MUNDO | 22-01-2024 07:55

Guatemala mira al futuro

A pesar de las denuncias para invalidar su victoria, Bernardo Arévalo volvió a vencer al establishment y asumió la presidencia

En un giro benévolo de la historia, Bernardo Arévalo  alcanzó el cargo que había honrado su padre. El conservadurismo golpista que inició en Guatemala la trágica deriva caribeña y centroamericana que navegó entre guerrillas, revoluciones y dictaduras de izquierda y derecha, finalmente se resignó a entregarle el poder a un verdadero demócrata. Al menos en el capítulo que acaba de comenzar, la historia guatemalteca se redime. El nuevo presidente nació en Montevideo, lejos de su país, por el exilio que el obsceno golpe de Estado impuso a su padre. Juan José Arévalo construyó una democracia liberal y progresista tras imponerse en la primera elección verdaderamente limpia y libre, que había hecho posible la “Revolución de Octubre” que en 1944 puso fin al injusto ancien regime imperante desde 1871.

Juan José Arévalo fue un educador, tanto en los claustros universitarios donde enseñó filosofía y en los programas educativos que diseñó, como en la presidencia de su país. Fue él quien le enseñó a la inmensa mayoría pobre y campesina de la etnia maya, que tenía derecho a elegir libremente sus gobernantes y controlarlos a través de los poderes Legislativos y Judicial. Le enseñó también que la oligarquía de hacendados blancos y la multinacional bananera no tenían derecho a oprimirla económicamente y marginarla de la “cosa pública”. Durante su mandato impulsó también las reformas de espíritu socialdemócrata que continuó su sucesor en la presidencia: Jacobo Árbenz. Juan José Arévalo y su correligionario Árbenz pusieron a Guatemala en el camino que debía sacarla de un feudalismo retrógrado y racista, para llegar a una democracia moderna con economía de mercado.

Pero Estados Unidos cometió el error de creerle a la compañía bananera United Fruit cuando describía a esos presidentes como comunistas y, a través de la CIA, apoyó hasta con bombardeos el sangriento golpe de Estado que convirtió en dictador a un personaje obscuro: el coronel Castillo Armas.
El país que podría haber irradiado su democracia a toda la región, terminó siendo la ficha de dominó que derribó las posibilidades de democratización y modernidad en el resto de Centroamérica y el Caribe.

Con la lúcida objetividad de la que suele alejarse en sus conferencias políticas y ensayos periodísticos, Mario Vargas Llosa muestra la dimensión del error norteamericano en su novela Tiempos Recios, y reflexionando sobre el golpe que derrocó a Árbenz y exilió a Arévalo, el gran escritor peruano explicó que todas las dictaduras de la segunda mitad del siglo 20 en el istmo y en el arco antillano, incluida la de Fidel Castro, fueron de un modo u otro consecuencia del error que cometió Washington inducido por inescrupulosos empresarios bananeros que imperaban en la región.
Guatemala pudo ser lo que es Costa Rica desde el gobierno de José Figueres, el presidente que abolió el ejército y lanzó grandes reformas institucionales y sociales. Lo que pudo sostenerse en Costa Rica, fue destruido por el golpe que impuso al coronel Castillo Armas.

La deriva autoritaria incluyó la lucha de insurgencias como el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y dictaduras exterminadoras como la del general Efraín Ríos Mont. Hasta que llegaron los “Acuerdos de Paz Firme y Duradera” que, en diciembre de 1996, clausuraron 36 años de conflicto interno. No obstante, la democracia posterior quedó en mano de una dirigencia política decadente que supuró gobiernos corruptos como el de Otto Pérez Molina, cuya vicepresidenta, Roxana Baldetti, encabezó un monumental sistema de defraudación aduanera, y Jimmy Morales, quien coleccionó denuncias que iban desde financiación ilegal de la campaña electoral hasta el acoso sexual y la violencia de género.

La cumbre de la corrupción y la decadencia institucional se alcanzó con Alejandro Giammattei, quien además recibir sobornos, se valió de la fiscal Consuelo Porras para expulsar del país a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y para impedir a como sea que el ganador de la última elección asuma la presidencia.
Ese vencedor en las urnas al que el autoritarismo y la corrupción intentaron derrocar antes de que asuma, es Bernardo Arévalo, hijo del presidente que inauguró la “era de oro” democrática que aplastaron la United Fruit, la CIA y el ejército guatemalteco.

Como su padre, es un académico. De las cátedras de sociología, pasó a la diplomacia en los ochenta, ocupando cargos en la cancillería del gobierno de León Carpio. Pero nunca se zambulló en la política hasta que fundó el movimiento Semilla. Con el mismo espíritu liberal y socialdemócrata que su padre llamaba “socialismo espiritual”, Bernardo Arévalo propuso una economía libre pero sin monopolios ni feudalismo, y una institucionalidad liberada de la corrupción y la decadencia de la clase dirigente que se apropió de la política en las últimas décadas. Pasó por una banca en el Congreso y terminó venciendo a la candidata de la izquierda populista, Sandra Torres, en el ballotage de las presidenciales del 2023.

Contra el gobierno de Juan José Arévalo hubo más de 30 asonadas golpistas. A su hijo intentaron derrocarlo antes de asumir el poder, con una cantidad de denuncias lucubradas por los jueces asociados a la clase dirigente corrompida que encubrió a Jimmy Morales y a Giammattei. La fiscal general Consuelo Porras fue el instrumento que más utilizó el establishment de la corrupción para cerrarle el paso, invalidando su triunfo electoral. Pero en una tumba carnera de la historia, esta vez Estados Unidos actuó a la inversa de cómo lo hizo en 1954. Ahora fue la presión de Washington la que se impuso sobre las manganetas de los conservadores para frustrar la asunción de Arévalo.

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Claudio Fantini

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