Viernes 27 de mayo, 2022

SOCIEDAD | 01-05-2020 00:44

Relato de un varado por la cuarentena

Crónica en primera persona del crítico de cine de NOTICIAS, que estuvo 40 días atrapado en Villa Gesell por el aislamiento.

El pasado 15 de marzo nos tomamos vacaciones por diez días. O, al menos, creímos que sería así. Tenemos la suerte de que, cada tanto, nos prestan el departamento de un familiar por allí fuera de temporada: es un dos ambientes cómodo con un jardín detrás y parrilla (que, debo admitir, no tengo la menor idea de cómo usar). Ideal para ese tiempo que teníamos planeado. Yo volvía antes, el 25, por razones laborales; mi mujer, con nuestro hijo Andrés, de tres y medio, el 29. Como adivinarán rápidamente, la cuarentena se interpuso y los diez días se transformaron en casi cuarenta.

Cuando se anunció que habría medidas, cerraron inmediatamente locales y playas. Andrés alcanzó a jugar un día en la arena y nosotros, a recorrer una tarde el centro y tomar un último café expreso. Al día siguiente, por la mañana, fuimos a hacer castillos de arena: duramos diez minutos hasta que un bañero, de pésimos modales, nos echó ante el llanto de Andrés. Salvo que uno mirase el canal de Villa Gesell, imposible saberlo. No quise responderle a la altanería cuando nos gritó “¡Esto no son vacaciones!”. Porque, de hecho, sí eran mis vacaciones y las de Andrés y las de mi mujer. Como siempre, cuando a una persona pequeñísima se le da poder de policía, se infla (no se agranda, por cierto).

Se declaró algo así como un toque de queda a partir de las 19. Algunos negocios, de un día para el otro, exigieron barbijo para entrar a comprar y los no nativos, en otros, éramos vistos como peligrosos agentes del enemigo invisible. Por suerte esto era la excepción. Lo interesante del caso es que Villa Gesell no tuvo un solo caso, al menos mientras estuvimos. El toque de queda a las 19 duró poco: dos días más tarde, pasó a las 15, con sirena y obligación de todo el mundo de estar 15.30 adentro. El jardincito del departamento ayudó bastante a sostener la cordura ante el despropósito.

Cuando las vacaciones terminaron, pudimos trabajar gracias a una Internet prestada. Pero no podíamos volver porque, claro, nadie previó que no todos los millonarios que nos tomamos diez días de vacaciones en departamento prestado en Villa Gesell tenemos auto; algunos dependemos del micro. Y los micros no circulan. La angustia de tener la casa lejos, padres de más de ochenta (en mi caso, también, abuela de 94) encerrados y el hijo mayor de mi pareja cuidando como podía la casa sin poder salir, no ayudó a que la pasáramos demasiado bien. Ah, y la playa ahí nomás, a doscientos metros pero –alguien que me explique racionalmente tal medida– inaccesible.

Estuvimos infinitamente mejor que los miles de personas varadas todavía en todo el país porque nadie pensó en el trabajador que buscó un puesto en otra provincia, el hijo que fue a ayudar un padre enfermo, el paciente que tuvo que viajar por un tratamiento, el turista diabético o alérgico al que se le acaba la medicación, o el jubilado que se pudo tomar cinco días en una terma.

Hace dos semanas, cuando la extensión era hasta el 26 de abril, publiqué cómo estábamos en Twitter. Hubo literalmente cientos de personas ayudando, incluso la propia intendencia de Villa Gesell. Un día más tarde, apareció el certificado de autorización por 96 horas (que colapsó enseguida) y conseguimos un remise autorizado para volver, esfuerzo económico mediante. La ruta estuvo vacía y, al llegar a CABA, cuando nos aprestábamos a mostrar todo lo necesario, un repartidor se metió sin querer y a contramano por la autopista y todos los policías comenzaron a gritarle. A nosotros nos decían solo “siga, siga”. En fin, el azar le devolvió lógica y cordura a la circulación garantizada en el art. 14 de la CNA.

Quizás que yo fuera periodista y se viralizara el hilo ayudó –mi ego me hace pensar eso, pero vaya uno a saber– a que (solo) algunos pudieran volver. Lo nuestro fue angustioso pero para nada desesperado. Hay situaciones desesperadas. Y mucha gente que no tiene ni de lejos nuestra suerte de no pagar alojamiento. ¿Cuarentena? Sí, pero en la propia casa. Me cuesta creer que un principio tan básico deba ser explicado.

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Leonardo D'Espósito

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