martes, octubre 22, 2019

CULTURA | 28-02-2019 16:42

Literatura e historia: el enigma de Mengele

Una novela del francés Olivier Guez se propone indagar en el mito del nazi que se refugió treinta años en Sudamérica. La banalidad de un criminal.

Se convenció a sí mismo de que era el guardián de la pureza de la raza y el alquimista del hombre nuevo. No tenía dudas, después de la guerra le esperaba el reconocimiento del Reich victorioso. Sin embargo, tras la derrota de Alemania, Josef Mengele huyó de Auschwitz como una rata. Se escondió en sótanos y granjas, cortó heno y seleccionó papas durante tres años en Baviera hasta que llegó a Génova y consiguió la documentación falsa con la que el 22 de junio de 1949 pisó el puerto de Buenos Aires. Su intención no era justamente poner los pies en el suelo, más bien quería evitar la aduana haciendo un transbordo a una lancha que había pagado por adelantado. Pero al llegar no había embarcación que lo esperara.

Tuvo que hacer la fila y entregar el documento de viaje de la Cruz Roja Internacional. Certificaba que era Helmut Gregor, ciudadano alemán de nacionalidad italiana y mecánico de profesión. Además de su valija, traía un maletín. Cuando el empleado de la aduana lo revisó, no entendió: muestras de sangre, cuadernos de anotaciones, dibujos anatómicos e instrumental quirúrgico. ¿Para qué necesitaba eso un mecánico? Era la evidencia del pasado de Mengele, el que con un solo gesto había condenado a miles de víctimas a la cámara de gas. Zafó de la requisa casi por casualidad, aunque los malos augurios continuaron: estaba convencido de que en Buenos Aires empezaría un nuevo capítulo de su existencia, pero terminó compartiendo taxi y habitación sin baño con dos calabreses “roñosos”.

“La desaparición de Josef Mengele” (Tusquets), la novela del periodista y escritor francés Olivier Guez, da cuenta del derrotero por Sudamérica de aquel criminal de lesa humanidad y desentraña el modo en el que vivió treinta años huyendo de quien había sido.

Novelar la historia. Olivier Guez acaba de pasar por la Argentina en el marco de La Noche de las Ideas, el evento mundial impulsado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia. En diálogo con NOTICIAS, explica que su principal objetivo fue relatar cómo un ser humano sin cualidades extraordinarias pudo practicar el mal con tanta facilidad. “Mi intención no fue humanizarlo sino contar la trayectoria del criminal después de haber matado. Se suele hablar de los grandes criminales como si fueran monstruos, extraterrestres o psicópatas, pero en realidad así nunca podríamos entenderlos, ellos son iguales que nosotros”, afirma Guez.

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Al encuadrarse dentro de la novela, pero tratarse de la vida de uno de los emblemas del nazismo, cuánto es ficción y cuánto está documentado en este libro, distinguido con el Premio Renaudot de Novela 2017. “Hay muy pocos elementos de ficción pero hay un trabajo de puesta en escena literaria. Es imposible conocer toda la vida cotidiana de Mengele durante treinta años”. Dice que no se propuso descubrir algo nuevo acerca de la historia y que sin embargo conoció al mejor amigo de uno de los hijos de los granjeros húngaros con los que el médico vivió durante años en Brasil. “Este hombre, en aquel momento adolescente, iba a jugar todos los sábados a casa de los húngaros y saludaba al supuesto tío Pepe. Él me dio muchos detalles, sobre todo de la mujer de la familia”.

Un país sin pasado. Cuando Mengele llegó a la Argentina, todavía no había cumplido cuarenta años. Su idea era resguardarse mientras Europa se reacomodaba. Había visto de cerca la potencia y popularidad de Hitler y no podía imaginar que Alemania fuera a cambiar de un momento a otro. Había que ver si funcionarían las democracias o si la URSS se apoderaría del viejo continente, el mapa estaba vacilando. Su vida también. Con un doctorado en Antropología y otro en Medicina, su primer trabajo en el país fue de carpintero.

