Martes 7 de abril, 2020

MUNDO | 28-02-2020 16:32

Los activistas del odio: canteras del racismo

Las masacres recientes prueban que, como el jihadismo, la ultraderecha también tiene “lobos solitarios”.

Los insultos racistas contra un futbolista en Portugal, los disparos matando parroquianos de bares musulmanes en Alemania y la política de segregación en la inmigración a Gran Bretaña no son acontecimientos desconectados. Los vincula la aversión por “el otro” y su modalidad más extrema: el racismo.

Lo que expresa de manera vulgar una hinchada desde la tribuna, también lo expresa el terrorismo de manera criminal, mientras que la política lo hace convirtiendo el odio en discurso y en acción.

En todos los casos, las sociedades muestran falta de anticuerpos morales y culturales para enfrentar al fenómeno en expansión. El jugador negro decidió abandonar el campo de juego en mitad del partido por los insultos racistas, sus compañeros de equipo y algunos jugadores rivales quisieron retenerlo. Pero no era así como debían actuar en semejante circunstancia. Debían irse junto al compañero agraviado por el color de su piel. También los árbitros debían encaminarse a los vestuarios. Pero lo más importante habría sido que los hinchas que no gritaron insultos racistas abandonaran masivamente la tribuna, dejando expuestos a los millares de obtusos que naturalizan el racismo.

Nadie reaccionó como se debe reaccionar en ese estadio portugués, salvo Moussa Marega, el jugador atacado. Tampoco reaccionaron correctamente quienes, en Alemania, consideraron que la masacre en Hanau no debe tratarse como terrorismo ultraderechista, sino como obra de un lunático que consumía teorías conspirativas.

Por cierto, los mensajes del hombre que masacró a parroquianos de dos bares shisha (donde se fuma pipas de agua) mezclan racismo, xenofobia y teorías delirantes. Pero Tobías Rathjen no es un accidente social aislado. Es la versión alemana de un fenómeno que se multiplica: la ultraderecha también produce “lobos solitarios”.

El fenómeno del terrorismo individual, en el que se inmolan en atentados personas que no han tenido contactos directos con organizaciones jihadistas ni han recibido adiestramiento, parecía propiedad exclusiva del ultra-islamismo. Sin embargo, desde hace años vienen produciéndose masacres perpetradas por lobos solitarios que entran en trance exterminador motivados por discursos y publicaciones ultraderechistas. Se trata de racistas y de xenófobos cuyas perturbaciones mentales desembocan en el terrorismo guiadas por dirigencias extremistas que, como ISIS y Al Qaeda, saben conducir hacia la violencia desenfrenada.

Expertos en terrorismo como el francés Jean-Pierre Filiu coinciden en señalar a Anders Breivik como inspirador de esta modalidad de terrorismo, al causar 77 muertes en 2011. El autor de aquella masacre en Oslo, dejó un manifiesto en el que daba razones xenófobas, racistas y ultraderechistas de la acción que se disponía a perpetrar.

La modalidad se repitió ocho años más tarde en la ciudad neozelandesa de Christchurch, donde el sanguinario Brenton Tarrant atacó dos mezquitas causando 51 muertes. “La gran sustitución” se tituló el manifiesto de ese exterminador solitario y en él planteaba una teoría conspirativa sobre el supuesto plan musulmán de terminar con los cristianos blancos mediante la inmigración masiva.

Patrick Crucius publicó un manifiesto en la web antes de encaminarse a cometer una masacre en El Paso, ciudad texana en la frontera con México. En esa proclama, el joven se hace eco de la teoría según la cual Estados Unidos está siendo invadido por los mexicanos, idea que tiene entre sus propagadores nada menos que al mismísimo presidente norteamericano. A pesar del atentado, Donald Trump no hizo ninguna reflexión autocrítica sobre esa constante en sus discursos.

Ya no puede desvincularse el accionar de los lobos solitarios del racismo y la xenofobia. Son los jihadistas de la ultraderecha, que es, a su vez, el brazo político del odio.

El ataque contra musulmanes en la ciudad alemana de Hanau no está desligado de la prédica de grupos como Der Flügel (El Ala), una de las ramas de Alternativa Por Alemania (AFD), el movimiento político con mayor crecimiento en la extrema derecha europea.

Sus posiciones han motivado acciones como el ataque a una sinagoga que dejó dos muertos en la ciudad sajona de Halle, y el asesinato del dirigente conservador Walter Lübcke, acribillado a balazos por defender a refugiados.

Angela Merkel tiene la lucidez de vincular esos crímenes con la ultraderecha, espacio que abarca desde grupos neonazis como Clandestinidad Nacionalsocialista, que mató a nueve extranjeros entre 2002 y 2006, hasta partidos como AFD. Por establecer ese vínculo entre actos terroristas y discurso ultraderechista es que la canciller reaccionó con indignación ante la alianza que su partido había establecido con la ultraderecha en Turingia, para desplazar del gobierno a la izquierda dura.

Si bien Die Linke (La Izquierda) es un descendiente del partido comunista que, con Walter Ulbricht y Erich Honecker, imperó en la RDA y levantó el Muro de Berlín, aliarse con AFD constituye una aberración política. Por eso lo ocurrido en Turingia obligó a Anegret Kramp-Karrembauer, la presidenta de la CDU, a renunciar como líder del partido y como sucesora de Merkel.

La gobernante y sus aliados socialdemócratas entienden que la centro-derecha y la centro-izquierda deben asociarse, antes que aliarse con la ultraderecha y con la ultraizquierda. Si hubieran tenido la misma prioridad Pedro Sánchez y Pablo Casado, el PSOE y el PP habrían formado una “gran coalición” que habría evitado en España el gobierno nacional que incluye a Podemos y a partidos separatistas. También habrían evitado la coalición que incluye a Vox en Andalucía.

Es un tiempo de extremismos. El Partido Conservador británico no cogobierna con el ultranacionalista Nigel Farage, pero le arrebató sus banderas. Por eso se concretó el Brexit y Boris Johnson se apresta a restringir el ingreso de inmigrantes mediante una segregación selectiva.

El primer ministro que quiere cortarles el paso a los pobres sin títulos universitarios, contrató a Andrew Sabisky como asesor de su gobierno, a pesar de ser conocidas sus absurdas teorías racistas.

En este tiempo de tendencias extremas, las sociedades se parecen a la hinchada portuguesa que coreó insultos raciales contra el jugador que decidió abandonar el partido.

Son pocas las dirigencias capaces de entender que el centro ya no es el punto intermedio entre la derecha dura y la izquierda dura, sino el que está en las antípodas de ambas.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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