Lunes 1 de junio, 2020

OPINIóN | 26-10-2012 11:29

Tragicomedia de errores

Sin él. La Presidenta exhibe falta de gestión a dos años de la muerte de Kirchner. El Modelo cambió.

Si Néstor viviera, ¿sería cristinista? Es poco probable. Hombre astuto, de instintos pragmáticos, si aún estuviera entre nosotros el ex presidente se sentiría dolorosamente sorprendido por el espectáculo rarísimo que está brindando su esposa, ya que Cristina parece desbordada por una variedad de problemas imprevistos, algunos muy graves y otros meramente anecdóticos, que tienen su origen en su propia falta de interés en los molestos detalles administrativos. Por cierto, Néstor hubiera tratado de impedirle cometer la sarta de errores no forzados que la están convirtiendo en el hazmerreír de quienes nunca la han querido y que están privándola de la imagen positiva que le permitió triunfar por un margen absurdamente amplio en las elecciones presidenciales del año pasado.

Para alarma incluso de los críticos más cáusticos del “proyecto”, “modelo” o lo que fuera de Cristina, pocos días transcurren sin que se produzca un nuevo episodio inverosímil que sirve para llamar la atención a las deficiencias manifiestas de su forma autocrática, ensimismada, de gobernar el país. No bien se aplacó el revuelo que fue ocasionado por el impacto negativo de aquel enfrentamiento cruelmente revelador con los estudiantes de Harvard, tan distintos ellos de sus coetáneos de La Matanza, la Presidenta tuvo que vérselas con una rebelión protagonizada por gendarmes y prefectos naturalmente indignados por el recorte brutal de sueldos ya magros. Asimismo, el asunto de los billetes de Evita que serían repudiados por los cajeros automáticos y por muchos comerciantes, y el drama de la pesificación patriótica que quita a los asustados por la marcha nada promisoria de la economía la posibilidad de ahorrar en una moneda menos propensa a esfumarse que la nacional no han contribuido a estimular confianza en la eficacia del Gobierno.

Y para colmo de males, a Cristina le ha resultado imperativo tratar de encontrar un lugar en la epopeya oficialista para la saga humillante de la Fragata Libertad; lo hizo dando a entender que el buque insignia de la Armada que se ve retenido en un puerto africano está librando una batalla heroica contra los temibles fondos buitre, “los piratas del siglo XXI” según el canciller Héctor Timerman. El Gobierno procuró limitar el daño causado por este papelón mayúsculo sacrificando como chivos expiatorios a un par de almirantes y un comodoro, pero sus esfuerzos en tal sentido no le sirvieron para mucho.

A juzgar por las palabras que pronunció Cristina en su enésima arenga urbi et orbe por la cadena nacional, los buitres malditos “podrán quedarse con la Fragata” hasta fines de 2015, pero mientras ella ocupe la presidencia no les será dado quedarse con “la libertad, la soberanía y la dignidad de este país”. Puesto que el buque incautado por la Justicia ghanesa es en cierto modo un símbolo de los conceptos así enumerados, no es fácil saber lo que Cristina quería decirnos, pero puede comprenderse el desconcierto que siente por lo que ha sucedido. Como acaba de enterarse, el canje de Néstor no resultó suficiente como para ahuyentar a los buitres financieros que, lo mismo que sus homónimos aviarios –y ciertas abogadas exitosas que en la Santa Cruz de hace casi cuarenta años se especializaban en ejecutar deudores morosos–, cumplen una función útil en su propio ecosistema.

Además de los buitres piráticos que se resisten a darse por vencidos, Cristina heredó de su cónyuge fallecido otra bomba de tiempo, la supuesta por el INDEC transformado en una usina de información falsa, que no se animaría a desarmar y que por lo tanto no le dejaría más alternativa que la de entregarse al voluntarismo que no tardaría en ser la característica más notable, y más preocupante, de su gestión. Para Cristina y sus acompañantes, comprometidos como están con una versión ficticia de la economía nacional, todo ha de subordinarse a la propaganda, a un esfuerzo quijotesco cada vez más frenético por convencer al resto del mundo de que ellos sí tienen razón y que los demás se han equivocado por completo. No es necesario ser un profeta para prever el desenlace del extraño psicodrama en el que el país se ve atrapado. Tal y como están las cosas, todo hace pensar que nos aguarda una etapa sumamente agitada al chocar repetidamente el “proyecto” de la Presidenta contra la realidad.

