Jueves 1 de diciembre, 2022

SOCIEDAD | 16-12-2011 12:33

La Hebe oculta, según Schoklender

Su polémico libro revela a una Bonafini autoritaria, maltratadora y aduladora del poder kirchnerista. Caprichos, desmanejos financieros y el insólito plan de lucha armada en democracia.

Conocí a Hebe mientras yo estaba en prisión. Había organizado un centro de estudios en la cárcel de Caseros, similar al que había organizado en la de Devoto antes de que me trasladasen. En ese centro de estudios había constituido una imprenta para la publicación de apuntes de los centros de estudiantes de la Universidad de Buenos Aires. Yo estaba terminando la carrera de Sociología, había terminado Derecho y Psicología y estudiaba Informática. De alguna manera, me había transformado en un referente para algunas organizaciones de la Facultad de Ciencias Sociales. Un día Hebe pidió visitarme. Para mí, ella era una especie de prócer. Dentro del espectro político, yo respetaba sobre todo a las Madres de Plaza de Mayo, más que nada por su posición de intransigencia. En esa época, mi actitud era muy combativa. Creo que a ella le llamó la atención mi trato hacia las autoridades. Hebe conoció a un tipo al que nadie intimidaba y que se rebelaba constantemente.

A través de los encuentros con Hebe fuimos generando una situación de cariño, afecto y reconocimiento mutuo. Ella era un diamante en bruto. Una persona que había transitado la vida entre la lucha, la intuición y la desesperación y que le conocía el pedigrí a cuanto funcionario, ministro o lacayo del sistema hubiera. Era una mujer muy divertida, llena de anécdotas, diferente de la Hebe pública que gritaba exaltada y que decía lo primero que le venía a la cabeza sin medir las consecuencias. En las visitas, desplegaba su costado humano, una faceta de un enorme valor afectivo.

Las visitas adquirieron, cada vez más, un carácter familiar. Hebe llevaba comida que ella misma preparaba y la compartíamos. Le gustaba llevarme lomo o matambre que luego comíamos mientras charlábamos. En lo político e intelectual, me respetaba mucho. En lo cotidiano me trataba como un hijo y me cagaba a pedos todo el día.

Al principio no hablábamos sobre mi situación. Pero al poco tiempo, ella empezó a pelearme y a decir que yo era más útil afuera que encerrado. Conseguimos un abogado, empezamos a hacer los trámites, a pelear, a presentar recursos hasta que logramos primero un régimen de salidas transitorias y, a los pocos meses, la libertad condicional. Lo primero que hice al obtener mi libertad fue ir a la casa de las Madres, donde me esperaba una multitud. Entre muchas ofertas de trabajo que tenía, había elegido la de ir a trabajar con Hebe y con las Madres. La idea era digitalizar el archivo de la Asociación. Creía que era un espacio desde donde se podían construir cosas nuevas.

Las “mentiras” de Hebe

Hebe era la gran mentirosa de unas mentiras necesarias. Cuando la Conadep dijo que había verificado nueve mil desapariciones, los organismos de derechos humanos dijeron que en realidad debía haber quince mil. Hebe salió a decir que eran treinta mil y a repetirlo una y otra vez hasta que, de tanto decirlo, así quedó. Un solo desaparecido es una tragedia, pero nunca fueron treinta mil, eso fue un invento de ella. Hebe decía: “Las Madres marchamos por primera vez el jueves tal, a tal hora”. Y nadie se acordaba ni lo podía verificar, pero Hebe primereaba, fijaba una fecha y nadie podía contrastarlo. Además, tenía el discurso más radicalizado de todos. Un discurso que era un cambalache, muy desordenado. Hebe era una mujer autodidacta. Había terminado sólo tercer grado.

(…)

Cuando la situación de las Madres entró en una gran crisis en el 2000 debido a que ninguna había cobrado la reparación económica y no tenían ningún apoyo del Gobierno, no había plata ni para pagar la luz. La Universidad de las Madres funcionaba en un lugar alquilado y los gastos eran cuantiosos.

—Hebe nos quedamos sin plata —le dije—. No hay un peso. Tenemos cheques emitidos.

