MUNDO | 09-07-2022 11:39

Otra vez un mundo partido en dos

Vuelve a dividirse como en la segunda mitad del siglo 20. Pero separar a las economías rusa y china será mucho más complejo y conflictivo.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, Clemenceau tomó un término de la medicina para explicar el sistema de alianzas que sería necesario para que la Rusia bolchevique no pueda expandir por Europa el comunismo. Aquel primer ministro francés llamó “cordón sanitario” al cerco geopolítico que imaginaba. La creación de la OTAN y su consecuencia inmediata, el Pacto de Varsovia, fueron la expresión de la división del mundo que comenzaba en el lado occidental del hemisferio norte.

El “cordón sanitario” se extendió hacia el sur-este cuando Mao Tse-tung creó la República Popular China. Para cercar al gigante comunista que había irrumpido al comenzar la década del ´50, con una amenaza marxista que se expandía debido al triunfo del Vietminh sobre los franceses en la Península Indochina, fue creada la SEATO (Organización del Tratado del Sudeste Asiático), una alianza entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia con Australia, Nueva Zelanda, Pakistán, Tailandia y Filipinas. La segunda mitad del siglo 20 comenzaba con el mundo partido en dos y así está empezando la tercera década del siglo 21.

En el anterior documento Concepto Estratégico de la alianza atlántica, redactado en el 2010, no se menciona a China, mientras que con Rusia se merodea la calificación de “aliado estratégico”. Doce años después, Rusia y China vuelven a ser considerados enemigos temibles. Por eso la última cumbre de la OTAN establece como urgencia impedir que Vladimir Putin triunfe en Ucrania, o acotar lo máximo posible esa victoria, ampliando y reforzando militarmente el cerco euro-norteamericano para impedirle nuevas guerras de conquista territorial. Y al mismo tiempo, se plantea como cuestión de fondo extender nuevamente el “cordón sanitario” hacia el este.

Un mundo dividido.

El objetivo de esta extensión es contener la expansión territorial de China en las aguas marinas y en las islas e islotes que estas contienen. Por eso el otro dato inédito de la cumbre en Madrid fue la presencia de Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda y Australia en calidad de invitados especiales. Además de ser vecinos de China, tienen al gigante asiático como principal socio comercial. Para Tokio, Seúl, Canberra y Wellington, enfrentar a China tiene costos elevadísimos. Hace una década, Japón sufrió una fuerte recesión cuando en China se aplicó un boicot contra sus productos.

Pero la dimensión más importante de lo que se plantean las potencias de Occidente respecto a China, es bloquear la expansión de su influencia y gravitación en otros continentes, que crece aceleradamente mediante el desarrollo de infraestructura en el marco de la llamada “Nueva Ruta de la Seda”.

Desarrollando infraestructura, penetra en continentes y agiganta una órbita de influencia. Contrarrestar esa influencia está entre las prioridades geopolíticas de Washington. A eso se refirió Joe Biden cuando planteó la necesidad de impulsar alianzas de cooperación norte-sur para el desarrollo de infraestructura, algo así como una contra-Ruta de la Seda.

Un mundo dividido.

El hecho es que las cumbres del G7 y de la OTAN trazaron la línea de puntos por la que pasará la tijera. No se trata de una decisión exclusivamente occidental. La invasión de Rusia a Ucrania es la parte que aportó el Kremlin a este retroceso, mientras que el aporte chino es el abrupto desconocimiento del acuerdo para el traspaso de Hong Kong y los tambores de guerra que están aturdiendo a Taiwán.

El mundo vuelve a partirse en dos y todo indica que así atravesará el siglo 21. El desafío urgente es la pulseada que están librando Rusia y la OTAN con los codos apoyados sobre Ucrania. En la cumbre de Madrid, después de que Turquía acordara con Helsinki y Estocolmo qué hacer con los kurdos que Erdogán considera terroristas, quedó abierta la puerta de la alianza atlántica al ingreso de Suecia y Finlandia.

El crecimiento de la OTAN es el tiro por la culata de Putin, quien invadió Ucrania para evitar precisamente eso. Pero el presidente ruso planea responder haciendo crecer el territorio de su país. A la expansión territorial que implica incorporar a Rusia todo el este y sur de Ucrania, Putin añadirá la anexión de Bielorrusia.

Ese crecimiento territorial llevará las fronteras de Rusia a pocos kilómetros de Kiev acrecentando el cerco ruso sobre Ucrania, al mismo tiempo que eleva la presión sobre Polonia y sobre dos países bálticos: Lituania y Letonia. La incorporación de Bielorrusia a Rusia no implicará una invasión violenta. Será una anexión por absorción, como fue la anexión de Austria al III Reich mediante el Anschluss.

El régimen de Minsk no opondrá resistencia porque se ha convertido en vasallo del Moscú. Primero, Aleksandr Lukashenko quitó a los bielorrusos la democracia. Y pronto les quitará el país para entregárselo a Rusia. Así le pagará a Putin haber salvado su poder de la indignación popular que estalló por el fraude electoral en los comicios presidenciales del 2020.

“No dejaré que nadie regale nuestro país”, afirmó descaradamente Lukashenko ante sus seguidores cuando enfrentaba con represión a las multitudinarias protestas. Pero es él quien ahora lo envuelve y adorna con un moño para entregarlo a Rusia. Anexando Bielorrusia, Putin compensará de algún modo el crecimiento de la OTAN con la incorporación de Finlandia y Suecia.

Un mundo dividido.

Además de alcanzar el objetivo de arrebatar a Ucrania la costa del Mar Negro conquistando Odesa y uniendo Crimea con Transnitria, Putin quedará en posición inmejorable para invadir otro país: Moldavia.

Estos planes rusos, más los que está poniendo en marcha China y la decisión norteamericana de retener el liderazgo mundial, es lo que está partiendo otra vez el mundo en dos. Las potencias pusieron la marcha atrás y el orden mundial regresa a las dos décadas previas a 1977.

Ese año se disolvió la SEATO porque el abrazo de Nixon y Mao por el entendimiento Washington-Pekín que habían negociado Kissinger y Chou En-lai, hizo que perdiera sentido aquel tramo del cordón sanitario. Pero hoy, al borde de cumplir cien años, Kissinger afirma que “ésta Guerra Fría es más peligrosa que la anterior”.

Lo indudable es que partir el mundo es mucho más difícil hoy que en el siglo 20. Ocurre que la Rusia soviética y la China comunista estaban desconectadas de las potencias occidentales y otros capitalismos del mundo. En cambio, las actuales Rusia y China son capitalistas y están híper-conectadas con la economía global.En particular la gigantesca economía china. Y separar cuerpos siameses causará dolores desconocidos.

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Claudio Fantini

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