórica: mientras hay un incesante drenaje de reservas del Banco Central (sólo contenida por un blindaje a corto plazo por el citado swap chino) y de los depósitos en pesos del sistema bancario local, cada día que pasa los “agentes del mercado” votan con los pies, tomando decisiones mientras se demora la adopción de un plan de estabilización integral y realista. Mientras tanto, como otras veces, la moneda está en el aire.

 

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

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