Wednesday 24 de April, 2024

SOCIEDAD | 29-06-2023 06:02

Una intrusa en el clan Sena: la trama detrás de femicidio de Cecilia Strzyzowski

Crónica íntima sobre el caso que convulsionó a Chaco y al país. Quién era la joven que dividió a una familia del poder. Las pistas.

"A trabajar hermano. Después nos ayudarán los  caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios" (Jorge Luis Borges, La intrusa).

A las 9 y 16 de la mañana del 2 de junio -hace más de 20 días- Cecilia Strzyzowski entró con su valija a la casa de  la familia Sena: Santa María de Oro 1460. Su imagen fue captada por una cámara de seguridad. Nunca volvió a salir de esa casa. 

Esa mañana la acompañaba su pareja, César Sena, diez años menor que ella. Se habían conocido durante la pandemia. La aplicación Tinder los había unido. Poco sabían el uno del otro. Es posible que el apellido Sena no le hubiera sido ajeno a la chica. ¿Y a César, el de Cecilia? Nada que le constara. Ni le importara. El chico -hasta ese momento- sólo tenía ojos edípicos para su madre, Marcela Acuña, mujer de Emerenciano Sena

Hombre de machete rápido, dirigente piquetero de fama y recursos sospechados y  fundador de un barrio temible, que lleva su nombre. A su manera, al estilo de Frank Sinatra, pero con marcado acento chaqueño, Sena levantó un country -un tanto bizarro- para piqueteros. Casas uniformadas para todos, escuelas, de educación “a la que te criaste”. Ningún título que acreditara rango profesional. Salvo un sello y su propia firma. En el barrio, la gente no se quejaba. Obedecía al toque con una mirada del patrón. A semejante jefe y caudillo, como lo bautizó su mujer en el libro “Emerenciano, caudillo del Norte”, prologado por el gobernador Jorge Capitanich, más que respetarlo, se le temía siempre. 

César Sena y Cecilia

César

Volvemos a César , 19 años de vida en el universo de papá y mamá, sonrisa dulce y timidez apenas disimulada tras anteojos grandes. “Mamengo”, que pide, sin decir, un amor como el de mamá Marcela en una linda chica sexy. Que también usa lentes, como él. Y tiene una boquita preciosa. En  octubre de 2021, a escondidas de su madre, el hijo único protegido, amado y “entrenado” en el Movimiento Organizado Piquetero de los Sena -no así en el del amor con sexo- empieza un desenfrenado romance con Cecilia, de mayor experiencia en las lides del lecho por una lógica cuestión de edad. Al año siguiente, en 2022, pasan por el registro civil. Enamorados. Cecilia usó un vestido rosa de hilo que le tejió su mamá.

Cecilia

Su madre, Gloria, la recuerda como una chica amorosa, de gran simpatía y empatía con y hacia todos. Era una “loquita linda”, así la nombra: la voz en un mix de bronca y llanto. Le gustaba hacer Reiki, tenía aptitudes sanadoras. Hasta con las plantas. Si la notaba caída, por caso, a alguna de su mamá o de su tía abuela Mercedes, enseguida la reanimaba. Sólo tocarla y un riego suave. Reanimar cuerpos sensibles a sus manos. Escuchar música, bailar, soñar con viajar.   

A Cecilia no sólo le gustaba bailar. Al título de Técnica en Informática  sumaba el de chef.  “Ella misma hacía chipá, armaba las medialunas con jamón y queso, los tostados que vendían en el bar El Gato Negro”, cuenta su tía abuela Mercedes. Fue ella, de 82 años y coraje, quien dio amparo a la parejita cuando la suegra Marcela desbarató el casamiento con una velocidad feroz. El divorcio salió al poco tiempo de casados. Se borraron los rastros del “error legal”. “Pero ellos nunca dejaron de verse”, recuerda la tía Mercedes. “Vivían aquí, en esta piecita. En esta mesita de luz César dejaba el arma”.

