Jueves 8 de diciembre, 2022

ECONOMíA | 23-06-2022 16:47

Todos quieren ser emprendedores

Fundar y sostener en el tiempo una empresa en la Argentina actual es una tarea mucho más difícil, pero más valiosa, que las historias de las que se convirtieron en "unicornios".

En Argentina, por estos días, el riesgo país (definido como el plus que pagan los bonos soberanos de un país con respecto a lo que pagan los bonos de los Estados Unidos) ronda los 2190 puntos básicos. Sólo para dimensionar este número, el de Brasil es 346, Italia 207, Uruguay 153 y España 110.

Si bien este número mide el riesgo de default de la deuda soberana, nos habla también de las turbulencias que debe enfrentar cualquier empresa por el hecho de estar radicada en Argentina. A partir de allí están los otros riesgos propios del negocio: el comercial, el tecnológico, el operativo, el logístico, etc., etc.

Según el Boletín de Empresas del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, en el período 2009 a 2019 (tomamos ese rango para aislar el efecto económico de la pandemia), la cantidad de empresas pasó de 588.639 a 575.108 (caída del 2,29 %), mientras que en los tamaños de Pequeñas y Micro la caída fue mayor: el 3,04 % (546.278 en 2009, versus 575.108 en 2019).

No es mi intención desmotivar a quienes están pensando en llevar adelante un emprendimiento propio. El que haya bajas chances de éxito debe ser un aliciente para quienes buscan desafíos y entienden que su proyecto vale la pena.

Pero lo importante es que quienes trabajamos con emprendedores seamos muy honestos en términos de la complejidad de la travesía, especialmente en Argentina, un país en el que la inflación es un fenómeno crónico, las leyes laborales propias de un tiempo que ya pasó, hay más de 150 impuestos y múltiples valores para un mismo bien (el dólar), entre otras particularidades. Es bueno motivar a emprender, pero al mismo tiempo hay que alertar que una cosa es recibir un sueldo a fin de mes, y otra cosa tener la responsabilidad de pagar más de uno.

La complejidad microeconómica de algo que recién empieza es muy alta. No es fácil despegar y llegar al punto de equilibrio. A esta dificultad universal, le agregamos la caótica macroeconomía y los cambios regulatorios. Así, quien emprende se enfrenta a un combo implacable.

Llegar a crear un unicornio representa para nuestros jóvenes lo mismo que seguramente fue la esperanza de encontrar El Dorado para nuestros ancestros. El ser humano siempre ansía que el destino sea generoso y los dados caigan en la cara adecuada. En algunas ocasiones algunos emprendedores, a partir de mucho trabajo y esfuerzo, alcanzan el podio de los vencedores. Más allá que es probable que muchos otros también sean generadores de riqueza y creadores de empleo y bienestar, los reflectores iluminan a aquellos que lograron crear empresas que alcanzan un valor bursátil de US$ 1.000 millones.

En un contexto en el que las distorsiones afectan el significado de las palabras y la secuencia y oportunidad de las cosas, se llama emprendedor (en lugar de empresario) al dueño de un imperio, y se aconseja enseñar emprendedorismo antes de estar seguros de que los alumnos saben analizar las variaciones del capital de trabajo o qué es una segmentación de mercado.

Esta reflexión viene a cuento porque es muy común escuchar que uno de los problemas de las universidades es “formar empleados” en lugar de “alumbrar emprendedores”. Y esa afirmación es preocupante. Porque la universidad debe dar herramientas para múltiples propósitos. En principio debe compensar deficiencias de las etapas educativas anteriores, como por ejemplo interpretar textos y expresar correctamente por escrito las ideas. Superado esto, debe enseñar a pensar, a resolver problemas, a plantear inquietudes, a cuestionar aquello que nos dan por sentado. A enfrentar dificultades y superarlas. A mirar con curiosidad el mundo exterior. A salir de la virtualidad y experimentar con los cinco sentidos la realidad que nos circunda. En este contexto, los contenidos vinculados con el emprendedorismo deben ser impartidos en una adecuada proporción, junto con muchos otros.  Y es obligación de quien enseña el alertar acerca de las dificultades y riesgos, de la constancia necesaria y del aplomo requerido para tomar decisiones. 

A diferencia de un país como EE. UU. en el que los fracasos en los intentos de emprender son vistos como la oportunidad de capitalizar experiencias, y no hay sanciones en la medida en que no haya habido fraude intencional, en Argentina no es fácil ni rápido recuperarse de haber emitido cheques que no pudieron ser cubiertos.

Ser emprendedor significa ver oportunidades y creer que uno tiene la capacidad de dar respuestas. Significa encontrar soluciones o mejores formas de hacer cosas, combinando elementos, innovando, experimentando, no resignándose a que las cosas deben continuar haciéndose de la misma manera que se hicieron durante determinada cantidad de años.

Significa también ser plenamente consciente que no se trata siempre de un camino placentero, sino que en muchos casos hay que experimentar el fracaso y la multiplicidad de problemas. Los contextos económicos complejos y cambiantes agregan una dificultad adicional al desafío de todo emprendedor.

Por otra parte, en Argentina hay una marcada desproporción entre las instituciones que promueven el emprendedorismo y las que invierten capital en ellos. Hay premios y concursos, pero después hay pocos que están allí para ayudar a cruzar el “valle de la muerte”. En general los escasos fondos de capital de riesgo se orientan a proyectos de base tecnológica (con niveles elevados de sofisticación científica) y un management profesional, y consolidado. La calidad del “elevator pitch” es solo un primer paso de los innumerables que hay que dar hasta llegar a la tierra prometida, o a facturar el primer millón de dólares. Recién a partir de ese momento, algunas instituciones que promueven con ahínco el emprendedorismo, le abren sus puertas a la joven empresa.

Por eso, quienes educamos tenemos la responsabilidad de encarar el tema con seriedad y ayudar a tomar decisiones sobre la base de la racionalidad y no de entusiasmos pasajeros. Esto no implica ser negativo o escéptico. No implica negar de lo maravilloso que es para el ser humano el innovar, el crear riqueza y empleo a través de un emprendimiento nuevo. Implica dar todas las herramientas para una misión que luce plena de glamour pero que, particularmente en Argentina, es riesgosa y ardua. Es imprescindible enseñar a nadar, pero es crucial también alertar que la técnica, el entrenamiento y la experiencia para hacerlo en una pileta no es igual a la necesaria para no perecer ahogado en el Mar del Norte. Y a veces, el que nuestros egresados trabajen en empresas grandes, no es un acto de mediocridad, falta de iniciativa o falencias en la formación, sino una etapa que permite entrenar los músculos y el cerebro para encarar la misión de emprender, sin morir en el intento. La universidad debe formar y abrir la mente. Y cuanto más sólida sea la formación de base y más amplia y aguda la capacidad de análisis, mayores serán las probabilidades de un graduado universitario de emprender con éxito y transformar múltiples recursos en una empresa exitosa y sostenible.

 

*Alicia Caballero es doctora en Economía (UCA), directora de UCATec y UCAEmprende.

 

 

 

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por Alicia Caballero

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