Jueves 2 de abril, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 09-12-2019 11:09

Último día de Macri: adiós al presidente Ni-Ni

Balance final de un liderazgo que no fue shockeante ni gradual en su plan de transformación inconcluso. Lecciones para el antipopulismo futuro.

Ni estudian ni trabajan: así se cataloga a los jóvenes “Ni-Ni”, que cargan con la mochila simbólica de un país que no va para atrás ni para adelante. Esa feroz etiqueta señala el limbo que acecha a las nuevas generaciones de una Argentina sin rumbo, pero también sería justo aplicarla a las clases dirigentes que no aciertan en construirlo. Mauricio Macri es un caso de esta impotencia histórica.

Es cierto que el presidente saliente logró finalmente convertirse en el primer no peronista que completa su mandato constitucional. Sin embargo, lo que no logró es demostrar que por fuera del peronismo se pueda consolidar un proyecto de país social y económicamente viable. La combinación de pobreza record, endeudamiento y catatonia productiva son síntomas de esa incapacidad.

Tampoco pudo –y parece que no quiso- superar la grieta que dividía a los argentinos cuando asumió como Presidente. Macri es la prueba de que la grieta no es la causa de nuestros males, sino una de las consecuencias, que expresa la inexistencia de una utopía común que ordene la dinámica nacional. Más que el problema de tener dos países, nos aqueja la falta de un país, en lugar de un territorio rico en potencialidades pero con un mapa desteñido y cotidianamente debatido en mesas de café.

Macri no pudo sacarnos de ese desconcierto, porque él está entrampado también en ese laberinto. Su presidencia arrancó con el dilema, nunca resuelto, de cambiar la Argentina con shock o con gradualismo. Hubo un poco de ambas cosas, con resultado confuso: a la gente le dolió el ajuste como un shock, y el establishment se impacientó con el gradualismo. Y así cayeron tanto el consumo como la inversión. Tampoco alcanzó echarle la culpa a “la herencia recibida”, porque al final se terminaron aplicando los viejos trucos del kirchnerismo para estirar la agonía del modelo económico a fuerza de torniquetes y pagadioses.

Famoso por sus habituales escapadas vacacionales, Mauricio terminó siendo el gran Ni-Ni, que ni estudia ni trabaja. El discurso macrista sobre la importancia estratégica de la educación no tuvo la contrapartida de ninguna revolución en la materia: ¿cuántos argentinos saben el nombre del ministro de Educación saliente, que además dedicó sus energías a la campaña para intendente de La Matanza, que además perdió por goleada? Y mejor ni hablar de la frustración cíclica de las pruebas PISA, que nos muestran tendencias deprimentes. Macri fue el presidente ingeniero del relato high-tech, pero que recién recibió a una científica luego de verla en un concurso televisivo de preguntas y respuestas contando sus penurias en el Conicet.

El presidente Ni-Ni tampoco terminó de concretar la promesa eterna de Vaca Muerta. Hubo avances, sí, pero también retrocesos, y ahora la posta le queda a Alberto Fernández. Hijo de empresario exitoso, Macri no tiene en su CV haber encarnado la sucesión virtuosa del holding familiar, cuya flojera de papeles arrastró hasta su mandato presidencial, llegando a esbozar una especie de denuncia light respecto de la transparencia de la acumulación de riqueza del clan, dinero que Mauricio tampoco ha rechazado. La industria tradicional siempre le desconfió, los sindicatos, también. Y en la City insultan por lo bajo su impuesto a la renta financiera tras el blanqueo, como un puñal traicionero que anticipó el “reperfilamiento” de deudas, usando un término Ni-Ni para no hablar ni de cumplir ni de defaultear.

Ni siquiera pudo Macri retener su poder en Boca, el club donde inició su carrera política, inaugurando una escuela que hoy es furor, y que habla mucho de la cultura republicana argentina actual: en el camino hacia el poder, los partidos políticos fueron remplazados por las franquicias futbolísticas. Esa lógica de equipo rindió mucho para el marketing de la campaña 2015, que contrastó con el personalismo tóxico legado por Cristina Kirchner. Sin embargo, esta despedida de Macri lo mostró bastante solo frente a su hinchada, sin aquel escenario inicial lleno de talentos PRO: solo el apoyo incondicional de su esposa y del también solitario Miguel Pichetto, que no pudo traccionar voluntades peronistas en su autoexilio partidario.

Y justamente en el contrapunto con Cristina aparece la mayor frustración macrista. Aunque desde el comienzo Macri rechazó cualquier destino moderado como “presidente de transición”, finalmente terminó logrando menos que eso: ni siquiera pudo jubilar políticamente a la expresidenta, que mañana regresa al Ejecutivo con energías renovadas, luego del cuarto intermedio administrado por Mauricio, un líder que logró ser más que De la Rúa, pero menos que Alfonsín. Ni fiasco ni estadista. Tal vez de eso se trate su legado: un banco de pruebas y errores para repensar qué país alternativo al populismo se podría construir bajo las reglas del siglo XXI.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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