—Hay que seguir adelante de cualquier forma —respondió.

—¿Cómo vamos a hacer para lograrlo?

—Hay que hacer lo que sea.

—¿Pero vos estás segura? Yo no tengo problemas si vos me lo pedís. ¿Pero estás segura?

Hebe asintió.

Decidimos salir a juntar fondos de cualquier manera. Y cuando digo de cualquier manera, estoy diciendo que esas acciones implicaban que, tanto yo como otros compañeros, podíamos terminar presos.

Entonces, como soy muy buen jugador, comencé a ir al casino para juntar fondos para sostener a las Madres. Iba a las nueve de la noche y hasta las seis de la mañana jugaba al Black Jack y póquer. Algo que pocos saben es que tengo la capacidad de contar la totalidad de las cartas en juego. Después salía corriendo con el dinero y se lo daba a mi secretaria, que luego iba al banco a cubrir las deudas.

Durante casi tres años, sostuve toda la estructura de las Madres –el pago de servicios, los docentes, los materiales– en el casino. Soy un brillante jugador de Black Jack. Así es que, entre tropelías y el casino, sostuve a las Madres en los peores años.

Lucha armada y otras incorrecciones

El programa que sosteníamos con las Madres era totalmente revolucionario. Se había nutrido también de compañeros de los hijos de las Madres. Nuestro objetivo era la revolución. La única salida que se veía lógica era la lucha armada. No veíamos otra alternativa para enfrentar el menemismo y el neoliberalismo. En aquella época en el sótano de la universidad guardábamos de todo. Si me llamaban a medianoche, yo pensaba que había volado la universidad. Cuando se produjo el enamoramiento entre Hebe y Néstor tuvimos que sacar urgente todo lo que había en el sótano y hacerlo desaparecer.

En cierto momento propuse que realizáramos lo que llamé “la operación Massera”. Las Madres y yo teníamos una infinidad de cuentas por saldar con ese genocida. Sabíamos dónde tenía las oficinas, a qué hora entraba, a qué hora salía. Le planteé a algunos compañeros y a Hebe ir a buscarlo. Tenía pensado realizar una acción como la que finalmente terminó en la ficción del guión de la película El secreto de sus ojos.

Hebe me dijo que no era el momento adecuado y que la forma tampoco correspondía. Estaba equivocado, lo reconozco, pero entonces me parecía una opción válida. También habíamos podido ubicar al comisario que había ordenado la muerte de uno de los hijos y de la nuera de Hebe. Hebe se negó a llevar adelante cualquier acción que tuviese que ver con hacer justicia por mano propia.

(…)

Hebe era una persona muy primitiva, con muy poca educación. A pesar de su voluntad de superación y de su curiosidad, a veces cometía zafarranchos graves. En ocasiones, en pos de reivindicar la lucha revolucionaria de sus hijos, pensaba que debía apoyarse en toda organización que se autotitulara revolucionaria.

La primera diferencia seria que tuvimos en ese sentido se produjo con la gente de ETA. Mi planteo era que ETA no era una organización revolucionaria. A lo sumo podía ser una organización independentista. Pero como algunos ex compañeros de sus hijos estaban colaborando con ETA, me era muy difícil lograr que entendiese este planteo. A raíz de lo que ella sentía como una afinidad con su propia historia, a veces Hebe declaraba su apoyo a ETA y eso terminaba provocándonos enormes dolores de cabeza.

Del mismo modo, se generó otra discusión con respecto a Irán. La Embajada quería acercarse a Madres. Y Hebe escuchaba atenta. Luis D’Elía decía que Irán estaba dispuesto a hacer aportes económicos importantes para Madres. Le respondí que los aportes económicos siempre tienen un límite, y ese límite viene de saber de dónde provienen. El hecho de que Irán tuviese como enemigo a los Estados Unidos no lo legitimaba como una organización revolucionaria a la cual nosotros teníamos que apoyar. Una cosa es el reclamo por la independencia del pueblo palestino y otra cosa muy diferente era casarnos con la idea de que cualquiera de las versiones fanáticas de ese reclamo tuviese algo que ver con la lucha de las Madres.

(...)

