Viernes 27 de mayo, 2022

MUNDO | 22-04-2020 15:06

Coronavirus: durante y después

Un espíritu keynesiano sobrevuela tras la pandemia, y diseña el “Estado Sanitario de Bienestar” que requiere la era que ha comenzado.

Los trances más traumáticos cambian los hábitos más acentuados. Hasta el fumador empedernido puede dejar el cigarrillo tras un infarto masivo. Y si no puede, entonces su problema es doble: la vulnerabilidad que se causa a sí mismo y su imposibilidad de corregirla.

Lo mismo ocurre con los modelos económicos y políticos. Las victorias militares hicieron que Japón se sintiera invencible y reforzaron la creencia de que su emperador era un dios. La derrota en 1945 lo hizo ver que el monarca no era una deidad que lo hacía invulnerable y que debía modernizarse.

El resultado de las transformaciones que causó aquella circunstancia traumática, fue formidable.

El Covid-19 es el peor trance global de la historia. Paralizó todo, mostrando vulnerabilidad incluso en las sociedades más opulentas. Por eso, el mundo que despierte de la pesadilla tendría que volverse más razonable y, si lo hace, es probable que se reinvente. Pero antes, las economías deben sobrevivir.

Igual que los infectados más graves, para sobrellevar esta circunstancia la economía necesita respirador artificial. También como las personas, la economía no puede quedar conectada para siempre a un artificio. Pero del mismo modo que la vida humana, la vida económica requiere de mecanismos artificiales para no colapsar en ciertas circunstancias.

Nadie duda sobre la excepcionalidad del caso. El desacuerdo es sobre la forma de sobrevivirlo y sobre el  mundo que dejará tras de sí. Ante la sensación de que al concluir la pesadilla habrá otro mundo, hay quienes por ideología o por intereses sectoriales, desean que todo siga igual.

Resulta revelador que los principales “negacionistas” de la gravedad del coronavirus sean también  “negacionistas” respecto del cambio climático. Niegan el calentamiento global para mantener el statu quo de la producción energética, entre otros. Y ahora defienden el statu quo económico que mostró una vulnerabilidad apabullante en todos los modelos políticos, culturales y económicos, así como en las potencias más desarrolladas, tanto las más libremercadistas (Estados Unidos y Gran Bretaña) como las más dirigistas (China e Irán).

Si la pandemia cambiará infinidad de hábitos y costumbres ¿por qué no cambiarían la economía, las prioridades de la investigación en el terreno de las ciencias y el rol de los científicos en la sociedad?

Superpoblación y cambio climático son el elenco y la escenografía del drama que ya ha comenzado. En ese drama, la humanidad quedará bajo sucesivos ataques de “enemigos invisibles”.

En este escenario, al protagonismo científico lo tendrán la microbiología y demás disciplinas directamente relacionadas con la principal amenaza, más otras ciencias que apuntalarán sus diagnósticos y acciones.

También cambiará la prioridad de los gobiernos. De aquí en más, deberán estar asesorados por científicos.

La antigua polis griega es el lugar y el momento de la historia que aglutinó las mentes que lo pensaron todo. La suma de lo que plantearon sus filósofos y dramaturgos abarca la totalidad de los aspectos, grandezas y miserias de la condición humana.

Una de las realidades expuestas por el coronavirus, encuentra un fundamento lúcido en Platón. La relevancia que la pandemia ha dado a los científicos tiene una inspiración en el creador del mito de la caverna.

Para poder enfrentar futuras pandemias, los gobiernos deberán tener una similitud con la “sofocracia” (gobierno del conocimiento) el modelo que propone el brillante discípulo de Sócrates en “La República”. La sofocracia puede ser una monarquía, si el rey es filósofo, o una aristo-monarquía si el rey no es filósofo pero gobierna con una corte de filósofos, ateniéndose a sus consejos y directivas.

En la polis griega, el concepto “filósofo” abarcaba a quienes, como Tales, Anaxímenes y Anaximandro, impulsaron el método científico. Y su equivalente actual son los científicos vinculados a la principal hipótesis de conflicto que imperará desde ahora: las guerras que tendrán a los médicos y enfermeros en la primera línea de combate.

El proceso que va colocando a los gobiernos bajo la tutela de los científicos se ve claramente en Estados Unidos, donde un presidente que echa a todos los funcionarios que lo contradicen, no pudo echar al que más veces lo contradijo en público: el inmunólogo Anthony Fauci.

El asesor científico de la Casa Blanca corrigió a Donald Trump en incontables oportunidades, pero mantuvo su posición porque el caprichoso jefe de la Casa Blanca ha sido doblegado por las circunstancias.

También ocurrió en Brasil, donde el ministro de Salud Luiz Mandetta logró que el Congreso, los jueces supremos, los militares del Gabinete y el vicepresidente Hamilton Mourao impidieran que Jair Bolsonaro lo echara del gobierno por no obedecer sus directivas. Más aún, le pusieron en cuarentena los atributos del poder presidencial para impedir que siga saboteando las medidas de distanciamiento social.

Son muestras del cambio que coloca el poder político bajo la tutela de la ciencia. El entendimiento entre ciencia, instituciones y leyes deberá salvar la democracia del avance autoritario posibilitado por la pandemia. Y en la economía lo que teóricamente debería ocurrir es una reformulación significativa.

Sobre los cambios que se producirán hay quienes vaticinan el fin del capitalismo, pero no parece buena idea prescindir de una turbina económica tan potente como la empresa privada.

El capitalismo no desaparecerá, pero deberá reinventarse. Y la vulnerabilidad ante la pandemia recomienda que sea un espíritu keynesiano el que guíe su reformulación.

Atacada por el coronavirus, la economía necesita respiradores artificiales. El Estado debe inyectar dinero no sólo a los más pobres. También el comercio, las empresas y los oficios y profesiones afectados por la cuarentena deben ser sostenidos artificialmente.

A la Gran Depresión de los años ’30, el capitalismo la sobrevivió valiéndose del pensamiento de Keynes y del Estado de Bienestar. La titular del FMI Kristalina Georgieva dijo que esta recesión es tan grave como la que inició el crack de 1929. Fue el keynesianismo lo que salvó al capitalismo y, junto al Estado de Bienestar, creó las sociedades con mayor prosperidad y movilidad social. No fue el neoconservadurismo tatcherista y reaganiano lo que venció al comunismo, sino el keynesianismo y una democracia liberal más cercana al pensamiento de John Rawls, el gran filósofo de la equidad.

Los espíritus del liberalismo rawlsiano y del capitalismo keynesiano deberían diseñar un “Estado Sanitario de Bienestar”. Pero eso sólo ocurrirá si el mundo que despierte de la pesadilla es más razonable y justo.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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