Guez sostiene que la Argentina de Perón recibió a tres tipos de nazis: los técnicos y profesionales a quienes Perón fue a buscar; los peces gordos responsables a nivel ideológico de la toma de decisiones, como Adolf Eichmann; y los grandes criminales que en la jerarquía nazi no eran nadie, como Mengele. “Perón tiene una visión geopolítica muy clara, Estados Unidos y la Unión Soviética se van a destruir, se va a generar una guerra nuclear y van a desaparecer del mapa; la nueva gran potencia, muy alejada de ambas, es Argentina, entonces invita a venir a esa primera categoría de profesionales. Existe una afinidad ideológica de Perón con Mussolini, y parte de su equipo era pro nazi. Fue una política de la época, pudieron ingresar con documentación falsa y eso ya era una especie de amnistía en el marco de la guerra fría, en un momento en el cual la iglesia tenía mucho poder y todos entraban en lucha en contra del comunismo”, así explica Guez su lectura de la relación de Perón con el fascismo.

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Cárcel a cielo abierto. Es cierto que el Mossad nunca pudo con Mengele. También que el llamado “ángel de la muerte” jamás tuvo que afrontar un tribunal. Pero si él supuso que iba a pasar a la historia por algún descubrimiento en la ciencia, tuvo que masticar durante sus últimas tres décadas la frustración de no ser científico ni médico. Por eso, los primeros años en la Argentina, Mengele escondió como su mayor tesoro aquel maletín que le revisaron en la aduana. Era su identidad, su vida anterior y lo que él quería  a futuro, porque tenía la fantasía de ejercer su profesión y hasta de dar cátedra en la universidad. Pero también representaba la punta del ovillo de los tiempos en que les inyectaba cloroformo en el corazón a gemelos para que murieran al unísono y después los diseccionaba para comparar sus órganos, el que cultivaba bacterias alimentándolas con carne humana; en definitiva, el que envió a 400 mil personas a las cámaras de gas.

Estuvo casi una década viviendo en la Argentina y con el paso de los años fue haciéndose parte del cosmos germano argentino y aflojando la guardia. En septiembre de 1956, regularizó impunemente su identidad y entregó sus huellas digitales a la policía porteña. Su tarjeta de residencia, N° 3.940.484, lo reconoce como Josef Mengele. Si se animó a tanto fue porque las aguas parecían calmas y esa era la única forma de casarse (con la viuda de su hermano, al que detestaba) y de conseguir más financiación para la empresa familiar que él manejaba en la región. Se fue de luna de miel al hotel Llao Llao, en Bariloche donde, fondue mediante, se encontró con muchos otros nazis y brindó con ellos por los buenos tiempos. De vuelta en Buenos Aires, quedó contra las cuerdas, no por sus crímenes en el campo de concentración sino por el fallecimiento de una chica de 14 años, hija de un gran industrial, después de un aborto clandestino. El médico que había efectuado el procedimiento fue detenido y éste denunció a su vez a toda una red de aborteros entre los que estaba Mengele. Pasó de tortolito romántico a estar preso en una celda de mala muerte. Tres días después, selló un arreglo con la policía: una gran cantidad de dólares a cambio de su libertad y del encajonamiento del expediente.

Pero ese episodio y el aviso de que un periodista de una ciudad vecina a su Günzburg natal denunciaba que el padre de Mengele decía que su hijo se escondía en Sudamérica; más una orden de detención que cayó sobre su cabeza en febrero de 1959, lo llevaron a escaparse definitivamente a Paraguay. En mayo del ´60, el Mossad capturó a Eichmann en la Argentina y lo subió a un vuelo directo a Tel Aviv. El próximo objetivo era Josef Mengele, por eso, en septiembre de ese año ya no se sintió seguro y se fugó a Brasil, donde terminó ahogándose en febrero de 1979, exactamente cuatro meses y medio antes de que se cumplieran 30 años de su llegada al puerto porteño.

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Que Mengele haya pasado a la historia como el asesino al que nadie pudo capturar, dice Guez, es en parte gracias a Simon Wiesenthal, quien además de haber colaborado en localizar a numerosos nazis y haber ayudado a la supresión de la prescripción de aquellos crímenes, fue un gran narrador que hilvanó improbables historias sobre Mengele. “Creo que estamos entrando en una nueva fase en la cual ya no quedan testigos de aquel período, entonces la pregunta es cómo transmitir esa historia. Por un lado está el trabajo de los historiadores, pero en realidad no se lee mucho a los historiadores. En esta nueva configuración, la literatura desempeña un rol muy importante, no solo para preservar la memoria sino sobre todo para ponernos sobre aviso”, concluye Guez.

por Valeria García Testa

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