Recibíamos permanentemente la visita de comandantes de las FARC. La guerrilla zapatista y las FARC eran las únicas organizaciones revolucionarias que se sostenían. Una gran cantidad de jóvenes nos pedía que los contactáramos con ellos. Iban a realizar una experiencia con las FARC. Triangulábamos su llegada desde Venezuela. Allá cambiaban su documentación, pasaban a Colombia y se integraban a la guerrilla. De los jóvenes que fueron, por medio de nosotros, muy pocos volvieron. La inmensa mayoría permaneció allá. De todas maneras, la salida que ofrecían las FARC no me convencía porque era una propuesta de lucha armada hasta el final. Eso significaba, en términos concretos, que para que las FARC triunfaran debían terminar muriendo cinco o seis millones de personas. Yo creía que la salida debía ser política. Hebe sentía una gran fascinación con las FARC porque, en cierta medida, sus integrantes representaban algunos de los ideales y de la historia militante de sus hijos.

(…)

La reacción de Hebe ante la desaparición de Julio López marcó un momento clave en la evolución de su acción y de sus ideas. Antes de que desapareciera salió a ensuciarlo y a descalificar sus denuncias y su militancia tratando de instalar un manto de sospecha sobre él al dudar públicamente de que hubiera estado detenido y de que hubiera sido torturado. Después, dijo que no había desaparecido, que era un viejito que debía estar perdido en algún lugar de la Provincia.

Recuerdo haber llegado a la oficina cuando Patricia, mi secretaria, me preguntó: “¿Escuchaste lo que dijo Hebe sobre Julio López?” Hebe dice que denuncian su desaparición porque con esto quieren atacar al Gobierno”. Me parecía disparatado. Fue la primera confrontación interna fuerte.

Son reacciones viscerales de Hebe producidas por su confusión política. Esa es la misma Hebe que, confundida con los objetivos de la lucha palestina, no tiene problemas en decir: “Judíos de mierda”, mezclando el apoyo a Palestina con el antisemitismo.

Las discusiones internas no sirvieron, como siempre, de nada, porque, de todos modos, Hebe decía su parecer. Si se le decía que no era el mejor momento para hacer declaraciones sobre esas cuestiones, aunque aceptara el razonamiento, se le activaba un mecanismo de resorte. Se callaba, pero acumulaba tensión hasta que la presión la desbordaba y entonces estallaba con una amplitud magnificada.

Caprichos y finanzas

Sueños Compartidos empezó a financiar y a subsidiar todos los proyectos de la Fundación y todas las ideas que se le ocurrían a Hebe. Si Hebe daba la orden, había que salir a buscar plata. Yo le decía: “Pero Hebe, no hay plata”. Y ella respondía: “Ustedes resuélvanlo porque el Gobierno dijo que la plata tiene que estar”. Pero la plata no estaba. Es decir, estaba en la caja del Gobierno.

Si Hebe quería una radio, se hacía la radio. Si Hebe quería instalar un centro cultural en la ESMA, Sueños Compartidos tenía que pagar los talleres, los docentes, el catering, la luz, el gas, la construcción y las remodelaciones. Si a Hebe se le ocurría armar el grupo Las Cristinas, ese movimiento de mujeres que acompaña a la Presidenta, había que financiar sueldos, transporte, escenario para actos, sonido, impresión de afiches, todo. Si Hebe quería apoyar la campaña de Amado Boudou para jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, o la de Abel Fatala, había que empapelar la ciudad de afiches, hacer volantes para repartir casa por casa, había que organizar y financiar actos.

De pronto, Hebe decía: “Necesito treinta mil dólares porque tengo que cubrir unos gastos”. Entonces yo tenía que llamar a mi hermano Pablo, que se comunicaba con alguna casa de cambio o con alguna cueva: “Hebe necesita treinta mil dólares, traémelos ya”, y a cambio les daba un cheque.

