Viernes 30 de septiembre, 2022

MUNDO | 15-04-2022 07:40

Las verdaderas razones tras el tembladeral peruano

La escalada de los precios, las protestas y la oposición salvaje que sacudió al débil Pedro Castillo.

Lo único incuestionable que hizo Pedro Castillo desde que llegó a la presidencia, fue dejar de usar ese sombrero que tenía incrustado. Los sombreros tradicionales de Cajamarca son hermosos pero, por su gran tamaño, que un presidente no se lo quite en ningún recinto, ni siquiera cuando expone en el hemiciclo del Congreso, brinda conferencias de prensa o preside reuniones de gabinete, lo hace lucir ridículo.

Semejante sombrero coronando su escasa estatura, le daba a Pedro Castillo un aire de “Speedy González”. Pero además de su velocidad, al personaje animado de la Warner Brothers lo caracterizaba su inteligencia y astucia. Y esos no parecen atributos distintivos del presidente peruano.

Desde que llegó a la presidencia, Castillo no hizo más que cometer errores y pronunciar frases desafortunadas. Todo lo que hizo o dijo generó olas de cuestionamientos. Pero nadie le cuestionó haber dejado de usar el inmenso sombrero blanco como si fuese parte de su cabeza.

Desde entonces, la imagen del presidente lució más seria. Pero las medidas que tomó siguieron evidenciando negligencia y desconocimiento. Por eso cuando se desató el tembladeral económico y sociopolítico que puso al Perú en estado catatónico, poco apostaban por la continuidad de Castillo en el cargo. Hasta su primer ministro puso en duda la continuidad del presidente. Aníbal Torres se limitó a responder “todo puede ocurrir” cuando en conferencia de prensa le preguntaron si era posible que el presidente dejara el cargo.

A esa altura, ya había sobrevivido en el cargo a dos juicios de vacancia, versión peruana del impeachment. Con esas asonadas de golpismo parlamentario, Keiko Fujimori dejaba en claro que la suya es una oposición salvaje. En rigor, una prolongación del intento pos-comicial de impedir que Castillo asuma la presidencia a pesar de que todas las revisiones de los votos verificaban su triunfo.

Pero no sólo el partido fujimorista Fuerza Popular quiso tumbar de entrada al maestro de Cajamarca que venció a la hija del último dictador peruano en la elección presidencial. También Avanza País, el partido derechista liderado Hernando de Soto; una fuerza política que nació en la centroizquierda y terminó volviéndose ultraconservador y neoliberal como su último líder, el ministro de Economía de Fujimori que diseñó y aplicó el “fujishock”.

Resulta paradójico que los dos intentos parlamentarios de destitución hayan tenido como villanos a los legisladores destituyentes y cómo víctima inocente al presidente que pretendían derribar del mismo modo que habían derribado a los presidentes Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra.

Por eso las protestas callejeras que evidenciaron el hartazgo de la sociedad con los personajes que ella misma vota, se dividieron entre los que querían que renuncie Castillo, los que querían el cierre del Congreso y los que querían que se vayan todos; absolutamente todos.

El caos político se veía en las propias movilizaciones, detonadas por la conjunción entre una suba estrepitosa del precio del combustible, empujando una espiral inflacionaria con índices que Perú no veía desde hace 26 años, con las consecuencias del bloqueo de rutas que llevaron a cabo los transportistas, haciendo que las ciudades quedaran virtualmente sitiadas y desabastecidas.

Sumando insensatez, el gobierno de Castillo decretó estado de emergencia y toque de queda. La gota que rebasó el vaso fue el toque de queda, medida desproporcionada que actuó como nafta sobre las llamas. A esa altura, la pregunta es cómo podría mantenerse en el cargo un presidente tan débil.

Débil por haber batido récords en cambios de gabinetes de ministros, y porque cada uno que armaba era peor que el anterior. Débil por decir públicamente cosas que lo dejaban mal parado, porque mostraban ignorancia o negligencia, o ambas. Débil porque además de tener en Keiko Fujimori una enemiga poderosa y sin escrúpulos que no aceptó que él la venciera en las urnas, apoyada en el afán de derribarlo por la derecha autoritaria liderada por De Soto, el presidente tiene archi-enemigos en el partido que lo postuló a la presidencia: Perú Libre.

Ese partido marxista lo encumbró porque su líder, Vladimir Cerrón, tenía condenas por corrupción como gobernador del Departamento Junín. Castillo había cobrado notoriedad como sindicalista docente en una larga huelga contra el gobierno de Kuczynski. A esa notoriedad se agregaba su aire campesino y humilde. La suma de un partido cargado de ideologismos con un candidato como Castillo,  daba como resultado una fórmula anti-sistema que a la sociedad peruana, eternamente defraudada por la corrupción e ineptitud de sus políticos, resultó tentadora.

Pero antes de eso, Castillo había sido “rondero” (que son los campesinos armados que protegen sus propiedades rurales contra las guerrillas izquierdistas) y candidato a intendente en Cajamarca por el partido centroderechista en el que militaba: Perú Posible, que fundó y lideró Alejandro Toledo. Por eso a muchos no le extrañó que a poco de haber nombrado su primer gabinete, echara al primer ministro Guido Bellido, uno de los dirigentes más izquierdistas de Perú Libre, junto con otros ministros del ala más aferrada marxismo de ese partido.

Fue buena la decisión de reemplazar a Bellido por la centroizquierdista Mirtha Vázquez. El único caso en que el reemplazante fue mejor que el reemplazado. Pero los cortocircuitos de Vázquez con varios ministros de pésima reputación causaron otro cambio de Gabinete. Y esta vez generó estupefacción al nombrar en la presidencia del Consejo de Ministros a Héctor Valer, un dirigente que en su periplo por distintos partidos pasó por la derecha dura.

Valer no llegó a durar una semana en el cargo porque no pasó el voto de confianza. Su reemplazante en el nuevo gabinete, el cuarto desde el inicio del mandato el año pasado, fue el controversial Aníbal Torres.

La crisis político-institucional; las destituciones de presidentes y los juicios por corrupción a quienes encabezaron gobiernos desde hace tiempo, son la regla y no la excepción en Perú. Pero desde la dictadura de Fujimori nunca destartalaron el rumbo económico. El modelo que democratizó pero mantuvo en sus lineamientos principales la presidencia de Alejandro Toledo; se consolidó al ser ratificado por un reciclado Alán García en su segundo paso por la jefatura de Estado. Por la misma razón, el rumbo económico se fortaleció al mantenerlo en pié el gobierno encabezado por el ex nacional-populista Ollanta Humala. Y sobrevivió a las caídas de Kuczynski, Merino y Vizcarra.

¿Sobrevivirá también a la conjunción del efecto pandemia, la invasión rusa a Ucrania y el paso de Pedro Castillo por la presidencia?  “Todo puede ocurrir”.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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