Wednesday 28 de February, 2024

MUNDO | 11-09-2023 06:33

Francisco inoportuno

Las palabras del Papa que motivaron indignación en Ucrania por avalar argumentos de Putin, tuvieron finalmente su autocrítica.

Elogiar la cultura rusa no es difícil. En su encuentro con jóvenes católicos de Rusia, el Papa podría haberlos exhortado a sentirse herederos de una grandeza que se expresó en clásicos de la literatura universal como Leon Tolstoi, Maximo Gorki, Anton Chejov, Fiedor Dostoyevski, Aleksandr Pushkin y Nicolai Gógol. Herederos de la cultura que engendró grandes bailarines, como Maya Plisétskaya, Mijail Barishnikov, Ana Pavlova y Rudolf Nuréyev. También grandes científicos, como Iván Pavlov, Nicolai Gamaleya y Nicolai Semionov, entre tantos otros. También héroes de la investigación espacial, como el astronauta Yuri Gagarin, además de músicos y pintores virtuosos y de gigantes del ajedrez.

A una larga lista de talentos que enriquecieron la cultura rusa y universal podría haber recurrido el jefe de la iglesia católica. Pero Francisco no los exhortó a sentirse herederos de esos genios cuyas obras enriquecieron la humanidad, sino de emperadores que expandieron el mapa de Rusia con sus conquistas. Esas conquistas incluyen principalmente territorios donde hoy Vladimir Putin está imponiendo una guerra catastrófica.

“No olviden nunca su herencia; son hijos de la Gran Rusia. La Gran Rusia de los santos, de los reyes. La Gran Rusia de Pedro I y Catalina II. Ese imperio grande, culto y de gran humanidad. Nunca renuncien a este legado. Son herederos de la Gran Madre Rusia”, dijo Francisco en la teleconferencia a los jóvenes rusos.

No habrá sido su intención, pero las referencias, imágenes y figuras históricas que menciona en ese párrafo de su mensaje, integran el arsenal retórico del nacionalismo paneslavista y del ultranacionalismo ruso.
Que esa parte de su mensaje resulta objetivamente cuestionable lo prueba que la difusión que hizo el Vaticano no la incluyó, cosa que sí hicieron los medios rusos.

Viatoslav Shevchuk, autoridad de la iglesia greco-católica de Ucrania, sumando sus cuestionamientos a las duras críticas que hizo el gobierno ucraniano, dijo que las palabras del Papa refieren “al peor ejemplo de imperialismo ruso y de nacionalismo extremo” y pueden resultar “un estímulo para ese imperialismo nacionalista, que es la verdadera causa de la guerra” que están padeciendo los ucranianos. 

Ese párrafo de la alocución equivalió a meter el dedo en el enchufe ucraniano. Ocurre que sus palabras sonaron como elogio de los monarcas absolutistas que expandieron el territorio ruso mediante guerras de conquista. Y las dijo justo en el momento en que la maquinaria bélica del actual déspota del Kremlin está invadiendo Ucrania y destruyendo ciudades y vidas, precisamente, para llevar las fronteras de Rusia hasta donde las habían llevado en los siglos XVII y XVIII las dos figuras elogiadas.

Siguiendo la senda marcada por Iván IV Vasilievich, fundador del Estado ruso en el siglo XVI, Pedro El Grande expandió en el siglo XVII el territorio hasta las costas del Mar Báltico, mediante guerras contra el reino sueco en el que imperaba el rey Carlos XII, mientras que en el suroeste, sus ejércitos embistieron contra los jenízaros del Imperio Otomano, llegando hasta el Mar Negro y el Mar de Azov.

En su afán expansionista hacia el norte, el emperador elogiado por el Francisco hizo construir San Petersburgo sobre el estuario del río Neva, en condiciones que costaron la vida a más de 200 mil hombres que trabajaron en esos gélidos pantanos nórdicos. En esas aguas heladas, Pedro I se había zambullido para rescatar víctimas de un naufragio, sobreviviendo a la hipotermia pero agravando la enfermedad urinaria que luego terminó con su vida. Sin embargo, ese gesto heroico no compensa el mar de muertes que costó la construcción de la urbe monumental que él ordenó erigir.

A su vez, Catalina II, en su afán de poder, pasó de ser una princesa alemana convertida en zarina, a emperatriz de Todas las Rusias, perpetrando un golpe de Estado contra su propio esposo, el pusilánime Pedro II. En el siglo XVIII, la emperatriz también apodada “La Grande” lanzó guerras de conquistas que añadieron territorios arrebatados a Polonia, Ucrania, Bielorrusia y lo que por entonces era Livonia y actualmente es Lituania y Estonia.

No fueron los únicos sucesos que la desaconsejan como blanco de los elogios de un Papa. Su prolífico reinado tuvo crímenes en masa, como la limpieza étnica que empujó a los ashkenazíes contra las nuevas fronteras del Oeste, prohibiéndoles vivir en las ciudades. Esa política antisemita estigmatizó a los judíos en Rusia y alentó los pogromos que se multiplicaron entre fines del siglo XVIII y principios del siglo XX.

Para el Papa está bien instar a jóvenes rusos a que “no renuncien al legado” del “Imperio Grande” que forjaron Pedro I y Catalina II, y a sentirse “herederos de la Gran Madre Rusia”. Ambos monarcas fueron grandes estadistas, admirables en muchos aspectos, pero elogiarlos cuando Ucrania sufre una invasión sangrienta que aún mantiene ocupados los territorios del Este del río Dniéper, constituye un estropicio. Y si lo hace el mismo pontífice que ha tenido pronunciamientos antiimperialistas en referencia a potencias occidentales, resulta contradictorio.

El Papa avaló con sus palabras las argumentaciones que hoy usa el jefe del Kremlin para justificar la brutal guerra de agresión al país vecino. Al fin de cuentas, nacionalistas y ultranacionalistas rusos consideran propios esos territorios desde las guerras de conquista que construyeron esa “Gran Madre Rusia” que exaltó en su mensaje a los jóvenes católicos de Rusia.

Fueron las palabras menos indicadas en el momento menos oportuno. Por eso generó indignación en Ucrania, así como también en Polonia y en los países bálticos. Pero incluso si Rusia no estuviera imponiendo una guerra de conquista a su vecino, el mensaje del Papa Francisco resulta inquietante.

Pudo hablarles como jóvenes, en el sentido universal, que es el sentido de la palabra católico. Como jóvenes miembros de una especie acechada por peligros naturales inéditos, en sociedades cada vez más complejas.
Pero en lugar de hablarles como jóvenes del mundo, les habló como rusos, o sea como miembros de una etnia eslava y cristiano ortodoxa, resaltando de un modo desconcertante la prosapia nacional que, se supone, los distingue del resto de la juventud mundial.

Del jefe de una iglesia cuyo nombre proviene del adjetivo griego “katholikos”, que alude a lo que es universal, lo que resulta conveniente y justificado es no encuadrar en una equis nación al grupo humano que lo escucha, salvo que la ocasión lo imponga. Incluso en ese caso, si se trataba de resaltar a Rusia, podría haber elegido otro aspecto de la rica cultura de esa nación. 

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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