La señora habla bien claro: con auténtica espontaneidad chaqueña: “Aquí nunca puso un peso, traía todo lo que le pedía Ceci, con plata que ella le daba”. Plata de su trabajo en el bar, antes de que cerraran.  Aparte, ellos daban clase en una de las escuelas de la Organización. ¿Y por qué cerraron el bar? “Es que les iba muy bien.  Pero un día César le dijo que por la facturación ya podían empezar a lavar plata. Y ahí saltó la Cecilia. Que ella ni loca se metía en ese lío. No quería terminar presa. Aquí quedó guardada la máquina del bar, que registraba las ventas. Y una moto, de César”, agrega Mercedes, mientras muestra la ropa que  atesora de su querida Ceci. “A ella le encantaba el color rosa. Se puso un bucito de ese color para viajar…Tiene que haber un castigo para ese desgraciado. Le traía bombones y flores. Todo el tiempo besitos. Y de la mano. Para mí ése es como si fuese el mejor actor de Hollywood. ¡Ay, mi Dios! ¡No se puede mentir tanto!”

La noche del 1 de junio la pareja salió de la casa de la abuela del corazón de Cecilia. La fue a buscar César. Al día siguiente partían para Ushuaia. Iban a  viajar por Corrientes, en avión. Ella estaba con mucha ilusión por el viaje. En el Sur la esperaba un buen trabajo: personal estatal de planta y casa amueblada. Eso sí: tenía mucho miedo de viajar en avión porque temía ser “desintegrada”. “Y sí… así me dijo”, cuenta Mercedes. “Qué cosa, ¿no? Ni que supiera, como una premonición, que iba a terminar hecha puros pedacitos… Como el pan cuando se hace curubica”.

Mañana del 2 de junio, 9.16 hs. La imagen de Cecilia -la que tomó la cámara de seguridad- en el instante en que entra a la casa de los Sena, Santa María de Oro 1460, no logra transmitir sus emociones. Venía de pasar una noche de amor con César en un motel del centro de la ciudad. Todavía sentía la piel de su chico. Los besos. El hueco donde acomodó la cabeza para dormir abrazada a él.

Envuelta en esa ensoñación y en la alegría del viaje a Tierra del Fuego, le resultaba difícil reprimir el entusiasmo. Sólo pensaba en la nueva vida que le habían prometido. En unas horas subiría a un avión. Entró a la casa de sus suegros, a quienes poco veía: no la querían, no toleraban su presencia. Cecilia tenía ahora la seguridad de que pronto Resistencia se convertiría en un lugar lejano. El lugar donde había nacido. Donde quedaban sus afectos entrañables. Pero lejos de quienes la despreciaban a ella. A ella, a quien le quedaba tanto por vivir. Tanto.

Gloria 

La madre de Cecilia hizo la denuncia de la desaparición de su hija  dos días después de que ella no respondiera a sus mensajes y llamados al celular. Alguien escribía en su lugar. Respuestas que no cerraban por ningún lado. Mentiras muy obvias. “Cecilia no puede atender porque se está bañando”. O “se le rompió el celular”. Ese alguien ya sabía, claro, que Cecilia estaba muerta. Cuando Gloria hizo la denuncia, un policía le prometió que iban a buscarla. Dos hombres de civil fueron a su casa y le dijeron que a su hija le había pasado algo muy grave. Y en una reunión después, en Casa de Gobierno, le aseguraron que harían lo posible por “encontrar el cuerpo”. La sospecha del horror que le habían sugerido empezó a habitarla. La alertas de que su hija ya no estaba viva se encendieron. Entonces recordó algo que una vez Cecilia le comentó a la tía abuela Mercedes. Una respuesta aterradora salida de los labios de César ante una broma de su novia.

-¿Y si un día me voy con toda nuestra plata? -le había dicho Ceci, entre risas.

-¿Ah, sí? Eso no va a ocurrir nunca. Te mando dos monos y te tiran a los chanchos. Listo -la cortó en seco el hijo de Emerenciano Sena

Así nomás. Sin vueltas. Era frecuente que el Caudillo del Norte, ungido por Marcela Acuña, su mujer, y bendecido por “Coqui” Capitanich, transmitiera a quien quisiera escucharlo su convicción sobre crímenes y castigos. “Si no hay cuerpo, no hay delito”, solía decir blandiendo el cuchillo mientras fabricaba chorizos. Tradición fáctica -por cierto- de diversos crímenes macabros, algunos ocurridos en provincias del Norte argentino signadas por la impunidad de sus gobernantes. Una definición que -sin embargo- en varios casos la jurisprudencia argentina se encargó de rebatir. Y acuñar. 