Hebe había dejado de ser de la mujer que viajaba todos los días en colectivo hasta la estación de Once para tomar allí la Costera Criolla que la dejaba en La Plata, donde tomaba otro colectivo hasta su casa. Ahora era la mujer que no viajaba en avión si no se le sacaba un pasaje en primera clase. Si hacía un viaje al interior del país, antes debía ir una delegación nuestra y tener todo listo para su llegada con habitaciones de hoteles de primera categoría. También había que pagarles sueldos a los innumerables parásitos que rodeaban a Hebe, que la adulaban o escribían cartas “hermosas” a las Madres.

Yo me había convertido en una máquina de taparle cosas a Hebe todo el tiempo. Ella retiraba la plata de la cuenta de la caja en Asturias, llegaba del viaje y me decía que no les dijera nada a las otras madres y se encerraba con la plata en su oficina. Parte de esos fondos los usaba para pagar gastos de la Fundación y de la Universidad. Otra parte la destinaba a devolverme la plata que yo había prestado. Otra parte le daba a su hija. No tengo la menor idea de lo que hacía con el resto. Retiraba entre quince y veinticinco mil euros cada vez. Los fondos que había en la caja de Asturias totalizaban más de un millón y medio de euros.

Esos no eran los únicos fondos. En cada viaje, los grupos de solidaridad exterior hacían colectas luego de brindar charlas y conferencias. Hebe viajaba de regreso al país con la panza llena de billetes en esas fajas que se destinan para transportar dinero. De esos montos les daba a las Madres que llevaban la contabilidad una cantidad. El resto tenía el mismo destino que la plata de la Caja de Asturias: devolverme a mí y sostener los gastos cada vez más caros de su hija. Del resto, nunca supe nada.

Cuando Hebe decía que Alejandra necesitaba mudarse a un departamento mejor, había que comprarlo. Cuando al poco tiempo se le ocurría que Alejandra no podía vivir como vivía porque tenía una pareja y estaban haciendo los trámites para adoptar, significaba que necesitaba una casa más grande. Y había que erogar 384.000 dólares de la noche a la mañana.

Si Hebe decía: “A Alejandra el coche que tiene para ir y venir de La Plata no le alcanza”, significaba que había que comprar una camioneta 4x4. Si Hebe decía: “Alejandra se va con un amigo a Cuba”, entonces había que sacarle los pasajes. Si decía: “A Alejandra no le alcanza el sueldo que le paga el Gobierno”, debía pagársele un sueldo adicional.

Autoritaria y maltratadora

A diferencia del círculo de militantes que se formó alrededor de Hebe, a quienes yo veía como parásitos, mi relación con ella nunca fue de adulación. Muchas veces discutimos fuerte. Y es conocido el carácter de Hebe. Trabajar con Hebe era muy difícil por el maltrato, el desprecio, el autoritarismo, que en lo cotidiano es mil veces más grande de lo que exhibe públicamente. Yo mismo debía mediar con el resto de la gente para tratar de justificar las formas de Hebe. Yo establecía un freno para que la gente no reaccionara ante su maltrato.

(…)

A lo largo de la historia, Hebe les prendió fuego a todos aquellos que le hicieron sombra o tuvieron, en algún punto, mayor protagonismo que ella. Todos se fueron mal. No hay nadie que se haya ido bien. Recuerdo una gran discusión que se produjo cuando apareció la organización HIJOS. En ese momento, le dije a Hebe que había que integrarlos a la Fundación Madres de Plaza de Mayo. Como nosotros ya nos habíamos mudado al edificio que hoy es la sede de la Universidad de las Madres y el edificio anterior había quedado vacío, le propuse que le cediéramos ese espacio a HIJOS. Me parecía importante que ambas organizaciones trabajasen juntas porque HIJOS debía ser la continuidad lógica y natural de Madres. A regañadientes, Hebe aceptó. Pero, como con todo lo que ella no acuerda, terminó encontrándole la vuelta para boicotear el acuerdo que habíamos alcanzado. Empezó a decir que HIJOS le estropeaba la fotocopiadora, que no limpiaban. Y terminó echándolos.

(...)

Comencé a tener diferencias políticas con Hebe, y esas diferencias tuvieron manifestaciones prácticas. Por ejemplo, los juicios públicos a los periodistas y a los jueces fueron dos hechos de los que no participé, no porque no creyera que los periodistas y los jueces tuvieron una enorme responsabilidad en la dictadura, sino porque creía que no se podía meter a todos en la misma bolsa. Después de mi ausencia en esos eventos, Hebe no me hablaba durante dos días.

