Domingo 27 de noviembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 20-07-2022 14:12

El mundo contradictorio de Silvina Batakis

Una, voluntarista delirante que fantasea con congelar las variables que más preocupan; otra sería una economista ortodoxa que entiende que al país no le queda más alternativa que bajar el gasto público.

Antes de declararse una partidaria firme “del equilibrio fiscal, la solvencia del Estado” y otras cosas buenas, Silvina Batakis dejó saber que en su opinión José Ber Gelbard había sido “el mejor ministro de Economía de la historia” del país, lo que, por tratarse del máximo artífice del Rodrigazo, el estallido que en 1975 marcó el fin del sueño argentino, hizo sospechar que lo que tenía en mente era depauperar a buena parte de los sobrevivientes de la una vez próspera clase media nacional para entonces empezar todo de nuevo, como procuró hacer, sin ningún éxito, el gobierno tambaleante de Isabelita en los meses que precedieron al golpe militar del año siguiente.

No sorprendió, pues, que los mercados reaccionaran con pánico frente a llegada de Batakis al Palacio de Hacienda; sin perder un minuto, devaluaron abruptamente algunas versiones del peso y enviaron hacia más arriba al ya estratosférico índice riesgo país. Tampoco ayudaron algunas palabras suyas acerca de la presunta incompatibilidad del “derecho a viajar” y “la generación de puestos de trabajo”; muchos vieron en ellas una declaración de guerra contra aquellos que aún están en condiciones de tomar vacaciones. Sin embargo, pronto se vería beneficiada por los ataques de quienes no vacilaron en acusarla de poner en marcha un “ajuste” con el propósito inadmisible de cumplir con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Para los mercados, el que la nueva ministra se haya granjeado la hostilidad de los kirchneristas más belicosos, los empleados públicos y los piqueteros es una señal muy positiva.

Parecería que hay dos Batakis. Una, la admiradora de Ber Gelbard, sería una voluntarista delirante que fantasea con congelar por mucho tiempo las variables que más le preocupan; otra sería una economista bastante ortodoxa que entiende muy bien que al país no le queda más alternativa que la de manejar mejor el exorbitante gasto público. Mientras que la primera querrá merecer el apoyo de Cristina y sus acólitos que, a pesar de todo lo ocurrido, siguen teniendo mucho poder político, la segunda sabe que lo que el país necesita es una dosis muy pero muy fuerte de realismo.

¿Y Alberto? Si bien la inf luencia del presidente titular e hipotético dueño de la lapicera decisiva se ha reducido mucho en las semanas últimas, será de suponer que reza para que “la griega” consiga postergar la hora de la verdad que Cristina Kirchner y muchos otros ven acercándose. ¿Estará dispuesto a apoyarla con más tenacidad que a Guzmán cuando el pronto a ser exministro quería implementar algunas medidas antipáticas? Si la dejara caer, firmaría su propio certificado de defunción política.

En su haber, la ministra cuenta con la resignación de la mayor parte de la población del país; por motivos comprensibles, escasean los que creen que la situación económica pueda mejorar, aunque fuera por un poquitito, en los meses venideros. Por el contrario, predomina la sensación de que en agosto, o a más tardar en septiembre, se agotará la plata disponible y el país, desconectado de un mundo que lo toma por un defaulteador serial incorregible, tendrá que vivir con lo suyo, es decir, sin poder remplazar muchos productos -el café, el gasoil, vehículos, una amplia gama de aparatos electrónicos y así por el estilo- que requieren insumos importados. Es por lo tanto factible que, siempre y cuando la ministra no cometa errores garrafales, la mayoría encuentre satisfactoria su gestión.

Mucho dependerá de su capacidad para brindar una impresión de fortaleza anímica. Puede que Batakis, como dicen sus detractores, carezca de pergaminos académicos impresionantes y que, por haber hecho carrera en un Estado que dista de ser meritocrático, le falte experiencia en el mundo real de los negocios, pero tales deficiencias importarán mucho menos que su eventual compromiso con ciertos valores básicos.

Inspirándose en un verso enigmático del poeta Arquíloco de Paros, el filósofo Isaiah Berlin dividieron a los pensadores entre “zorras” eclécticas, que saben muchas cosas, y “erizos”, que saben una sola cosa que es muy grande. Lo mismo puede decirse de los ministros de Economía. Los más exitosos suelen ser erizos que se concentran en lo estratégico y dejan que las zorras, que aquí abundan, se encarguen de los detalles. Es por eso que a menudo un buen político sin muchos conocimientos económicos se desempeña mejor en el cargo que un técnico que es dueño de una colección envidiable de diplomas prestigiosos.

