La noche del 16 de junio de 2017, cuando todavía era una promesa del trap latino y no el artista más escuchado del planeta, Bad Bunny escribió uno de esos capítulos que hoy suenan a mito urbano. Subió al escenario de Pinar de Rocha, el histórico boliche de Villa Sarmiento, frente a unas seis mil personas que empezaban a familiarizarse con un género que aún no dominaba la conversación cultural argentina. No había estadios, no había producción cinematográfica ni narrativa conceptual. Había micrófono, pista y una energía cruda que anticipaba algo distinto.
Aquella presentación formó parte de la fiesta “Dreamland”, un formato de eventos masivos que mezclaba DJs, música urbana y una audiencia joven que encontraba en el trap un lenguaje propio. En ese contexto, temas como “Soy peor”, “Diles” y “Tú no metes cabra” sonaron sin filtros ni coreografías milimétricas. Era el Bad Bunny previo al fenómeno global, el artista que todavía se movía en circuitos de clubes y teatros, con presentaciones que hoy podrían definirse como “shows B”: escenarios secundarios, producción austera, pero intensidad máxima.
La gira de ese año también lo llevó por espacios como Jesse James en Isidro Casanova y el Teatro Colonial de Avellaneda. Lugares que, dentro del mapa del espectáculo argentino, estaban lejos del mainstream. No eran el Luna Park ni el Movistar Arena, mucho menos un estadio de fútbol. Eran escenarios híbridos entre boliche y recital, donde la cercanía con el público era total. Allí el trap latino empezaba a consolidarse como fenómeno juvenil, de la mano de artistas que aún no habían cruzado definitivamente al circuito corporativo.
Lo interesante, mirado en perspectiva, es cómo esos shows pre-masivos funcionaron como laboratorio cultural. En 2017 el trap latino todavía competía con el reggaetón clásico y con el pop urbano que dominaba la radio. Spotify recién empezaba a reflejar el crecimiento exponencial del género en Argentina. Bad Bunny era una figura fuerte en plataformas digitales, pero no había ganado todavía Grammy, ni encabezado festivales internacionales, ni vendido estadios en cuestión de horas. Su irrupción global vendría después, con discos como “X 100PRE” y colaboraciones que lo posicionaron en el centro de la industria.
En Argentina, ese período coincidía con el auge local del trap, con figuras como Duki, YSY A o Neo Pistea emergiendo desde el under hacia el centro. El público que fue a verlo en Pinar de Rocha no asistía a una estrella consagrada: presenciaba el nacimiento de una nueva era sonora. Por eso esos shows hoy adquieren un valor simbólico. Son la postal de un momento previo a la profesionalización total, cuando el fenómeno todavía era orgánico y callejero.
La paradoja es evidente: el mismo artista que en 2017 cantaba en boliches del conurbano hoy agota estadios en minutos y lidera rankings globales durante años consecutivos. Aquellos “shows B” no fueron un detalle menor en su carrera; fueron la base sobre la que se construyó su vínculo con América Latina. Allí se consolidó la mística de cercanía que todavía sostiene su relato artístico.
En la industria musical, los grandes fenómenos suelen reescribirse a partir de sus cumbres. Pero las raíces cuentan tanto como los récords. Y en el caso de Bad Bunny, esas raíces también pasan por Villa Sarmiento, Isidro Casanova y Avellaneda. Antes del sold out global, hubo noches de boliche, luces estroboscópicas y un público que intuía, quizás sin saberlo, que estaba viendo el inicio de algo enorme.
por R.N.














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