La detención del clan Sena. La denuncia de Gloria, madre de Cecilia (a quien le tomaron una sola vez declaración) no cayó en saco roto. Como un reguero de pólvora activó los mecanismos de una Justicia que no suele ser rápida. El letargo conocido de la burocracia se despertó con el sonido fulminante  de un latigazo. Acaso porque Emerenciano Sena, su mujer Marcela Acuña y dos de sus asistentes más cercanos figuraban en primer plano junto a Capitanich en las boletas electorales de las PASO.

Anuladas por el Tribunal Electoral de manera urgente, a pedido de su partido. Lo cierto es que de inmediato los implicados en el delito fueron llevados a la Comisaría tercera de Resistencia, padre, hijo y sus laderos. La madre quedó detenida en la oficina de Violencia de Género donde no se hallaba a gusto. Rápidamente inició una huelga de hambre.

El caso Cecilia comenzó a ocupar los titulares de los medios locales y nacionales. El principal sospechoso del crimen, y a quien se acusó de femicidio, resultó ser -prima facie- César Sena, quien el día 4 de junio, ya desaparecida Cecilia, y ahora sabemos que muerta, se mostró en un acto de campaña junto a su madre Marcela Acuña. En el cuello resaltaban rasguños profundos. Llamativos. Él los adjudicó a una práctica del deporte marcial que le apasiona. 

En total fueron siete los acusados por el crimen. Y esta fue la información de orden judicial que se publicó en los medios. César Sena, esposo de la víctima: acusado de homicidio triplemente agravado por el vínculo, por el concurso premeditado de dos o más personas y por haberse realizado en un contexto de violencia de género (femicidio) en calidad de co-autor. Marcela Acuña y Emerenciano Sena, suegros de la víctima: acusados de homicidio agravado por el concurso premeditado de dos o más personas en calidad de co-autor. Gustavo Melgarejo, casero del campo de la familia Sena: acusado de homicidio agravado en calidad de partícipe secundario. Griselda Reinoso, pareja del casero: acusada de homicidio agravado en calidad de partícipe secundario. Fabiana González, asistente personal del matrimonio Sena: acusada de homicidio agravado en calidad de partícipe necesario. Gustavo Obregón, pareja de la asistente: acusado de homicidio agravado por el concurso premeditado de dos o más personas en calidad de partícipe secundario. 

Las Marchas de Gloria. En busca de encontrar la verdad y la justicia, la imagen de la madre de Cecilia seguida por miles de personas alumbró el manso atardecer de Resistencia. Caminaron alrededor de la céntrica plaza 25 de mayo. Nunca se vio en el Chaco una marcha similar. Gloria, sostenida en el dolor, pero también en una bronca contenida -y no tanto, de a ratos-, mostró ser una mujer guapa. Muy guapa.

Daba la impresión de estar por momentos en una suerte de levitación de energía y amor. Como si Cecilia le estuviera diciendo al oído: “Seguí mamá. No aflojes”. Y en esta guerrera podía adivinarse el fantasma de otra madre mítica, Ada, la mamá de María Soledad Morales, aquella adolescente asesinada en Catamarca, hace treinta años en la tierra de los Saadi, dueños del poder. A esa primera marcha le siguió una segunda, el domingo 18, Día del Padre. Gloria llevaba un chal rosa y globos del mismo color. El preferido de Cecilia.

La fuerza de las mujeres que acompañaron a Gloria -y se animaron a contar, también, sus respectivas desdichas, vejaciones y duelos- logró opacar por momentos el runrún de una maraña judicial nutrida por declaraciones, acusaciones y contradicciones. Los fiscales Jorge Cáceres, Jorge Gómez y Nelia Velázquez no tuvieron precisamente un feriado largo tranquilo. 

