Viernes 3 de diciembre, 2021

MUNDO | 11-11-2021 16:06

Jair Bolsonaro, solitario y acusado

Aislado por su negacionismo frente al cambio climático y el Covid, el presidente de Brasil no pudo ir a la COP26 ni tener bilaterales en el G-20.

Pulsiones oscuras siempre gravitaron sobre Jair Bolsonaro. Y la explicación de su inconcebible deriva se encuentra en la confluencia entre esos impulsos y una marcada dificultad para entender las circunstancias.

Oscuridad y negligencia se hacen visibles en la conducta del presidente de Brasil. Cuando era legislador se visibilizaban en sus recurrentes defensas del crimen de Estado y en sus apologías de torturadores como el coronel Brilhante Ustra. También en su saludo con el ademán de disparar una ametralladora, y en su incontinencia barbárica al atacar con crueles agravios y burlas a mujeres y homosexuales.

Ya convertido en presidente, las pulsiones oscuras mostraron su gravitación cuando trató de imponer que las muertes por Covid sucedían en la cantidad necesaria para que nada se altere en la cotidianeidad de los brasileños y, por ende, en el desempeño de la economía.

Cuando gobernadores, alcaldes y hasta funcionarios de su gobierno actuaron de manera acorde a la circunstancia, tomando medidas para frenar los contagios y acotar el número de muertes, Bolsonaro las saboteó de manera sistemática. Y no actuó de manera solapada, sino con estridencia. Aquí aparece el otro rasgo: la negligencia.

Bolsonaro transitó la pandemia a contramano de las recomendaciones de la OMS y demás principales entidades científicas del mundo. Ni en los peores momentos de colapso sanitario y escalada de muertes dejó de protagonizar escenas grotescas intentando convencer a los brasileños de que no pasaba nada que justificase alterar el ritmo de vida y los hábitos cotidianos.

Comenzaron entonces las denuncias en su contra. Muchas de ellas lo acusaron de lo mismo que lo acusó el informe elaborado en el Senado tras seis meses de analizar lo actuado en la pandemia: crímenes contra la humanidad.

Conviene no perder la dimensión de semejante acusación. Normalmente, de crímenes contra la humanidad se acusa a jerarcas de dictaduras que reprimen ferozmente o a gobernantes de países que traviesan guerras externas o internas. Pero es totalmente anómalo que el acusado sea el presidente de una democracia en tiempos de paz.

Es el mismo presidente que en la cumbre del G20 no pudo tener ni un solo encuentro bilateral y no pudo asistir a la cumbre de cambio climático en Glasgow porque habría sido lapidado de cuestionamientos. Lo reconoció su propio vicepresidente. “Todo el mundo le tiraría piedras”, dijo Hamilton Mourao, aunque victimizándolo como si fuera un visionario incomprendido y denostado por una horda de ignorantes.

Que el presidente de Brasil haya deambulado solitario en el G20 y no haya podido asistir a una cumbre mundial tan importante como la de Glasgow es otra muestra de la insólita situación política que vive el gigante sudamericano.

Pulsiones oscuras y negligencia colocaron a Bolsonaro en el polo exactamente opuesto al que ocupa Ángela Merkel. En el mismo puñado de días en que la líder centroderechista alemana se retira del gobierno rodeada de muestras de admiración en su país y en el mundo, el líder ultraderechista brasileño es marginado en el orbe mientras en la urbe lo acarralan las denuncias.

En la cumbre del G20 Merkel recibió saludos y ovaciones de los demás jefes de Estado, la contracara del Bolsonaro solitario en Roma que ni siquiera pudo viajar a Escocia, debido al repudio generalizado que motivó su actitud frente a la deforestación del Amazonas. Ángela Merkel es, precisamente, una dura acusadora del gesto neroniano con que Jair Bolsonaro deja arder la selva amazónica.

El contraste fue revelador. Aclamada por su inteligencia y equilibrio, empezaba a despedirse del poder la mujer que superó en victorias electorales a Adenauer y Helmut Kohl. Paralelamente, las redes sociales suspendían al presidente brasileño por la difusión de mensajes obtusos con potenciales consecuencias trágicas, y el Senado aprobaba un informe acusándolo de “crímenes contra la humanidad”.

Nada más en las antípodas que Merkel y Bolsonaro. Ella científica y él anti-ciencia. Su doctorado en Química Cuántica le permitió a ella ser la primer gobernante en entender y explicar cómo se desarrollaría la pandemia en el mundo, mientras Bolsonaro difundía teorías conspirativas delirantes.

Merkel se caracterizó por reivindicar y defender el centro contra dos enemigos: el extremismo de izquierda y derecha, y los demagogos que proliferan por izquierda y por derecha. Bolsonaro representa extremismo y demagogia exacerbada.

En el Bundestag, todos los legisladores de centroderecha y centroizquierda saludaron a la canciller con admiración y respeto, mientras al presidente brasileño le gritaban “asesino serial” en la sesión del Senado que aprobó elevar un informe lapidario al Supremo Tribunal Federal, la Fiscalía General y la Corte Penal Internacional de La Haya, acusándolo de crímenes contra la humanidad.

Cuando los senadores empezaron a tratar el informe de lo actuado por el presidente en el escenario de la pandemia, éste no tuvo mejor idea que emitir por sus canales en las redes un trabajo que vincula la vacunación contra el Covid con la propagación del SIDA. Increíble pero cierto. Como si no pudiera establecer una relación entre causas y consecuencias, sólo unos meses después de que lo suspendieran en las redes por sus mensajes potencialmente peligrosos para la salud de millones de personas, Bolsonaro apareció sugiriendo que las vacunas generan Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida.

El video que lo llevaba a una nueva suspensión parecía hecho para darles la razón a los senadores que describieron sus acciones contra el uso de barbijo, la instigación a las aglomeraciones, la paralización del Ministerio de Salud en la circunstancia que lo hace la cartera imprescindible, la propaganda que hizo de la hidroxicloroquina como cura del Covid y las disposiciones que adoptó para obstruir políticas sanitarias implementadas por los gobiernos estaduales y las alcaldías.

Las denuncias se multiplicaban pero Bolsonaro repetía los estropicios que las motivaban, como si no pudiera relacionar las acusaciones con los actos denunciados.

En algo se parece a Abdalá Bucaram, el presidente ecuatoriano que recorría programas de televisión cantando, bailando y haciendo el ridículo, ante la mirada azorada de la sociedad. Si bien dejó dudas institucionales el procedimiento parlamentario que en 1967 lo destituyó por “incapacidad mental para gobernar”, no hay dudas sobre la imposibilidad sicológica de Bucaram para ocupar la presidencia de Ecuador.

Más peligrosos aún son los desequilibrios que evidencia Jair Bolsonaro y lo han convertido en un extraño caso de presidente acusado de cometer crímenes contra la humanidad en una democracia que no está en guerra.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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