Merced al “efecto luto”, la muerte prematura de Néstor ayudó políticamente a Cristina al brindar a sectores muy amplios de la población pretextos para reconciliarse con ella y para atribuir las asperezas de la fase inicial de su gestión a la influencia supuestamente negativa de su consorte, pero la voluntad mayoritaria de darle el beneficio de todas las dudas concebibles terminaría perjudicándola. Desde aquel día fatídico, Cristina no ha contado con asesores que sean a un tiempo capaces y confiables, personas conscientes de la existencia de ciertos límites que le convendría respetar. Desgraciadamente para ella, los integrantes de su círculo áulico minimalista que está conformado por familiares, comprovincianos santacruceños, oportunistas e ideólogos jóvenes improvisados que, según parece, fantasean con una especie de revolución lumpen, no están en condiciones de reemplazar las instituciones grises que, en países mejor organizados, sirven para impedir que el mandatario de turno se aleje mucho de los demás.

En otras circunstancias, Cristina pudo haber sido una presidenta muy buena, pero en las imperantes en la Argentina aún traumatizada por el colapso no sólo socioeconómico sino también político que siguió al desplome de la convertibilidad, le resultó demasiado fácil caer en la tentación de tratar de aprovechar el estado ya lamentable de las instituciones.

Las consecuencias de la decisión miope, compartida plenamente por su marido, de privilegiar la confrontación por encima del diálogo están a la vista. Se ha desprestigiado todavía más el Congreso que se ve dominado por mediocridades locuaces que aprueban a libro cerrado todas las iniciativas de la Presidenta, las provincias tambalean al borde de la bancarrota, saboteadores cristinistas, personajes como el vicegobernador bonaerense Gabriel Mariotto, están procurando desensillar a sus jefes nominales sin preocuparse en absoluto por los problemas que están provocando, y, huelga decirlo, operadores del Poder Ejecutivo se han propuesto dinamitar lo que aún queda de la autonomía del Poder Judicial, de ahí el contraataque vehemente que hace algunos días ensayó el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, que se sintió constreñido a advertir que “los jueces no cederemos a ninguna presión”.

Como ya sucede con cierta frecuencia cuando de referirse a la estrategia gubernamental se trata, Lorenzetti aludió a la experiencia de la Alemania de Adolf Hitler. Por fortuna, no existe posibilidad alguna de que se reediten aquí las atrocidades tan terribles como las provocadas por la ambición desmedida del Führer nazi, pero el mero hecho de que, a juicio de un jurista tan equilibrado como Lorenzetti, sea legítimo recordarnos que el desprecio en aquel entonces de la mayoría de los alemanes por los derechos constitucionales de las minorías “llevó a una catástrofe”, razón por la que sería mejor que el Gobierno asumiera una postura menos belicosa, nos dice mucho acerca del clima bochornoso que se está difundiendo por el país.

La gran obsesión de Cristina y sus dependientes es, cuándo no, la guerra que están librando contra el Grupo Clarín. Aun más que los militantes de otros gobiernos, como el del presidente Raúl Alfonsín, que se quejaban con amargura de la presunta hostilidad de los diarios, los kirchneristas se las han ingeniado para convencerse de que las dificultades que enfrentan no se deben a una gestión defectuosa sino a un problema de comunicación, que si el mundillo de los medios fuera más “democrático”, es decir, más oficialista, todos, con la eventual excepción de aquel titiritero magistral, el contador público Héctor Magnetto, un genio maléfico que trabaja día y noche para hacer fracasar la transformación del país en un paraíso terrenal, se sumarían al coro de aduladores que asisten a los actos públicos protagonizados por la Presidenta, con el resultado de que en adelante todo marcharía maravillosamente bien.

La teoría así resumida es ridícula, claro está, pero también es muy peligrosa. Aun cuando el Gobierno consiguiera crear un imperio periodístico imponente en base al dinero aportado por los contribuyentes, además de hambrear a la prensa no oficialista, emulando así al caudillo venezolano Hugo Chávez, lo único que lograría sería cegarse a sí mismo.

La superioridad evidente de la democracia pluralista sobre todos los demás esquemas se debe precisamente a la multiplicidad de fuentes de información que la caracteriza y que, entre otras cosas, impide que los gobernantes persistan demasiado tiempo en el error. La negativa de la Presidenta y sus acólitos a prestar atención a las voces disidentes está en la raíz de buena parte de los problemas económicos, sociales y políticos que continuarán acumulándose hasta alcanzar una masa crítica que les resultará inmanejable. Muchos funcionarios son conscientes de que es así, pero no lo dicen en público por temor a la reacción previsiblemente airada de Cristina.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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