Buenos Aires ya no se recorre sola, sino que se camina con correa. En los últimos años, la ciudad se consolidó como capital pet friendly por excelencia, donde perros y gatos dejaron de ser compañía doméstica para convertirse en protagonistas de la vida urbana. Viajan en transporte público, entran a shoppings, descansan bajo las mesas de los bares y hasta celebran sus cumpleaños con torta incluida. El fenómeno no es una moda pasajera sino la expresión visible de un cambio cultural profundo que también dinamiza una industria millonaria y relega, nada más y nada menos que a la paternidad.
Las cifras explican la magnitud. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hay casi 500 mil perros y más de 360.000 gatos. En total, las mascotas superan ampliamente a los 450 mil chicos menores de 10 años relevados por la Dirección General de Estadísticas y Censos. Hay casi dos mascotas por cada menor. El dato no es solo estadístico, confirma una transformación demográfica y simbólica. En CABA hay más perros que niños pequeños.
Esta nueva cartografía afectiva se traduce en políticas concretas. Perros y gatos pueden viajar en subte y colectivos los sábados desde las 13 y los domingos y feriados durante todo el día, siempre dentro de transportadoras cerradas, con ventilación adecuada y peso permitido, y con libreta sanitaria al día. También se habilitó su traslado en trenes y micros de larga distancia, bajo requisitos similares como certificado veterinario, vacunas vigentes y condiciones que garanticen seguridad e higiene. La escena se volvió habitual, mochilas transportadoras en andenes, bolsos ventilados en los asientos, pasajeros que consultan antes de abordar si el coche admite animales. Lo que hace pocos años parecía excepcional, hoy integra la rutina urbana.
La gastronomía también tomó nota del cambio cultural. Miles de restaurantes cuentan con el sello oficial “Amigo de las Mascotas”. En barrios como Palermo, Caballito o San Telmo, los exteriores de bares y cafeterías ya prevén bebederos y recipientes con agua fresca. Mirtha Café, Hacienda Coffee Company y el tradicional Bar Roma se suman a la tendencia y reciben a clientes con sus perros en mesas al aire libre, ofreciendo atención específica y espacios cómodos. En Rubi Café, en Pedro Goyena 140, el fenómeno escala un peldaño más, ya que allí se organizan cumpleaños caninos con decoración temática, tortas aptas para mascotas y encuentros con otros “compañeros perrunos”. Quien visite el espacio, verá perros con gorros festivos, dueños que fotografían la escena y una celebración que replica códigos de la infancia humana.
El turismo también acompaña. El Hotel Madero implementa desde hace cinco años un programa especial en habitaciones adaptadas con cucha, comedero y bebedero. La cadena NH Collection y NH Hotels admite mascotas en sus nueve establecimientos porteños. En el Sheraton Buenos Aires Greenville Polo & Resort reciben perros con libreta sanitaria al día y promueven las llamadas “pet staycations”, escapadas de cercanía con animales. Incluso hoteles cinco estrellas incorporaron protocolos específicos y amenities pensadas para ellos. Viajar con mascota dejó de ser una rareza para convertirse en servicio diferencial.
Industria
Detrás de la integración urbana se despliega a su vez, un mercado en plena expansión. Según la Cámara Argentina de Empresas de Nutrición Animal, la producción ronda las 730 mil toneladas anuales, con una facturación estimada en 1100 millones de dólares en el mercado interno y más de 110 millones en exportaciones. Este año se produjeron más de 800 mil toneladas de alimento balanceado en el país. El segmento de gatos creció alrededor de un 25% en cinco años, impulsado por la vida en departamentos y hogares unipersonales, que en CABA representan el 39,1%.
El negocio pet shop mutó en sofisticación. Ya no se trata solo de bolsas de alimento y correas. Hay líneas premium, snacks funcionales, suplementos, ropa de diseño, cochecitos, perfumes hipoalergénicos, camas antiestrés, alfombras sanitarias, fuentes automáticas de agua y hasta pasto sintético para balcones. La humanización del vínculo empuja el consumo.
En pleno corazón de Boedo, Carla Latorraca, al frente de Reina Mía, confirma el pulso cotidiano. “En el último tiempo se volvieron furor unas fuentes de acero inoxidable de tres litros, que reciclan el agua y fomentan que las mascotas beban. Cuestan entre 80 y 150 mil pesos y si bien tiene un costo elevado, son los productos de lujo del momento”, explica. También lideran las ventas peluches reforzados con forma de osos, conejos o leones y sogas con nudos para juegos. “Hay una variedad de comida como nunca antes. Los dueños saben exactamente qué les hace bien y qué no. Ahora vienen con sus mascotas y lo que el perro mira o le llama la atención, se lo llevan. En la última Navidad fue impresionante la cantidad de regalos envueltos para ellos”, describe. La escena revela un cambio cultural, la compra ya no es funcional sino emocional.
Nuevas formas
El lenguaje acompaña la mutación. Se habla de “tutores” en lugar de dueños. Los perros son “perrhijos”; los gatos, “michis”. Se celebran aniversarios de adopción y encuentros masivos como la reunión récord de golden retrievers en Palermo. Las jornadas de adopción en Parque Centenario superaron las cien ediciones y miles de animales encontraron hogar.
Especialistas vinculan el fenómeno con transformaciones generacionales. Las parejas DINK (“double income, no kids”, en español “doble ingreso sin hijos”) priorizan independencia económica y proyectos personales. La natalidad desciende, la longevidad aumenta y crecen los hogares unipersonales. En ese contexto, las mascotas ocupan un lugar central de compañía y afecto. Estudios internacionales señalan que más de la mitad de las personas prefiere pasar tiempo con su mascota cuando se siente estresada antes que con su pareja o amigos.
Con 80 caniles distribuidos en plazas y parques, 240 veterinarias registradas y miles de locales gastronómicos adaptados, Buenos Aires institucionalizó esa convivencia. La ciudad late al ritmo de patas que trotan sobre baldosas, narices apoyadas en ventanales y mochilas transportadoras que viajan de un lado al otro. En la capital argentina, el amor encontró nuevas formas, nuevos nombres y un entramado económico que no deja de crecer. Todo indica que la tendencia, lejos de tocar techo, recién empieza a redefinir la manera en que los porteños habitan su ciudad.














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