“A mi hija la hicieron desaparecer como si fuera un insecto. La aplastaron. La masacraron”. Las palabras de Gloria resuenan en los días del otoño chaqueño, donde ya nada será igual. El clan Sena contrató al abogado penalista Juan Carlos Saife, quien -se dice- sólo toma casos por altas cifras en dólares. No le suele ir nada mal. Parte de la estrategia parece ser que a César -el hijo, supuesto autor material del crimen, entre tantas hipótesis que se barajan- lo atienda un abogado no demasiado famoso de apellido Osuna

En el extremo opuesto, brilla por estos días la estrella mediática de Fernando Burlando, flamante abogado de Gloria Romero, cuya defensa está en manos de otros dos buenos abogados: Juan Arregin y Sergio Briend, que ahora sumarán a Burlando y su equipo, dispuestos a ganar esta batalla contra viento y marea. Lookeado al mejor estilo del Agente 007, de la cabeza a los pies. Es precisamente ese look estridente el que le ha dado fama y poder mediático. Con la misma naturalidad que calza traje y corbata con el pelo siempre á la page, el renombrado abogado penalista porteño se viste de un modo cool en tribunales, y reuniones sociales,  deportivo en el Este, o pertrechado con botas y campera para ir a la caza de chanchos salvajes, como se lo vio al bajar del avión que lo depositó en Resistencia. 

Un par de horas antes de la llegada de Burlando, pidió ampliar su declaración el chofer de César, Gustavo Obregón. Declaró que habían llevado con el muchacho unas bolsas negras con restos. Y las habían tirado en el río Tragadero, un nombre que no puede resultar más simbólico en esta vida chaqueña de junio del 2023. No vamos a ampliar la metáfora que anida en ese sustantivo propio.  

¿Cuál era el contenido de las bolsas? Algunos restos quemados de huesos no peritados. Nada se sabe. Salvo el dije en forma de cruz que llevaba pegado al cuello Cecilia. ¿Con qué certeza se puede afirmar que la valija, que le prestó la tía abuela Mercedes -el esqueleto quemado que quedó de la valija- sea realmente el de la chica que amaba el color rosa? Rosa del bucito y mochila de ese color. Su color rosa chicle, como los chicles que compraba para ella y Ángela, su hermana querida, antes de que César las separara. Ángela, casi su melliza. La que le había regalado el dije en forma de cruz. La que desde el primer momento sintió que la llegada de César a la vida de su hermana era para mal. “Ella me había prometido que nunca me abandonaría”, dice Ángela. “Pero me abandonó por culpa de ese pibe. Por algo nunca lo quise”.  

El Día de la Bandera, la idolatrada que Belgrano nos legó, celeste y blanca, Emerenciano Sena decidió ir a declarar. Quince minutos bastaron. Dijo: “Yo no fui. No estuve en la casa. Y tengo pruebas”. Eso fue todo. Era previsible que su mujer quisiera declarar, también. Lo hizo al día siguiente.  Afirmó que quien había matado a Cecilia era su hijo. Lo condenó frente a los jueces. Una lectura freudiana rápida podría asegurar que Marcela Acuña “mata” a su hijo, como Saramago sugiere en “El Evangelio según Jesucristo” que el Padre “mata” al hijo que muere crucificado en la cruz. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Padre, porqué me has abandonado”, clama Jesús. Similares palabras le dijo Cesar al cura que lo visitó estos días, Rafael del Blanco. “Estoy muy enojado con mamá. Me abandonó. Podré perdonar a mis padres, alguna vez?”

En el caso de Marcela -esto no es una novela- podría aventurarse que los celos de ese amor endogámico la llevarían a odiar tanto a su nuera que podría estar en cierto estado de confusión emocional. “A César lo prefiero preso, en la cárcel. Protegido. Que ninguna otra mujer se atreva a tocarlo. A quitármelo. O mío, o solo, en una celda para que reflexione”. 

O, simplemente, declarar de ese modo siguiendo indicaciones de su abogado. Una estrategia para que se salven todos. Con cabeza fría. De a poco. Primero, los padres, para después ponerse en la tarea de salvar al hijo. Nadie sabe con certeza nada. Sólo hay hipótesis.

La familia de Cecilia tendrá las suyas, con Burlando a la cabeza. Y con la fe que la sostiene. A Gloria no la para nadie. “No tengo miedo. Vamos a sacar la basura, la mugre de esta ciudad”. 

Fauna salvaje

Quizás lo más atractivo para un investigador y al mismo tiempo lo más espeluznante, y horroroso, sea el rumor que circuló en la trama secreta del crimen. Que los restos de Cecilia fueron tirados a los chanchos para que se los devoraran. Eso es lo que más impactó al público, por más que ahora la hipótesis más firme hable de que la quemaron. Emerenciano Sena es dueño de una chanchería, que los habitantes de Puerto Tirol y de Fontana conocen muy bien.

