Domingo 25 de septiembre, 2022

MUNDO | 19-12-2021 00:22

Eclipse democrático

La cumbre que instaló Biden dio centralidad a un problema real: el retroceso mundial del Estado de Derecho.

En los tiempos de la Confrontación Este-Oeste, las potencias de Occidente se definían como “el mundo libre” y el enemigo era el totalitarismo marxista-leninista.

La propaganda occidental no mentía sobre la ausencia de libertad en el mundo que se extendía al otro lado de la “Cortina de Hierro”, pero de este lado no todo era “mundo libre”. Estados Unidos tuvo como aliados a tiranos sanguinarios como Mobutu Sese Seco, el congolés que rebautizó Zaire al Congo; déspotas como el shá de Persia Reza Pahlevi y criminales dictadores militares en Asia y Latinoamérica. Pero tras la desaparición de la URSS, mientras muchos países que habían integrado el Pacto de Varsovia se transformaban en democracias y hasta Rusia adoptaba esa forma institucional, Washington presionaba a las dictaduras aliadas para que cedan paso a la democratización.

El área democrática del mundo creció significativamente en las últimas dos décadas del siglo XX. Totalitarismos y dictaduras de menor graduación estaban extinguiéndose, pero el proceso comenzó a revertirse en la primera década del siglo XXI con la irrupción de autocracias surgidas de procesos electorales que conservaron las formas pero trastocaron el fondo del Estado de Derecho.

La democracia está en retroceso. El diagnóstico de Joe Biden es acertado hasta el punto de ser una obviedad. Por doquier emergen autócratas que se sitúan por encima de las leyes. Un neozarismo con camuflaje republicano impera en Rusia con Vladimir Putin apoyando desde el Kremlin a otro déspota eslavo: el bielorruso Aleksandr Lukashenko. En Turquía la “sultanización” que impulsa Erdogán avanza a paso redoblado sobre los escombros del ataturkismo. En Hungría se fortalece el despótico Viktor Orban y el ultranacionalismo construye un poder invencible en Polonia, donde el partido de extrema derecha Ley y Justicia sigue en el poder ahora con la presidencia de Andrej Duda.

Después de estadistas democráticos como Corazón Aquino, Fidel Ramos y Benigno Aquino III, el gobierno de Filipinas quedó en manos de un violento patológico: Rodrigo Duterte. En Myanmar, la frágil democracia que trataba de consolidarse por sobre el poder fáctico de los militares fue decapitada de un sablazo con un golpe de Estado y el aprisionamiento de la líder democrática Aung San Suu Kyi. Y en China, Xi Jinping vuelve a concentrar poder personalista como en los tiempos de Mao Tse-tung, mientras el ultranacionalismo hinduista gobierna India con Narendra Modi.

Por cierto, el sudeste asiático, Africa y América latina siguen empantanados en culturas autoritarias que supuran autócratas de todos los colores políticos. Latinoamérica avanzó muchísimo en la democratización, pero se mantienen en pie el régimen residual chavista que destruyó la democracia y la economía de Venezuela; el de Daniel Ortega en Nicaragua y el castrismo ahora liderado por Miguel Díaz Canel en Cuba. Mientras tanto, avanzaron hacia el autoritarismo El Salvador, con Nayib Bukele; Guatemala, con Alejandro Giammattei y Honduras con Juan Orlando Hernández.

El fenómeno engendró también extremismo en las sólidas democracias de Occidente, provocando la salida británica de la Unión Europea y haciendo crecer liderazgos exacerbados como el de Matteo Salvini en Italia y ahora Eric Zemmour en Francia. Por primera vez desde el posfranquismo, en España integra el gobierno encabezado por el PSOE un partido antisistema y filo chavista: Podemos. Y en la vereda de enfrente, el ultraconservador Vox acrecienta su gravitación sobre la centroderecha.

En la potencia sudamericana el antisistema llegó al Palacio del Planalto con un agresivo ultraderechista: Jair Bolsonaro. Y el mayor exponente de la democracia occidental, Estados Unidos, atravesó el turbulento mandato presidencial de Donald Trump, quien intentó alterar la institucionalidad vigente y concluyó con un fatídico asalto al Capitolio que buscaba dejar sin efecto la elección presidencial que perdió el magnate neoyorquino.

El Estado de Derecho en el que se basa la democracia pluralista está amenazado por el emerger de autócratas en buena parte del planeta, incluidas las potencias de Occidente. El diagnóstico de Biden es acertado. Por eso es una buena idea darle centralidad a la cuestión y buscar consensos para aislar a los países con regímenes autoritarios y condenar las violaciones a los Derechos Humanos que cometan, sin que los vínculos ideológicos, políticos y económicos justifiquen silencios cómplices.

Muchos países democráticos incurren en esas complicidades. El gobierno argentino es un ejemplo, con sus posicionamientos funcionales a los regímenes de Venezuela y Nicaragua en foros regionales como la OEA. Pero también Estados Unidos ha apañado y aún apaña dictaduras, como las monarquías oscurantistas de la Península Arábiga, incluida la que conduce Mohamed Bin Salmán, un príncipe con las manos ensangrentadas por la brutal guerra en Yemen y el asesinato y descuartizamiento del disidente Jamal Khashoggi en el consulado saudita en Estambul.

El propio Biden debe corregir el vicio que su país arrastra desde la Guerra Fría. Que avance en esa dirección fortalecería su proyecto de crear un consenso democrático mundial que implique aislamiento y presión sobre autócratas y dictadores.

Por cierto, la Cumbre por la Democracia es una ficha en el tablero estratégico norteamericano y Biden la usa contra los regímenes que están desafiando el liderazgo de Estados Unidos: la China de Xi Jinping, el Irán de los ayatolas, la Rusia de Putin, el régimen residual chavista en Venezuela y sus aliados en Cuba y Nicaragua.

Más allá de las razones geopolíticas de Biden, hay una realidad indiscutible que justifica iniciar un debate a nivel mundial: la democracia lleva décadas perdiendo terreno. Los autócratas la “deconstruyen” desde adentro hasta reemplazar su esencia, que es la representación de toda la sociedad, por el “mayoritarismo”, que es el régimen en el que impera la mayoría estigmatizando y excluyendo a las minorías.

Desde esa mayoría, el líder se sitúa por encima de las leyes. Así desaparece la ley como elemento igualador, rol que cumple cuando todos los ciudadanos, incluidos los que gobiernan, están por debajo de ella.

Esa es la modalidad que avanza como una mancha de aceite, amenazando incluso a las democracias sedimentadas de Occidente. Por eso resulta relevante poner en valor el Estado de Derecho.

La Cumbre por la Democracia que realizó Biden fue un primer intento de convertir el Estado de Derecho en ficha del tablero geoestratégico, para acotar el crecimiento arrollador de la influencia china en el mundo. Aún así, fue una iniciativa positiva en un tiempo en el que el centro se diluye a favor de los extremos.

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Claudio Fantini

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