Jueves 1 de diciembre, 2022

MUNDO | 02-11-2020 15:32

Francisco inclusivo: la reacción tardía del Papa sobre el amor gay

Aceptar la unión civil de parejas homosexuales es un gran paso para la iglesia, pero insignificante para la razón.

El amor como razón del vínculo matrimonial aparece en la historia escrita, con Ulises y Penélope. Porque se aman, ella rechaza a quienes querían desposarla y él lucha contra monstruos y tentaciones para volver a Ítaca, donde lo espera su esposa.

En los hexámetros dactílicos que componen ese poema homérico, irrumpe algo sin protagonismo en los textos religiosos. Como restaurador de los principios originales de las religiones monoteístas, el Islam rescató la poligamia practicada por los patriarcas del Antiguo Testamento. El judaísmo antiguo, como los hunos, los tibetanos, los punjabíes, los mongoles y otras sociedades organizadas en clanes, establecía en el libro del Deuteronomio el “Yibbum”, o levirato: el hermano de un difunto sin descendencia debía casarse con la viuda.

Las necesidades de los tiempos impusieron también la poliandria (mujer con muchos esposos) como lo prueba el antiguo texto hindú Maha Bhárata, estableciendo que los hermanos varones debían tener una esposa común.

Por eso las religiones jamás dieron centralidad al amor en la relación entre los esposos. El pensamiento religioso siempre se ajustó al imperativo demográfico, político o social de los tiempos. Y la iglesia católica es una más de las que planteó el matrimonio dando centralidad a la procreación y a la consideración de célula básica de la sociedad; o sea sin considerar al amor como razón fundamental.

Así pudo atravesar la historia bendiciendo casamientos acordados entre clanes, casas reales, Estados y familias, así como matrimonios forzados y aquellos en los que los hombres compraban niñas a sus padres para desposarlas.

No dar centralidad al amor explica también su histórica oposición al divorcio. Que dos personas dejen de amarse resulta irrelevante para la doctrina de la “indisolubilidad del matrimonio”. Desde su perspectiva, lo correcto es que los esposados sigan juntos, aunque hayan pasado a despreciarse o estando enamorados de otras personas.

En el Sínodo sobre la Familia, Francisco dio un paso significativo, aunque corto y tambaleante. En el documento final, llamado Amoris Laetitia (La alegría del amor) propone que las personas divorciadas puedan confesarse y comulgar, explicando que la iglesia debe ser “más compasiva con los imperfectos”.

Aquel paso lo enfrentó con el sector más recalcitrante, liderado por el cardenal Ludwig Müller, prefecto para Congregación de la Doctrina de la Fe. Pero llamar “imperfectos” a los divorciados evidencia su persistencia en el rechazo a que sea la existencia o no del amor lo que justifique el matrimonio o su disolución. Como explicó Roland Barthes, “el lenguaje nunca es inocente”.

El signo de los tiempos fue abriendo paso al sentimiento como cuestión central. El racionalismo y el iluminismo comenzaron a derribar los muros que implicaban la casta, la “sangre”, la raza, el credo y la clase social.

Lo que diferencia al actual pontífice del oscurantismo encaramado en la curia, no es su convicción sobre la importancia del amor en el vínculo matrimonial, sino su percepción sobre el signo de los tiempos.

Francisco sabe que la aceptación de la diversidad sexual continuará, aunque la religión se oponga. Pero todavía está lejos de aceptar la cuestión de fondo, por eso avanza con el freno de mano puesto. Da pasos cortos y titubeantes, evidenciando que no lo empuja la convicción, sino el avance de la sociedad.

La dificultad para aceptar la centralidad que el sentimiento debe tener en el pacto conyugal, no es natural en una religión que, desde sus fundamentos filosóficos, los evangelios, hizo del amor una definición teológica.

La misma dificultad explica el rechazo del catolicismo al matrimonio igualitario. Aceptar la unión civil es un gran salto dentro de la iglesia y en el terreno de la religión, pero no llega a la cuestión de fondo: la aceptación de que dos personas del mismo sexo pueden amarse y por ende tienen derecho al matrimonio.

En “Francesco”, el documental en el que alude al tema, el Papa argumenta a favor de la unión civil diciendo que los homosexuales “tienen derecho a una cobertura legal”.

Como razón es muy pobre. Una razón burocrática y gris. La cortedad del avance, inmenso en la historia de la iglesia, aparece también en otra frase: los homosexuales “son hijos de Dios”.

Obviamente, habría sido peor que continuara considerándolos “un plan del demonio”, como en la imagen que utilizaba en sus tiempos cardenalicios.

Los pasos que ni la iglesia ni el pontífice han dado aún son considerar al amor como el vínculo fundamental en el matrimonio y aceptar que dos personas del mismo sexo pueden amarse y ese sentimiento tiene el mismo valor que en los heterosexuales.

La mayor revolución cultural desde las revoluciones atlánticas de fines del siglo XVIII y principios del XIX, ocurrió en las últimas décadas: la aceptación de que la homosexualidad no es sólo un deseo sexual, una modalidad del instinto. Aceptar que se trata, principalmente, del amor entre personas del mismo sexo.

Por no tener en cuenta este rasgo es que en el catolicismo, como en otras religiones, la homosexualidad fue considerada sodomía.

Desde la perspectiva religiosa, la homosexualidad es un instinto desviado y la sexualidad está exclusivamente referida a la forma del acoplamiento.

Entender la sexualidad desde la perspectiva del sentimiento amplía la concepción que se tiene sobre el matrimonio. Con esa perspectiva, el debate teológico avanzaría hacia la divinización del sentimiento que une dos vidas, en lugar de continuar divinizando el ritual sacramental del matrimonio.

Si el carácter divino pasara del sacramento al sentimiento que fundamenta el vínculo, la iglesia cambiaría su posición sobre la indisolubilidad del matrimonio y sobre el matrimonio igualitario.

El actual jefe de la iglesia libró su primer batalla pública contra el matrimonio igualitario en el 2009, cuando enfrentó al entonces jefe de gobierno porteño por no apelar la sentencia judicial que habilitó el casamiento entre Alex Freire y José Di Bello; primero en el país entre personas del mismo género.

Allí comenzó su aversión por Mauricio Macri. Después, cuando el Congreso debatía el matrimonio igualitario, habló de plan satánico. Y ya sentado en el trono de Pedro empezó a dar pasitos titubeantes. Un día se preguntaba “quién soy yo para juzgarlos” y a renglón seguido sugería a los padres de niños con rasgos homosexuales que “recurran a la psiquiatría” para curarlos.

Ahora da un paso tan revolucionario en la iglesia como insignificante en el terreno de la razón: admitir “la convivencia civil” argumentando “el derecho” de las parejas gay “a tener cobertura legal”. Un salto inmenso en la dimensión religiosa pero, en la comprensión de lo humano, un paso pequeño, con el agravante de la justificación burocrática y gris.

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Claudio Fantini

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