Decir chanchería, y chancho, con esa aliteración de “ch”, hace un ruido fonético un tanto desagradable. No es música suave para los oídos. Deliberadamente nadie dice cerdos. Por caso, Anthony Hopkins, protagonista de “Hannibal Lecter II” (2001), habla de arrojar a una persona viva a los cerdos (pig, pork) en sus películas de canibalismo. Al menos en la traducción al español, cerdos parece más suave. Con suma delicadeza.  Y no suena tan repugnante.

La mafia italiana, en particular la poderosísima ‘Ndrangueta calabresa, sí utiliza a lo bestia la palabra chancho (maiale) para ejecutar venganzas y desapariciones. No hace mucho, en 2016, corrió esa suerte Maria Chindamo, una empresaria agrícola de Calabria que no quiso vender sus terrenos a la organización. El crimen se esclareció, con testigos, en 2020. Desapareció devorada por chanchos.

La fauna chaqueña y el monte, del Chaco, más allá de la hermosura de las liebres, o la suavidad de los conejos, alberga animales feroces. Hubo extraordinarios especímenes de yaguareté, tigre tan bello como temible, de víboras cascabel y de enormes yararás, entre ellas la yarará cuzú, la víbora cuyo veneno es el más letal. Aquella que describe Horacio Quiroga, quien supo vivir en el Chaco, antes de recalar en Misiones, en su cuento “A la deriva”. 

Una víbora yarará mató de manera absolutamente premeditada a Teodora Deibele, una chica que cayó en manos del clan Kieffel, allá lejos y hace tiempo, en el año 1945. Vivían en Pampa del Infierno, un pueblo del interior del Chaco. Esta vez se trataba de un clan familiar cuyo poder, económico y social, estaba formado por Miguel Kieffel, su mujer Margarita Schmidt y sus hijos. El mayor de los hijos, Jorge, conoció a Teodora en una peña. Y al poco tiempo se casó. La muchacha, muy humilde, se transformó en la empleada doméstica de toda la familia. Maltratada, humillada, diariamente. En especial por su suegra Margarita, una alemana robusta, de carácter fuerte: le dedicaba un maltrato que la chica resistía y soportaba en silencio. Y un día, la suegra se enteró de que Teodora estaba embarazada. La vio con náuseas.

No le perdonaba a su hijo que se hubiera casado. Pero que su nuera tuviese uno propio, de su hijo Jorge, fue el colmo. Planeó su muerte. Inventó un picnic. Irían desde Pampa del Infierno hasta Campo Largo, un pueblo cercano. Mandó a los hombres de la familia a que buscaran una víbora yarará. La escondió enrollada en un frasco. Como si fuese un jugo, para comer con los sándwiches que le hizo preparar a Teordora. De pronto, bajaron del carro para descansar y tomar algo por el calor brutal. Y de un modo no menos  brutal. comandados por la suegra Margarita, agarraron a Teodora y la obligaron a meter la mano en el frasco. La picadura de la yarará empezó a hacer su efecto. Como era lento, la ataron al carro para que corriera y le hiciera efecto más rápido. Teodora cayó muerta al rato de correr.

El certificado de defunción de un médico del pueblo aseguraba que había muerto por la picadura de una yarará. Era verdad. Claro. Uno de los hijos, Juan, bueno como el del Evangelio, no pudo con la culpa. Cuando investigaron, gracias a una amiga de Teodora que conocía el padecimiento de la chica por los maltratos, el clan se quebró. Y confesaron todo. El jefe, Miguel Kieffel, murió en la cárcel a los 76 años, en 1966. Margarita salió en libertad condicional con su hijo Jorge en 1964. A Juan le habían dado diez años. Gracias a su quiebre. Al menos tenía conciencia del crimen. De la culpa y el castigo. Merecidos. 

Una historia salvaje cuyo veneno no sólo mató de manera horrenda a Teodora. Un veneno que parece haber seguido difuminándose en la tierra chaqueña, al menos como metáfora del mal. Un episodio que figura en el archivo de los tribunales del Chaco. Quizás un símbolo de mal agüero, una premonición del espanto. “El huevo de la serpiente” se llama una película que dirigió Ingmar Bergman en 1977. Quién sabe.

por Malele Penchansky

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