Martes 29 de noviembre, 2022

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 12-07-2022 16:32

El peor trabajo del mundo

Silvina Batakis esta a cargo del Ministerio de Economía de la Argentina, sin lugar a dudas el puesto de trabajo más exigente y menos gratificante.

Sería muy difícil imaginar un puesto de trabajo más exigente y menos gratificante que el que acaba de ocupar Silvina Batakis. Estar a cargo del Ministerio de Economía de la Argentina no es para cualquiera. Como le hubiera dicho uno de sus autores favoritos, el cretense Nikos Kazantsakis, una señora dispuesta a desempeñar dicho papel necesitaría tener por lo menos “un poco de locura” para creerse capaz de hacer algo más que prepararse anímicamente para verse transformada en el blanco de andanadas de insultos crueles.

Además de intentar manejar variables que no suelen prestar atención a las órdenes de quienes se suponen capaces de controlarlas, el encargado de la economía nacional tendrá que acostumbrarse a ser culpado por las consecuencias de errores cometidos por quienes lo antecedieron años y hasta décadas atrás. Mal que le pese a Batakis, ya es dueña de una tasa de inflación que pronto podría superar el cien por ciento anual, de una devastadora crisis energética, la ausencia de crédito y por lo tanto de inversiones, deudas impagas, diversas brechas cambiarias, una falta pavorosa de recursos monetarios genuinos y mucho más.

Es que, aun cuando “la griega” que durante años colaboró con Daniel Scioli fuera la economista más prestigiosa del planeta y contara con el apoyo entusiasta de más del noventa por ciento de la población del país, incluyendo a los piqueteros, los sindicalistas y los integrantes más destacados del “círculo rojo” empresario, le esperaría una lucha sin cuartel contra el sinnúmero de fantasías ideológicas que habitan la cabeza colectiva de la clase dirigente, grupos que están resueltos a aferrarse a sus “conquistas” cueste lo que costare a los demás y el escepticismo generalizado del resto del mundo que cree estar por asistir al hundimiento definitivo del único “país rico” que se las ingenió para depauperarse.

Por cierto, para impedir que la raquítica y malnutrida economía nacional termine desintegrándose, Batakis necesitará contar con mucho más que la viva aprobación de Cristina Kirchner y la gente de La Cámpora. Si bien se resistirá a entenderlo, disfrutar del apoyo de tales personajes la perjudica enormemente. A menos que logre generar confianza, aquella piedra filosofal del mundo económico, no le será dado frenar el aumento constante del costo de vida defendiendo el valor del peso, pero a juzgar por la reacción inicial de los mercados, antes de iniciar su gestión ya había perdido una batalla clave debido en buena medida a que casi todos la toman por una soldado de la rencorosa vicepresidenta.

A diferencia de su antecesor, Martín Guzmán, Batakis tiene asegurado -por ahora- el respaldo de la facción política más decidida e influyente de la rocambolesca coalición oficial, pero sucede que el kirchnerismo está ideológicamente comprometido con esquemas que dependen de la disponibilidad de muchísimo dinero para repartir a cambio de apoyo político. ¿Sabrá encontrar lo que necesitará para conformar a sus partidarios? Por desgracia, es muy poco probable. Podría tratar de quitar más fondos a la Ciudad de Buenos Aires, reeditando así la hazaña que le permitió gozar de los favores de la jefa, aumentar las retenciones al campo y recaudar aún más del ya casi vaciado “sector productivo” que está trabajando con tristeza, como decían los sindicalistas de antaño, pero al obrar de tal modo reduciría todavía más la capacidad del país para mantenerse a flote. Aunque la estrategia Robin Hood que se basa en sacar dinero de los ricos que no son del palo para entregar una parte a los pobres ha dejado de ser viable, los kirchneristas no han podido pensar en otra menos destructiva.

Es comprensible, pues, que la llegada al Ministerio de Economía de Batakis haya desatado una marejada de incertidumbre que está afectando a muchas actividades, ya que nadie está en condiciones de prever lo que podría ocurrir en las semanas venideras. Así pues, aunque es posible que, de ser otras las perspectivas frente al país, la economista diplomada que responde al ministro del Interior, el camporista Eduardo “Wado” de Pedro, pudiera hacer un trabajo adecuado, sorprendería que sobreviviera por mucho tiempo en el cargo que le fue ofrecido luego de darse cuenta Alberto de que ningún otro profesional lo aceptara a menos que viniera acompañado por poderes virtualmente dictatoriales.