Sea como fuere, es fundamental que “la cosa grande” a la que se aferran los erizos sea algo más que el producto de un delirio ideológico del tipo favorecido por quienes se llenan la boca hablando pestes del único orden económico que ha resultado ser capaz de generar los bienes y servicios que hoy en día se consideran necesarios para que casi todos disfruten de una vida digna.

A Batakis le ha tocado ocupar el puesto más importante de un gobierno tan débil que los hay que dudan de su existencia, de ahí las alusiones a un vacío de poder, y especulan con un eventual portazo de Alberto. Según algunos, estaba a punto de irse antes de intentar, por enésima vez, reconciliarse con Cristina luego de la salida apurada de Guzmán. Con todo, tanto los dirigentes opositores, que temen verse obligados en cualquier momento a encargarse de un desastre descomunal, como muchos oficialistas que temen a la Justicia, quieren que el gobierno formalmente encabezado por Alberto dure hasta diciembre del año que viene.

Atravesar el lapso larguísimo así supuesto no será fácil para nadie, en especial para los que, si bien están convencidos de que el ciclo peronista ya ha terminado, no pueden imaginar cómo será el siguiente. Basándose en las ventajas comparativas que a pesar de todo lo ocurrido el país aún conserva, hay quienes sueñan con un renacimiento después de décadas de deterioro, pero otros prevén una caída generalizada en el pobrismo administrado por cínicos corruptos más interesados en el bienestar propio que en aquel de los demás.

Batakis tendrá que decidir cuál de los futuros posibles debería servirle de guía. A juzgar por algunas declaraciones, ya ha optado por el más promisorio, pero sus vínculos políticos y la identidad de algunos que integran sus equipos iniciales no estimulan demasiado optimismo.

Alberto y Martín Guzmán se negaron a formular un “plan” porque les parecía evidente que definirse podría resultarles políticamente peligroso. Batakis resolvió el problema que los atribulaba tratando el programa acordado con el FMI como un “plan” gubernamental, lo que en seguida enojó sobremanera a los enemigos jurados del organismo que representa a las naciones más ricas pero que, según ellos, sencillamente no entiende que la Argentina es muy diferente de los demás países y que por lo tanto es irracional pedirle aplicar medidas que podrían funcionar en el resto del mundo pero a su juicio serían inútiles aquí.

Repitieron así el planteo tradicional según el cual, por ser la Argentina un país sui géneris, le corresponde organizar la economía según pautas que sean netamente propias, de ahí su apego al ruinoso “modelo” que se instaló después de la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial y que, si bien la convirtió en lo que los más caritativos califican del “misterio más grande del siglo XX” y amenaza con destruirla por completo bien antes de que haya alcanzado su fin el XXI, ha permitido que una minoría viva relativamente bien.

Desde hace más de un siglo, los políticos más exitosos del país están luchando contra las corrientes económicas que, en otras partes del planeta, generarían los recursos necesarios para que miles de millones de personas pudieran gozar de un nivel de vida que hubieran envidiado hasta los plutócratas más adinerados de épocas anteriores. Por motivos que en el fondo eran religiosos en el caso de algunos y éticos, en el de otros como los radicales, se oponían a la lógica del capitalismo. Aunque, andando el tiempo, muchos aseverarían no estar en contra del capitalismo como tal sino contra sus variantes “salvajes” o “neoliberales”, continuaron privilegiando los intereses inmediatos de sus respectivas clientelas electorales, resistiéndose a “ajustar” sin preocuparse por las consecuencias inflacionarias de tal actitud.

Pues bien; ya es evidente que la larga rebelión argentina contra el sistema económico adoptado por los países más ricos ha fracasado de modo espectacular. Así y todo, se resisten a darse por vencidos los que rabian contra el FMI, que desde su punto de vista simboliza el mal foráneo. Tienen razón cuando dicen que todos los países son diferentes y que esquemas que podrían brindar buenos resultados en algunos no siempre serán eficaces en otros, pero eso no quiere decir que sea posible desafiar con impunidad leyes que no son meramente económicas y podrían ser flexibles, sino que también son matemáticas y no lo son en absoluto.

La búsqueda de una alternativa entrañable, debidamente nacional y, desde luego, muy superior a los “modelos” desarrollados por Estados Unidos, los países europeos, el Japón y, con variantes muy autoritarias, por China, ha llevado al país a donde actualmente está. Negarse a reconocerlo, como quisieran algunos que, enamorados de abstracciones ideológicas, se las han ingeniado para convencerse de que reducir la población a la miseria les permitiría asestar un golpe mortal al capitalismo, sería suicida.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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