Thursday 23 de May, 2024

ESPACIO NO EDITORIAL | 20-03-2024 09:33

¿Qué vendrá primero… las ganas del docente de enseñar, o las del estudiante de aprender?

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Hace ya varios años se escucha en el entorno docente cómo se sienten desalentados por la constante de que a los estudiantes les importa poco aprender, superarse, entender la materia, formarse. “Pareciera que solo quieren zafar”. De hecho, también es algo que se escucha decir habitualmente a los adultos respecto a los jóvenes en general. Me pareció interesante entonces, comenzar hablando de “las ganas” o la “motivación”, en escasez aparente en nuestra época, para todo aquello que requiera una implicación diferenciada del automatismo. Más aún si hablamos de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es extensa la teorización respecto a la transmisión de saberes, y cómo, para que esta suceda, los mismos deben estar validados cultural y socialmente. A su vez diremos, en principio, que aprender sería la posibilidad de adquirir nuevas formas de pensar y/o hacer sobre la realidad. Ahora bien, ¿qué pasa cuando desatendemos las emociones al momento de proponernos aprender? Y voy a ir un poco más allá, ¿qué sucede cuando no hay ganas de aprender? ¿Es posible hacerlo igual? No, sin “ganas” no es posible. ¿Y de donde se sacan las ganas? ¿Por qué es necesario hablar de “motivación” como un factor decisivo para el estudiante?

Para reflexionar juntos esta idea, le propongo al lector pensar en términos del deseo de aprender, para superar el término “ganas”, que queda más del lado de la intención. Uno puede tener intención de aprender, de estudiar, de superarse, y aun así sentir que no puede. El deseo de aprender supera la mera intención, tiene que ver con significar lo que está por adquirirse, como “más valioso” que lo que está por dejarse. Aprender también es admitir lo que no se alcanza ya, o no se sabe, reconciliarse con lo que no, para ir en búsqueda de cosas nuevas validadas socialmente como saberes útiles para ser parte de ese mundo que es lo social.

Retomaremos entonces el aporte de Lacan, quien postulaba que el deseo siempre es el deseo del Otro. ¿Qué significa esto? Que, si no hay un otro referente que signifique que algo es deseable, no será deseable eso para sí. Y a partir de esa premisa podemos pensar el rol del docente en la dinámica de la enseñanza y el aprendizaje.

Nadie que haya estudiado algo alguna vez, un curso, una carrera, lo que sea, puede negar que es un verdadero “placer” participar de una clase donde el profesor enseña con ganas, con gusto, que realmente se nota que no solo “sabe” sino que le gusta lo que hace y busca que el que está en posición de estudiante, comprenda esto tan útil de saber. ¿Y por qué será un placer no? Entre otras cosas, porque ese sujeto deseante -el docente- concibe a ese otro -estudiante- como otro sujeto, y no como un objeto que no podría desear jamás.

Planteándolo a la inversa. Cuando el referente de un curso piensa que lo que tiene para “contar” no le interesa a nadie -ni a él, ni a los que están escuchando- esos alguienes son percibidos casi como muebles, justamente, abúlicos y sin deseo aparente. Y así se genera ese círculo vicioso que lleva a la desvinculación con el saber, por parte de ambos actores, el docente y el estudiante.

Quedará pendiente ahora, pensar también qué pasa del lado referente, porque claro está que tampoco es fácil sostener el propio deseo cuando somos más que solo docentes.

Datos:

Lic. Luciana Comerci Pinella

Te acompaño a concretar tu proyecto universitario.

@cmotivacionestudiantil

Cel: 1154551648

por CEDOC

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