Viernes 25 de septiembre, 2020

ECONOMíA | 07-08-2020 07:00

La comunidad como nueva metáfora universal

La militante Laura Bitto advierte sobre cómo contrarrestar el avance de la ultraderecha.

Quienes sostienen la vida desde el subsuelo poderoso de la Patria caminan con la firmeza de esos pies que saben hacia dónde van. Con voluntad de fierro y la esperanza intacta, no se dejan vencer por la incertidumbre y derrumban los muros de la injusticia cada día. 

“No te des por vencido, ni aún vencido, no te sientas esclavo, ni aún esclavo; trémulo de pavor piénsate bravo, y arremete feroz, ya mal herido”, recitó un vecino, de memoria implacable y manos generosas mientras compartía la comida en una olla popular, ese día, en alguna esquina. Si se expande el eco de la poesía habrá humanidad. Si crece el poder de la comunidad, habrá esperanza.

En medio de un escenario crítico, atravesado por disputas que tensionan las relaciones de poder en todo el mundo, las economías se derrumban al paso de la pandemia  y las perspectivas borrosas del futuro apenas logran dar respuestas de emergencia en el corto plazo.

Los discursos de odio de las ultraderechas empujan, con mayor o menor fuerza según el punto del globo que señalemos, para ganar terreno y aprovechar la oportunidad que la crisis también les abre. Representadas por figuras como Matteo Salvini y Georgia Meloni (Italia), Marine Le Pen (Francia),  Viktor Orbán (Hungría), Alexander Gauland y Alice Weidwl (Alemania), Santiago Abascal (España). En América Latina, Jair Bolsonaro (Brasil), quienes orquestaron el golpe de estado en Bolivia, los que digitan las operaciones sobre Venezuela, Sebastián Piñera (Chile), Mario Abdo Benítez (Paraguay), Martín Vizcarra (Perú), Luis Lacalle Pou (Uruguay), Lenín Moreno (Ecuador), Iván Duque Márquez (Colombia). En Estados Unidos, Donald Trump. En Argentina, la ideología del odio que se cuela entre los “anti-cuarentena”.  En medio de esta trama Steve Bannon se agazapa como un gran tejedor. 

Con articulaciones fluctuantes aún, no representan un cuerpo homogéneo pero se enhebran sobre núcleos de sentidos comunes como el ultraconservadurismo, nacionalismo, proteccionismo para ellos, misoginia, antisemitismo, defensa del libre mercado pero en ocasiones antiglobalista, xenofobia, rechazo de las políticas inmigratorias, odio ante las políticas de género, desprecio por el colectivo LGBTQI+, oposición al aborto legal, enemigos del papa Francisco y de George Soros.

Los métodos para manipular ya son conocidos, la proliferación de “fake news”, las cuestionadas prácticas de consultoras como Cambridge Analytica, la deslegitimación de líderes políticos mediante el lawfare. Polarizar, profundizar las grietas, dividir el campo popular y social, intentar ganar las calles. En algunos casos han logrado ganar elecciones y en otros posicionarse como segundas o terceras fuerzas.

Los nacionalismos de la ultraderecha buscan ganar terreno ante la crisis y en más de un caso constituirse como alternativa política e ideológica. La historia es buena consejera y nos invita a no repetirla como tragedia y la resistencia de los pueblos a la violencia es el faro en la tormenta.

Afortunadamente la realidad es compleja y el devenir no es uno,  fluye en constante movimiento como parte de los procesos transformadores. En las acciones que realicemos como sujetos activos de nuestras sociedades está la clave de lo que vendrá. Por eso rescatar y amplificar los métodos de la trama comunitaria constituye una nueva metáfora de época. Porque en esa trama que se teje desde abajo están los valores humanos que no se pueden quebrantar: cuidad, acompañar, amar, abrigar, compartir el pan, anteponer las necesidades del otro a las propias, resolver las dificultades colectivamente, sentir la injusticia y activar para que se acabe.

La otra cara de este proceso es la emergencia de los Estados y la posibilidad de llevar a cabo políticas que fortalezcan esta trama humanitaria. El dilema en este punto es recurrente en la historia de nuestro país: cuando no se avanza, se retrocede. Las tendencias opositoras frenaron la intervención para iniciar la recuperación de Vicentin que le daría a nuestro país la posibilidad de discutir soberanía alimentaria de verdad. Frenaron el impuesto a las grandes fortunas, paso fundamental para iniciar un proceso de redistribución de la riqueza. Se enojaron por la reforma judicial. Se enfurecieron ante la transferencia de recursos a los sectores populares. Baten sus cacerolas desde lujosas 4x4 y expanden su discurso de odio anticuarentena, lejos del diálogo y la cordura.

El problema es que en esta pulseada no hay empate y la discusión de fondo es quién captura la renta en nuestro país. Para que no sean los mismos de siempre las medidas redistributivas son más que necesarias y urgentes.

Tenemos la posibilidad de repensarlo todo y poner en pie un país en el que ganen las mayorías populares. Eso implica discutir la riqueza, la deuda, recuperar soberanía, reestructurar el modelo productivo, que los recursos que se transfieren desde el Estado hacia los sectores populares, vuelvan al Estado y no sean capturados por las grandes corporaciones de la industria alimenticia, pensar en el largo plazo para construir nuevos cimientos. En un mundo multipolar en pugna y con economías en picada, una vez más las soluciones están en ese pueblo organizado que sabe reinventarse a cada paso y en las instituciones en la medida que se tornen porosas a esas prácticas comunitarias y avancen a paso firme sin dejarse amedrentar por el tenue ruido de las cacerolas.

 

*Periodista y militante del Movimiento Popular La Dignidad. 

 

por Laura Bitto

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