MUNDO | 27-03-2022 00:14

El drama de los refugiados ucranianos y la hipocresía europea

La guerra en Ucrania ya desplazó a cuatro millones de personas. Expone una doble vara para los migrantes.

Cuando el mundo no termina de cerrar la puerta al drama de la pandemia, ya abre una nueva hacia un potencial trance humanitario de características dantescas: la posibilidad de que la guerra en Ucrania desate una nueva crisis de personas desplazadas y refugiadas en Europa. Con más de 3 millones de personas huyendo de su país en apenas tres semanas de conflicto, el movimiento forzado ya supera otros éxodos como el de Afganistán (2,6 millones), Sudán del Sur (2,2 millones) y Myanmar (1,1 millones), los más populosos en la última década.

Y la emergencia revive los peores episodios de discriminación de la mano de un discurso que describe a los ucranianos como un tipo vulnerable “distinto”, a través de un sesgo de afinidad europeo. Lo que esconde un doble rasero preocupante. Porque la construcción de una narrativa sobre la tragedia por parte de ciertos medios y políticos occidentales en pos de generar empatía con las víctimas ucranianas, coloca en un segundo plano a miles de personas africanas y asiáticas que siguen huyendo de sus hogares para salvar sus vidas. 

Espiral expulsiva

La cifra de personas desplazadas desde Ucrania es sumamente volátil. Desde el 24 de febrero, cuando arrancó la invasión huyeron hacia Polonia (1,8 millones), Rumania (467 mil), Moldavia (344 mil), Hungría (272 mil), Eslovaquia (220 mil) y, en un porcentaje menor, a Bielorrusia (155 mil) y la misma Federación de Rusia (1.800). De ese total, 2,3 millones abandonaron el país durante las primeras dos semanas de marzo, a medida que se expandió la ofensiva rusa sobre el territorio ucraniano. Un millón lo hizo en apenas siete días. Cerca del 90% son mujeres, niños y niñas.

Tal como afirma el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la agencia internacional especializada en estas crisis, la escalada del conflicto en Ucrania ha causado la destrucción de la infraestructura civil y ha obligado a las personas a huir de sus hogares en busca de seguridad, protección y asistencia. Solo en la primera semana de la guerra, más de un millón de desplazados ya habían atravesado las fronteras, y eso sin contar los casi 2 millones que aún no lo han hecho, pero ya han abandonado sus lugares de residencia y escapan dentro de territorio ucraniano. Son los llamados desplazamientos internos, menos visibles, pero igual de graves.

Previo al inicio del conflicto, ya se contabilizaban dentro del país, hasta 1,4 millones de personas desplazadas sin cruzar las fronteras. En gran medida como consecuencia de la guerra en la región oriental del país desde 2014. A ese número, se añaden las personas que requerían de algún tipo de asistencia humanitaria por su estado de vulnerabilidad y que, hacia finales de 2021, Naciones Unidas cifraba en casi tres millones. De ahí que los especialistas ya categorizaran la situación precedente a la invasión como volátil y sumamente frágil dentro de Ucrania. Ahora explotó, y desencadenó una emergencia de proporciones inconmensurables. 

No es casual que, ante la dinámica que adquirió el conflicto y su impacto humanitario potencial, ACNUR ya haya elevado la emergencia en Ucrania al nivel 3, el más alto dentro de su escala. Las proyecciones encienden una alarma, porque Europa podría enfrentar una nueva crisis humanitaria como la que sacudió al continente con la guerra en Siria, entre 2012 y 2015. La falta de una tregua extendida y duradera entre las partes solo contribuye a abonar los peores escenarios, con una curva que rozaría los 4 millones de personas desplazadas fuera de Ucrania en un futuro cercano. 

Doble estándar

Europa conoce de estas tragedias porque las ha experimentado, en forma directa o indirecta, a lo largo de su historia. Solo en la última década, ha representado el punto de arribo para millones de personas que huyeron de Siria.  El flujo es incesante, precedió la guerra interna en aquel país, se potenció durante el enfrentamiento contra ISIS, y no se detuvo siquiera durante la pandemia. Y también llegan desde otros puntos conflictivos de Asia y África.

Solo así puede explicarse que, con las fronteras mayormente cerradas, el número de personas desplazadas, solicitantes de asilo y refugiadas en el mundo, alcanzó en 2020 un nuevo récord: más de 82,4 millones. La cifra que se difunda este año estará muy por encima, y seguirá escalando como lo hace desde hace una década.

No obstante, frente al conflicto en Ucrania se ha instalado una narrativa caracterizada por un sesgo de afinidad. Ese que describe a las personas ucranianas como “europeos de ojos azules y cabello rubio”, y se pondera a Kiev como un lugar “civilizado y relativamente europeo”. Frente a ello, se activa la histórica Directiva de Protección Temporal por parte de la Unión Europea, creada en 2001 tras la guerra en Kosovo. Una buena noticia, aunque conduce al interrogante respecto a por qué ahora sí, y antes no. Al contrario, los gobiernos europeos negociaron con Turquía y Libia en el pasado, cerrar el paso a las personas que intentaban cruzar. 

En los últimos once años, más de 13 millones de personas se han visto obligadas a abandonar Siria para salvar sus vidas. Casi la mitad, unos 6,7 millones, sobreviven en situación de pobreza en países vecinos.  Tampoco les ha resultado sencillo escapar de Ucrania a las personas de origen africano y asiático que residían allí. En esa peligrosa pero no inocente categorización entre vulnerables, radica el doble estándar que tiñe también la ayuda humanitaria en tiempos de guerra. 

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Mariano Beldyk

Mariano Beldyk

Subeditor de Política de Diario Perfil.

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