Martes 9 de agosto, 2022

ECONOMíA | 10-07-2022 00:57

El desafío que viene para la economía argentina

Los problemas que enfrentaba Guzmán persisten para la gestión de Batakis: inflación, tarifas, deuda interna y escasez de dólares.

No fue la primera ni será la última. Pero esta mini crisis de la política económica marca un punto de inflexión que viene con el calendario: la del segundo semestre. Porque más que poner fecha y hora a la renuncia de un ministro de Economía formalizada en las redes sociales, inaugura otra era con más incertidumbre, pero con los mismos problemas que había hasta el primero de julio: inflación estacionada (por ahora) en un escalón del 5% mensual, atraso tarifario, déficit fiscal en aumento, deuda interna creciente, brecha cambiaria y escasez de dólares.

Obstáculos. Este escenario constituye un verdadero campo minado por el cual el nuevo equipo económico deberán avanzar urgidos por dos consignas que le habrían sido dadas por la dupla presidencial: no abandonar la hoja de ruta trazada en el acuerdo con el FMI (por parte del Presidente) y construir los cimientos económicos para que la suerte electoral para el oficialismo no le sea adversa como en 2021 (Cristina). Es decir, una fuerte restricción y un ambicioso objetivo en cuya conjugación radicará el éxito o el fracaso de la flamante funcionaria.

“Me llama la atención que ante tanta incertidumbre, rumores y variables que parecen escaparse, no estemos en recesión”, reflexiona Eduardo Fracchia, director del Departamento de Economía del IAE Business School. A su juicio, los resultados a corto plazo muestran un panorama que no es tan malo: la desocupación en el 7%, una inflación creciente pero que tiene la dinámica de la híper, nivel de actividad económica que todavía tiene el arrastre del año pasado y un nivel récord de exportaciones gracias a boom de los precios de las commodities. “El problema es que, si cambian drásticamente las expectativas, todo se puede complicar, empezando por la inflación”, agrega, “y siguiendo por la restricción externa, el desaliento a la inversión que ya es baja, exportaciones difíciles de empujar con este dólar y productos de exportación que parece haber tocado su techo”. Fracchia cree que, así como este año carga con el beneficio de dos o tres puntos de arrastre del anterior, este maquillaje estadístico desaparecería e incluso, si la situación en el segundo semestre se enrarece, la cuenta final sería, una vez más, el 0% de crecimiento. “El verdadero problema es que desde cerraríamos una década de estancamiento económico con lo cual, ningún problema se puede resolver sin alterar la posición de otro sector”, concluye.

Buenos vecinos. Precisamente, en un análisis que realizó el IERAL, comparó la performance argentina no sólo de esta década sino de los últimos 40 años con resultados desalentadores. “Mientras que el PIB per cápita de los Estados Unidos creció a un ritmo acumulativo de 1,7 % anual entre 1980 y 2019, para Brasil y México ese guarismo fue de 0,7 % y para Argentina de sólo 0,5 %”, apunta el estudio de Jorge Vasconcelos, economista Jefe de la entidad. “La estabilidad es una condición necesaria pero no suficiente para el crecimiento sostenido. Sin sustentabilidad fiscal de largo plazo, los costos de sostener la estabilidad son crecientes (la abultada deuda pública doméstica de Brasil no es un modelo a seguir), y pueden terminar dinamitando la propia estabilidad”, apunta.

Quizás la característica que marcó estos últimos años fue la recurrente crisis del sector externo, a pesar que los commodities que exporta la Argentina están en la actualidad un 96,4 % por encima del nivel de 2015, un dato clave para la macro del país, pero que queda opacado por la existencia de una brecha cambiaria que, en el presente, “duplica a la del período 2011/15, potenciando sus efectos distorsivos; por una tasa de inflación que triplica los guarismos de aquel momento, y también por un nivel de endeudamiento en el mercado local (en pesos, con privados) que cuadruplica la referencia de 2015”, sintetiza.

Dólar a la vista. Como en otras ocasiones, la moneda norteamericana resultó ser el fusible de este desenlace. Pero no por constituir en un auténtico fetiche para la economía argentina: a raíz de la larga saga inflacionaria (en 75 años, sólo en la quinta parte hubo alzas del IPC por debajo del 10% anual), el dólar adoptó la función de la moneda de reserva de valor y unidad de cuenta para grandes transacciones. Pero también en el termómetro que anuncia cualquier disfunción macroeconómica antes que el gobierno de turno la reconozca. Ese bimonetarismo, reconocido como un perjuicio por unos y como una oportunidad de expansión monetaria marca a fuego las posibilidades de autonomía de la política monetaria y fiscal.

Para Camilo Tiscornia, director de C&T Asesores Económicos y profesor de Política Monetaria en la UCA, “en el corto plazo, sabemos que la dinámica de la inflación está dominada por el tipo de cambio antes que otra cosa. La decisión de la semana pasada de restringir dólares para los importadores genera aumento de precios que se repotenció con la disparada del dólar blue y del contado con liquidación esta semana. Eso fue lo más complicado: o se genera desabastecimiento con suba de precios o directamente inflación”, argumenta.

Sin embargo, para Tiscornia todo este ruido ya venía generándose la semana anterior al cambio de ministro cuando se decidió cerrar la canilla de dólares para las importaciones y el Banco Central se anotició que no podría seguir colocando deuda en pesos alegremente.

El otro factor es el monetario. Durante junino, se aceleró la emisión de moneda: el “M2” (que abarca el circulante y los depósitos a la vista) pasó de una velocidad de 58% interanual a casi 70% en parte por el déficit fiscal que se financia con la liquidez que inyecta el Banco Central en la economía y también por la necesidad de seguir financiando con deuda al Tesoro, pero al mismo tiempo mantener el valor de los títulos.

El agujero negro. Allí está el problema de fondo: el déficit fiscal no tiene perspectiva de bajar, el cambio en Economía no incidiría en esto porque Guzmán decía que quería disminuirlo y estamos ante la presencia de un mercado de deuda cada vez más chico, caro y de corto plazo”, explica.

Al respecto, las previsiones contenidas en el memorándum de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional se evaporaron sobre todo a partir del cambio en el escenario internacional con la guerra en Ucrania y el alza del petróleo y derivados. Como explica el último informe de la consultora Ecolatina, “el mayor pago de subsidios sobrepasaría al aumento esperado en las retenciones, al tiempo que la erosión en el poder de compra motivó a gatillar medidas compensatorias por el lado del gasto”. Un cisne negro que se oscureció por el uso y abuso de la política tarifaria en su dimensión distributiva antes que en el reflejo de los costos internos.

Es decir, al Gobierno, cada vez le resulta más difícil financiarse y si lo hace a través del mercado de deuda, debe sostener al mismo tiempo el precio de los bonos en forma coordinada, por lo que todos los caminos conducirían a generar más emisión monetaria, más expectativas de inflación y la consecuente presión sobre el tipo de cambio oficial que ya está atrasado. Un círculo vicioso en el que el nuevo equipo económico deberá seguir lidiando para no afrontar un salto devaluatorio con su coletazo inflacionario.

El riesgo es que se dé una escalada más fuerte o una devaluación abrupta y con ello un salto inflacionario. Un cambio de planes que haría naufragar el objetivo marcado a la nueva gestión como prioritario: que la economía sume y no reste al momento de votar.

 

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

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