Con el resto de las madres, la relación no tuvo vaivenes. Las que se quedaron fueron las que nunca se animaron a contradecir a Hebe. En medio de toda esta situación, sé que algunas dicen sobre mí que están en deuda por todo lo que hice por ellas en la Fundación. Pero no pueden hacer nada porque no se le animan a Hebe. Y es que en un punto, el movimiento Madres fue víctima de Hebe. En el último período, el vínculo entre Hebe y yo era exclusivamente de trabajo. El aspecto afectivo se había ido desgastando.

Hubo un momento en el que Hebe dejó de privilegiar principios para defender un partido o defender su relación con Cristina. Lo que más le aterraba era que no la invitaran más a actos oficiales, que Cristina no le hiciera más reconocimientos o que los funcionarios no la recibieran. Fue su narcisismo lo que llevó a que destruyera en cuatro meses un trabajo de años. Desde que se desencadenó el problema conmigo, cada persona mencionada por Clarín o Perfil fue echada. No importaba si estaba imputada o no. Hebe dice que lo hacía para preservar a las Madres, cuando en realidad intentaba preservarse ella.

Fidel, Chávez y el amor por Kirchner

Cuando me acerqué a las Madres ellas no habían viajado todavía a Cuba porque la relación con los cubanos estaba monopolizada por Montoneros y en el grupo de Hebe casi no había militantes de esa extracción. Cuando salí de la cárcel me ocupé de que viajaran a Cuba con el objetivo de que se posicionaran allá, que se reunieran con Fidel y que pudieran establecer un vínculo con ese gobierno.

Cuando fuimos al Festival de la Juventud, Hebe pronunció un discurso revolucionario, combativo y de reivindicación del Che y de la lucha armada. Todo el auditorio estaba electrificado con sus palabras. Fidel la escuchaba también, pero desde detrás del cortinado del auditorio. Cuando terminó, le mandó a agradecer sus palabras.

Hebe pasó a ser un nexo importante entre Cuba y las organizaciones argentinas. Cada vez que llegaba a la isla tenía coche, casa y todos los recursos que Fidel ponía a su disposición. Entonces se convirtió en una emisaria de Fidel con los Kirchner, aunque nunca pudo lograr el objetivo que le habían fijado, que era que Néstor realizara una visita oficial a la isla.

(…)

Hasta el año 2003, las Madres no votaban o llamaban a hacerlo en blanco. Era una política radical de denuncia del sistema. Hebe declaraba que todas las opciones eran “la misma mierda”. Ella venía de una familia profundamente antiperonista. Más tarde, sus hijos fueron militantes en La Plata de una organización maoísta llamada Partido Comunista Marxista Leninista. Sin embargo, las Madres pronto adquirieron simpatías por el gobierno.

Cuando asumió Néstor Kirchner, uno de los muchos presidentes que vinieron al acto de asunción fue Hugo Chávez. Por medio de uno de sus generales, Chávez llamó a Hebe y le dijo que necesitaba verla urgentemente porque le traía un mensaje. Chávez fue a la casa de las Madres en una visita casi secreta. Se reunieron en la oficina de Hebe, al lado de la mía, a puertas cerradas. A los diez minutos se escuchó el grito de Hebe: “¡Sergio!”. Me levanté y fui hacia ellos. Hebe estaba en su escritorio y Chávez al lado, en una sillita. Hebe lo miró apremiante: “Dale, contale. Contale eso que me viniste a decir”. Se lo veía más pequeño a Chávez frente a esa actitud de Hebe. “Traigo un mensaje del Comandante Fidel Castro que pide especialmente a las Madres que le tengan paciencia a Néstor, que es un muchacho de buena madera”. Hubo un silencio prolongado en la oficina. Hebe pensó dos minutos y me dijo: “Andá a pedirle una audiencia a Kirchner”. Hebe se quedó charlando con Chávez mientras yo redactaba un pedido formal de audiencia, se lo pasaba a mi secretaria y le decía que lo llevara a Balcarce 50. A la media hora nos llamaron para decir que la audiencia sería al día siguiente a la mañana.