Las pretensiones en tal sentido de Sergio Massa, Martín Redrado y otros que figuraban en la lista de salvadores en potencia de Alberto distan de ser exageradas. Un ministro de Economía sin mucho poder político no tendría más alternativa que procurar convencer a la ciudadanía, como hacía Guzmán, de que no es su culpa que los precios sigan aumentando, que el dólar cueste cada vez más pesos y la falta de gasoil que está paralizando el transporte en distintos lugares del país carezca de importancia, mientras que dejaría al presidente la tarea de achacar todo cuanto ande mal a la oposición, cuando no a “los mercados”, el Fondo Monetario Internacional o “el mundo”, como hacía Cristina, con la esperanza vana de que, por arte de birlibirloque, la economía pronto se ponga a crecer sin que le sea forzoso tomar ninguna medida antipática.

Todos los economistas “ortodoxos”, y algunos que se enorgullecen de su propia “heterodoxia” pero no quieren perder el respeto de sus colegas, dan por descontado que, sin algunas reformas bien estructurales, la economía argentina continuará hundiéndose y que, con cada día que pasa, disminuirá la posibilidad de que se recupere a tiempo para ahorrarle al grueso de la población un destino equiparable al sufrido por los venezolanos. ¿Comparte su opinión Batakis? Parecería que, como tantos otros kirchneristas, entre ellos la jefa máxima de la secta, ha hecho suya la convicción de que lo económico siempre debería subordinarse a lo político, o sea, que en el fondo es una cuestión de voluntad y que con tal que el gobierno persista en el rumbo fijado por los exegetas del Instituto Patria, todo saldrá bien. En otras palabras, podría coincidir con Andrés “el Cuervo” Larroque cuando dice que “la fase moderada está agotada”, o sea, que a su juicio lo que el país precisa es una sobredosis de kirchnerismo. De ser así, a la economía, y a los casi cincuenta millones de personas que dependen de su aporte, le aguardan meses sumamente agitados que bien podrían culminar con un desastre descomunal.

Sea como fuere, la huída de Guzmán, que entendió que no le valdría la pena continuar soportando las críticas maliciosas de los kirchneristas y que por lo tanto le convendría abandonar al gobierno a su suerte antes de que lo echaran formalmente, ha sido atribuida a las presiones de Cristina, que de tal modo se dio el gusto de poner nuevamente en su lugar al despreciado Alberto. ¿Significa todo eso que un buen día Alberto mismo, cuya situación actual se asemeja bastante a la de Isabelita Perón en las semanas que precedieron al golpe militar, podría renunciar de manera igualmente intempestiva? Puede que no, que el hombre ya se haya resignado a cumplir un rol que otros encontrarían insoportablemente humillante, pero pocos estarían dispuestos a apostar mucho a que quisiera continuar siendo un presidente fantoche hasta fines del año que viene.

Lo que más quiere Cristina es poder sin responsabilidad, motivo por el que preferiría que Alberto permaneciera donde está, ya que si decidiera tirar la toalla prematuramente le tocaría regresar a la Casa Rosada y la quinta de Olivos justo cuando el país se viera abrumado por una crisis político-económica de suma gravedad. Si se negara a hacerlo, correría el riesgo de que Massa, que tiene un lugar expectante en la línea de sucesión, aprovechara una oportunidad que encontraría irresistible, lo que para ella sería una novedad alarmante.

Aunque a buen seguro le encanta a Cristina manipular el gobierno que ensambló a través de Alberto, rodeando a los escasos funcionarios fieles que le quedan de kirchneristas que les hacen la vida imposible, no le gustaría para nada que la mayoría la creyera culpable de los estragos que, por su intervención casi diaria, sigue provocando. En su universo particular, todo lo malo se debe a Mauricio Macri y, desde luego, Alberto, y todo lo bueno o, por lo menos, la esperanza de que en los meses venideros aparezca algo positivo, se debe a su propia generosidad y sabiduría.

Al enterarse de la salida de Guzmán, Massa se propuso para reemplazarlo con tal que le cediera el control de toda el área económica, además de la jefatura del Gabinete, lo que, dadas las circunstancias, era razonable, pero, según se dice, a Alberto le parecían excesivas tales condiciones y, de todas maneras, no habrá querido enojar a Cristina que sabe muy bien que, desde su punto de vista, el tigrense es un sujeto peligroso. Massa, pues, tendrá que esperar a que la crisis se haga tan brutal que se sienta en condiciones de hacerles a Alberto y Cristina una oferta que no podrán rechazar. Por cierto, no carece de confianza en sus propias dotes -es evidente que se considera el único rescatable de un elenco oficial cuyos demás miembros se destacan por su mediocridad- y cree que, tarde o temprano, la providencia lo convocará para salvar a la Argentina del destino nada bueno que, de continuar por el rumbo trazado por los kirchneristas, le aguarda en el futuro no muy lejano.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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