Martes 27 de julio, 2021

MUNDO | 27-04-2021 11:45

Cuba sin los Castro: cómo será el futuro del régimen en la isla

Raúl Castro dejó la jefatura del partido y ya casi no quedan veteranos de la Sierra Maestra en la nomenclatura. Cuba en la dimensión desconocida.

¿Cómo es el castrismo sin Castros? ¿Puede existir el régimen castrista sin Fidel Castro ni su hermano? Preguntas que recorren Cuba desde que Raúl Castro dejó la jefatura del Partido Comunista, sin que haya ningún otro miembro de la familia Castro en las máximas instancias del poder.

Jamás había ocurrido en los 62 años transcurridos desde que triunfó la revolución. Más de seis décadas de castrismo, pero no de un solo castrismo, sino dos. El de Fidel y el de Raúl.

El castrismo de Fidel es económicamente ortodoxo y políticamente ultra-personalista. El padre de la revolución cubana murió aferrado al sistema colectivista de planificación centralizada, después de medio siglo como dueño absoluto del poder. Un Luis XIV caribeño cuyo liderazgo estaba por encima del partido y de las leyes.

En cambio Raúl Castro era partidario de módicas aperturas de la economía y, cuando heredó el mando que había acaparado su hermano hasta que se lo permitió la salud, impuso aperturas a la actividad privada y organizó un gobierno más colegiado, delegando poder en la cúpula del PCC.

La diferencia entre el castrismo de Fidel y el de Raúl se ve claramente en la Constitución que, en el 2019, reemplazó a la de 1976. En sus páginas se reconoce la propiedad privada y la inversión extranjera, además de establecerse el límite de dos periodos para los altos cargos gubernamentales. Fue precisamente en cumplimiento de esos límites que Raúl Castro dejó primero la presidencia del gobierno y después la jefatura del partido.

El menor de los Castro Ruz fue el primero en abrazar el marxismo, pero también fue el primero en entender la magnitud del error cometido en 1968, cuando se estatizó la totalidad de la actividad económica, eliminando incluso la pequeña empresa y el cuentapropismo.

Es probable que Fidel muriera sin haber considerado que la estatización total fue un gigantesco error que destruyó y esterilizó la economía cubana. Ni siquiera lo admitió cuando, al colapsar la Unión Soviética desapareciendo el pulmotor que mantenía la isla funcionando, permitió a su hermano conducir la economía y abrirla a la inversión de capitales extranjeros en el terreno de la hotelería, generando además espacios para la actividad privada aunque en dosis muy pequeñas.

El llamado “Período Especial” fue el primer ensayo de la versión “raulista” del castrismo y acabó abruptamente cuando, de manera inesperada, irrumpió Hugo Chávez en la historia y Fidel pudo reconectar la economía cubana a un pulmotor externo, poniendo la marcha atrás en el terreno de la actividad privada de los cubanos.

Sólo la inversión extranjera en hotelería se mantuvo, pero el resto de la economía volvió a cerrarse. Ese retroceso duró lo que tardaron en desfallecer la economía venezolana y la salud de Fidel. Cuba mantuvo su “colonialismo extractivo” sobre Venezuela, pero cuando Raúl tomó las riendas definitivamente en el 2008, retomó la senda del reformismo.

En el 2010 legalizó la actividad privada en 178 actividades y, como en 83 de esos rubros se permitió la contratación de mano de obra, fue un primer paso hacia la pequeña empresa privada.

Con Raúl al mando el castrismo eliminó prohibiciones que bloqueaban la actividad privada y también eliminó subsidios y subvenciones a las empresas públicas no rentables.

Al transitar los primeros días sin Fidel ni Raúl y casi sin veteranos de la Sierra Maestra en la nomenclatura, muchos piensan que el régimen ha entrado en una etapa crepuscular, aunque pocos se atreven a vaticinarle un pronto final. En definitiva, al régimen castrista le extendieron tantos certificados de defunción que ya nadie se anima a darlo por muerto.

Muchos creyeron que desaparecería cuando se extinguió la Unión Soviética. ¿Cómo podría sobrevivir sin el pulmotor económico que lo mantenía conectado a Moscú? Sin embargo sobrevivió.

Se pensó entonces que moriría junto con su fundador, pero si bien acompañó a Fidel hasta el cementerio, no entró con él a la tumba. Pensaron que se disolvería velozmente cuando Raúl dejó la presidencia en manos de un hombre nacido después del triunfo de la revolución. Pero todo fue como al principio, cuando la revolución dio sus primeros pasos con Osvaldo Dorticós ocupando la presidencia y Fidel aferrando firmemente el poder. El primer presidente de la era castrista fue Manuel Urrutía, pero renunció pronto por no aceptar el juego del títere, que Dorticós aceptó gustoso.

Miguel Díaz Canel sería un nuevo Dorticós mientras Raúl estuviera al frente del partido, porque el tablero de mando no está en la presidencia, sino en el despacho del primer secretario del PCC.

Ahora que Raúl dejó también la jefatura del partido, no muchos se atreven a sentenciar el final del régimen. Lo vieron resucitar demasiadas veces como para seguir firmándole certificados de defunción. Además, Díaz Canel dejó en claro que su misión es mantener intacto el Estado, la economía y el orden social creado por Fidel y Raúl. Pero hay expectativa y la genera el hecho inédito de que ya no haya ningún Castro en la cumbre del poder.

El final de la URSS empezó cuando por primera vez quedó al mando alguien nacido después del Octubre Rojo de 1917: Mijail Gorbachov. Hoy casi no quedan en la nomenclatura cubana exponentes de la milicia rebelde que combatió en Sierra Maestra, venció en Santa Clara y entró triunfal a Santiago en enero de 1959. Por eso hay quienes piensan que Díaz Canel, más temprano que tarde, desmontará el adefesio burocrático que atenaza la energía productiva que late en la sociedad.

Como el castrismo crepuscular tiene la marca de Raúl, no siente nostalgias colectivistas ni de planificación centralizada. Por el contrario, mira hacia la economía que Deng Xiaoping comenzó a abrir lentamente en China y al modelo de shock con que el líder reformista Nguyén Van Linh introdujo el capitalismo en Vietnam, inspirando el “Nuevo Mecanismo Económico” que posteriormente abrió Laos a la inversión extranjera, además de reducir el tamaño del Estado y promover la empresa privada.

El castrismo sin Castros avanzará en esa dirección, pero lentamente, como ese crepúsculo ártico que nunca termina de convertirse en noche.

También te puede interesar

Galería de imágenes

En esta Nota

Comentarios