Organizamos una delegación de Hebe con seis madres y yo. Nos esperaba la gente de protocolo. Ellas pasaron y yo me quedé afuera. Cuando salieron de la reunión con el nuevo presidente, Hebe estaba encantada por su personalidad sencilla y afable. Salió totalmente decidida a apoyarlo, mientras cumpliera lo que había prometido: una política de derechos humanos distinta.

Tuvimos varias charlas con Hebe, en las que discutimos si no era demasiado apresurado apoyar a un partido en el gobierno, que era peronista, que había llegado al gobierno de la mano de Duhalde y que había formado parte del menemismo, más allá de algunas posturas críticas que pudo haber tenido. Hebe me dijo: “No, le vamos a hacer caso al Comandante, que nunca se equivoca”. Decía que si ella estaba con el gobierno, el día que tuviera que hacer una denuncia su voz se iba a escuchar más fuerte.

(…)

Después de las elecciones de 2009, los López, los De Vido y toda esa clase de funcionarios comenzaron a hacer las valijas. Néstor había caído en una depresión tremenda. Decía que todos debían renunciar y dejar que la oposición se hiciese cargo de lo que había provocado. Muchos funcionarios comenzaron a llamar a Hebe. Creían que era la única que podía hacer que Néstor cambiase de opinión. Nilda Garré, Oscar Parrilli, Aníbal Fernández llamaban desesperados y decían que el ex presidente se había vuelto loco. Aníbal le dijo a Hebe: “Por favor, te suplicamos, vení que sos la única a la que va a escuchar. ¡Este hijo de puta nos quiere dejar colgados a todos! Dice que hay que renunciar, que si no nos quieren, que se las arreglen solos”.

Sólo la firmeza de Cristina impidió que se llevara a cabo esa decisión. Hebe habló con Néstor, que la escuchó, pero fue Cristina la que se puso fuerte y dijo que no iba a renunciar, que acababa de ganar, que no se iba a ir y que había que pelearla.

Las “cajas políticas”

El problema principal que tenían los funcionarios del gobierno era que los métodos de la Fundación impedían que parte del dinero cayera en el fondo oscuro de la caja política. Ningún área del gobierno se maneja con el presupuesto oficial. La caja del gobierno podría dividirse en tres áreas básicas. La caja para el funcionamiento real del gobierno, la caja de la corrupción y la caja para solventar la militancia. La primera está sustentada por la necesidad real de fondos para sostener a funcionarios cuyos verdaderos sueldos no se blanquean. La segunda es corrupción lisa y llana, caja para que se enriquezcan los De Vido, los Jaime, los López, los Bontempo y toda esa clase de personajes. La tercera es aquella destinada al mantenimiento de las enormes estructuras de las organizaciones sociales que Néstor Kirchner ordenó financiar para poder construir una base social propia. En esta tercera caja se puede incluir a “Las Cristinas”, la agrupación de mujeres creada por Hebe, cuyo espíritu tenía esa forma de financiación.

Cada ministerio debe hacer su propia caja para resolver esos problemas. En el ministerio de Julio De Vido se recurre a contratos de obra pública truchos, a remodelaciones que se hacen dos o tres veces o a presupuestos exorbitantes. Por supuesto, las empresas que se contrataban y se contratan son aquellas que garantizan un retorno, no calidad y precio.

Hebe sabía de toda esta situación, pero cuando se trataba de confrontar con el gobierno se callaba la boca. Cuando nosotros confrontábamos e impugnábamos alguna licitación y llamaban a Hebe, ella nos llamaba a nosotros, nos cagaba a pedos y nos reprochaba porque con la impugnación le complicábamos la vida al gobierno. Yo le explicaba que se estaban robando fondos con ese accionar. Hebe respondió: “Bueno, ellos necesitan el dinero para poder moverse o para poder sostener otros proyectos”.

Un símbolo falso

La última vez que hablé con Hebe fue dos días antes de renunciar a la Fundación Sueños Compartidos. En esos días nuestro vínculo se limitaba casi exclusivamente al trabajo y no nos deteníamos a tener conversaciones personales. Atravesábamos momentos tensos y teníamos muchas discusiones.

