Martes 7 de abril, 2020

MUNDO | 25-02-2020 08:00

Brasil teme una guerra con Francia

Los militares que secundan a Bolsonaro establecieron la hipótesis de un conflicto con Francia. ¿Absurdo puro o dato revelador?

Entre la incredulidad y la burla osciló la reacción general al estudio de prospectiva militar de Brasil, según el cual tendrá una guerra con Francia, a partir de una controversia que comenzará en el 2035.
El gobierno francés reaccionó negando tal posibilidad con ironía, mientras muchos analistas colocaban esa hipótesis de conflicto en el terreno de las distopías en las que podrían encuadrarse otras aseveraciones planteadas en el informe, llamado “Escenarios de Defensa 2040”. Por cierto, muchas de sus predicciones parecen delirantes. Así suena, por ejemplo, la de un ataque terrorista con un coronavirus en la edición 2039 del festival “Rock en Río”.

Pero aunque constituyan exageraciones con objetivos políticos y presupuestarios, al menos dos de las hipótesis de conflicto visualizan escenarios geopolíticos preponderantes en lo que resta del siglo.
Una de ellas es la invasión brasileña a Santa Cruz de la Sierra. En rigor, de consolidarse en Brasil el modelo político-económico que hoy gobierna y de retornar al poder directa o indirectamente Evo Morales, no solo la elite cruceña sino la de toda la medialuna próspera del oriente boliviano podría intentar separarse del Altiplano y, o bien constituirse en un Estado independiente, o bien ser anexada al Brasil.
De hecho, esta posibilidad alentó el levantamiento contra Evo Morales que encabezó el ultraconservador cruceño Luís Camacho y colocó en la presidencia a Jeanine Añez. El rico oriente impera sobre el Altiplano, o rompe el mapa de Bolivia con apoyo de Brasil. Esa disyuntiva existe, al menos en el plan de la elite cruceña.

También existe una pulseada que da veracidad a la hipótesis de guerra entre Brasil y Francia. Quizá el más crucial de los diferendos mundiales se da sobre el calentamiento global y enfrenta a los liderazgos “negacionistas”, encabezados por Donald Trump, con los liderazgos que priorizan la lucha contra el cambio climático.

Los negacionistas rechazan que la acción humana esté causando un daño irreversible al medio ambiente. El presidente norteamericano está en esa vereda, defendiendo de paso la producción de energía mediante combustibles fósiles. Lo acompaña el presidente de Brasil, aunque su principal motivación, además de su adhesión a la visión geopolítica planteada en 1931 por Mario Travassos en su libro “Aspectos Geográficos Sudamericanos”, es favorecer a intereses ligados a la deforestación de la Amazonia para ampliar la superficie agropecuaria.

En la vereda enfrentada a los negacionistas, está la Unión Europea y  Francia es su vocero más audible. Por eso en el 2019 fue Emmanuel Macron quien reclamó a Jair Bolsonaro actuar contra los incendios de bosques amazónicos, exigencia que equivalió a denunciar que la inacción del gobierno brasileño era deliberada, para favorecer la deforestación.

La reacción de Bolsonaro también revela el conflicto crucial del siglo 21. Acusó a Francia de colonialismo al pretender decidir sobre territorios que pertenecen a Brasil. Esa es la gran discusión de este tiempo amenazado por el calentamiento global: los pulmones del planeta ¿deben estar bajo soberanía de los países donde se encuentran o deben estar protegidos por el interés global de la preservación del planeta?

Tiene lógica pensar que en su análisis estratégico Europa considere que a los bosques amazónicos los preservarían mejor los pueblos nativos. De hecho, los indígenas son los mejores ambientalistas porque consideran su hogar a la naturaleza que habitan tal como es. O sea, son enemigos culturales de toda transformación operada  por el ser humano sobre la naturaleza.

Los estados existentes tienen intereses opuestos a esa visión. Por eso los pulmones del planeta como la Amazonia estarían mejor protegidos si se crearan estados soberanos para las etnias nativas.
Esas etnias han sido y son, además, víctimas directas o indirectas de los estados que imperan sobre sus tierras. Un caso paradigmático es el pueblo yanomami, esparcido en millones de hectáreas entre Brasil y Venezuela.

La dictadura militar brasileña avasalló a los yanomamis en la década del 70, con carreteras que alteraron su hábitat. Y en la década siguiente, el Estado los desprotegió ante la invasión de “garimpeiros”, buscadores de oro que causaron un genocidio.

Tendría lógica que Europa y sus aliados preservacionistas instiguen la emancipación de los yanomamis y de otras etnias amazónicas, entrando en guerra contra Brasil cuando intente aplastar secesionismos. Eso ocurriría a partir del 2035, según la prospectiva elaborada por el Ministerio de Defensa brasileño.

Seguramente, plantear esta hipótesis de conflicto, y no otras que sonarían más realistas, como una guerra colombo-brasileña contra el régimen de Venezuela, entre otras causas por el éxodo que altera la demografía en estados brasileños como Roraima, tiene por objetivo incrementar el presupuesto militar.

Bolsonaro se identifica plenamente con las Fuerzas Armadas, su gobierno está repleto de militares (al hasta ahora jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Walter Braga Netto, es desde la semana pasada  el jefe de gabinete), y los apoya en que hay que reforzar la defensa adquiriendo portaaviones, buques artillados y aviones P-3 Orion entre otros armamentos.

A eso suma su desprecio por Macron, compartido por Trump, con quien también comparte antipatía por Europa en general y por Francia en particular, a pesar de los tratados de cooperación militar que Brasilia tiene con París para dotarse principalmente de submarinos nucleares.

La profundidad de la transformación económica que encara el ministro Paulo Guedes señala que el modelo expresado por Bolsonaro llegó para quedarse. Y eso implica que continuará la deforestación de la Amazonia, acrecentando las tensiones con Europa.

Si el modelo político ultraconservador que instala Trump también logra continuar durante décadas, habrá un eje negacionista Washington-Brasilia. Y si en Europa sigue predominando la visión que alerta sobre el calentamiento global, que ambos ejes choquen en la Amazonia no sería descabellado.

En definitiva, aunque no parezca, Francia y Brasil son países limítrofes porque de los 1.300 kilómetros de frontera que tiene la Guyana Francesa, más de la mitad la separa de Brasil y el resto de Surinam.
París podría ir acumulando fuerzas militares en ese territorio de ultramar que posee en Sudamérica, para apoyar la proclamación del Estado Yanomami en el 2035, al que intentará aplastar Brasil. Suena distópico. El problema es que las tensiones geopolíticas que irán creciendo al ritmo del cambio climático esbozan un mundo con muchos rasgos de distopía. 

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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