Yo veía que el trabajo que habíamos realizado con la Fundación se caía a pedazos y que Hebe no hacía nada para que no se cayera, debido a que prefería no tocar esos temas espinosos con la Presidenta, a costa de que los funcionarios que boicoteaban nuestras tareas no dieran respuesta a nuestros reclamos. Hebe prefería sostener el vínculo casi familiar que había logrado alcanzar con Cristina y no transmitirle las inquietudes que alarmaban a todos los que apostábamos al plan político y social de la Misión Sueños Compartidos. Había decidido sostener la imagen que mejor le caía a Cristina a costa de todo el resto.

Creo que ese fue también mi error. Recuerdo que cuando comenzaron las primeras discusiones una mañana desperté muy enojado y le dije a Viviana: “Voy a escribir un libro contando la verdad”. Ella me contestó: “No podés hacer eso. Las Madres son demasiado importantes por lo que representan como para que vos hagas caer algunos mitos”. Hebe es eso: un gran mito, con momentos de intensa lucidez y protagonismo pero también con enormes flaquezas humanas. Si de algo soy culpable es de haberla sostenido en ese lugar frente a todo el mundo. Yo me ocupaba de justificar lo injustificable. Durante años y años sostuve una imagen de Hebe que no tenía nada que ver con la realidad. Hebe se había instituido en un símbolo valioso para nuestra sociedad. Aunque fuese un símbolo falso, aunque tuviera pies de barro.

Cristinizada

La tensión en la Fundación se produjo porque empezamos a arrastrar obras que tenían valores desactualizados, con precios que databan de tres años. Era imposible que Hebe fuera a pelear algo. Solamente llevaba una carpeta cuando le insistíamos: “Hebe, esto es un escándalo, tenemos tres obradores parados, la gente va a marchar contra la Fundación”. Entonces ella iba, llevaba la carpeta con el quilombo económico, se la daba a Cristina, que se la pasaba a Parrilli y le indicaba: “Decile a López que lo resuelva”.

Después de eso, se la llevaba a Hebe para que lloraran juntas. “¿Cómo hiciste vos para superar lo de tu marido y lo de tus hijos?”, le decía Cristina, y las dos lloraban.

Cuando Hebe volvía, contaba que había estado con Cristina, que estaba muy emocionada, que habían llorado media hora juntas, y que Zanini y Parrilli decían que era importante que estuviera allí para acompañarla porque le hacía muy bien. Pero nosotros necesitábamos que se pagara porque había que mantener a seis mil familias de trabajadores. Y eso no sucedía.

La relación de Hebe con Cristina se transformó cuando Hebe ocupó un lugar de primera línea de respuesta ante cualquier agresión que sufriera el gobierno. Hasta entonces, sólo se habían cruzado dos o tres veces. La asunción de ese rol no fue sólo una responsabilidad de Hebe. Tanto Carlos Zannini como Oscar Parrilli tuvieron mucho que ver. Cada vez que ella decía uno de esos disparates, ellos la llamaban para felicitarla y le contaban que Néstor y Cristina se habían enterado de lo que había declarado y que estaban emocionados por la defensa que había hecho del gobierno y cosas por el estilo. Literalmente: decían que se les caían las lágrimas cuando la escuchaban hablar por los medios y se refería a las acciones de Gobierno. Hebe se hinchaba de orgullo.

Yo le señalaba que lo que decían no era verdad, pero ella estaba embelesada con los llamados de agradecimiento y alrededor de ella nadie se animaba a contradecirla. Ni las otras Madres ni los jóvenes que la rodeaban, para quienes Hebe era una iluminada. En definitiva, Hebe había encontrado un rol: el de gritar a voz en cuello lo que el gobierno no podía decir abiertamente. Al principio lo hizo por su cuenta, sin instrucciones impuestas, pero en la medida en que la llamaban para felicitarla en nombre del gobierno esa función tuvo un carácter cada vez más concreto. Cuando el gobierno tenía un enemigo, Hebe actuaba como una punta de lanza e iba al frente.

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