Viernes 9 de diciembre, 2022

MUNDO | 09-10-2022 00:14

Brasil, un país de paradojas

La elección más polarizada de la historia obliga a quienes pasaron al ballotage a moderarse y a correrse al centro.

El proceso electoral brasileño está colmado de paradojas. Una de ellas es que el mayor derrotado en la primera vuelta no fue ninguno de los candidatos que no llegaron siquiera al uno por ciento de los votos, sino alguien que no estaba postulado: Sergio Moro.

El ex juez de Curitiba no llegó a candidatearse porque su partido, Unión Brasil, entendió que haría un papelón electoral difícil de remontar en el futuro. A eso se sumó que el resultado de la primera vuelta fue el peor para el magistrado que encarceló a Lula y que después se peleó con Jair Bolsonaro.

Los dos líderes a los que Moro enfrentó de diferentes modos, tuvieron razones para sentirse fortalecidos. En cambio a él no le quedó otra alternativa que optar por uno de ellos, y anunció su apoyo al candidato ultraconservador.

Lula da Silva ganó la primera votación quedando a menos de dos puntos del 50 por ciento de los sufragios. Jair Bolsonaro quedó segundo, pero sólo cinco puntos por debajo del líder del PT, o sea casi diez puntos por encima de lo que vaticinaban las encuestas y con posibilidades, aunque tenues, de revertir el resultado. Al primero, Sergio Moro lo encarceló para abrir el paso al triunfo electoral del segundo, quién le pagó el favor con un superministerio de Justicia y Seguridad. Pero poco después se enfrentaron y terminó yéndose del gobierno bajo una lluvia de críticas lanzadas por el líder al que ahora da su apoyo.

Fotogaleria El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, participa durante un evento, en Brasilia, Brasil

El ex juez del Lava Jato es el eslabón crucial entre Lula y Bolsonaro, porque su acción convirtió al primero en presidiario y al segundo en presidente. Cuatro años después, apoya al hombre al que había acusado de violar la ley y de atacar la democracia.

Otros dos juristas relevantes tomaron la posición contraria. El ex presidente del Tribunal Superior de Justicia de Brasil, Joaquim Barbosa, describió a Bolsonaro como “un ser humano abyecto, despreciable, al que hay que evitar”. Agregó que el presidente “no es un hombre serio, no es apto para gobernar, no está a la altura, no tiene dignidad para ocupar un cargo de esa relevancia”, además de explicar lo que sabe Itamaraty y los diplomáticos del mundo: los gobernantes de los países democráticos tratan de evitarlo porque lo consideran un impresentable.

A Barbosa lo nombró Lula, pero siempre actuó con independencia y fue quien impulsó hasta las últimas consecuencias el proceso anticorrupción conocido como “Mensalao”, llevando a la cárcel a pesos pesados del gobierno petista y del PT, como José Dirceu y José Genoino.

El otro jurista notable que se pronunció a contramano de lo que acaba de hacer Sergio Moro, es el ex ministro de Justicia de Fernando Henrique Cardoso y uno de los que pidió impeachment contra Dilma Rousseff, razón por la que nadie sospecharía de “lulismo” o “izquierdismo” en su toma de posición. Miguel Reale Junior reclamó votar a Lula diciendo que “Brasil no aguanta cuatro años más de Bolsonaro, con amenazas de golpe, ataques al Tribunal Superior Federal y falta total de empatía con los que sufren”.

Jair Bolsonaro y Paulo Guedes

Ni Barbosa ni Reale hablaron bien del líder del PT. Lo que hicieron fue hablar mal del actual presidente y pedir que el voto lo saque del cargo desde el cual atentó contra la Constitución y sus instituciones.La otra aparente paradoja es que las encuestas acertaron y erraron al mismo tiempo. Los votos que obtuvo Bolsonaro fueron casi diez puntos más de lo que vaticinaban las encuestas. Sin embargo, Lula obtuvo casi exactamente el porcentaje que señalaba el promedio de los sondeos.

¿Qué revela el acierto con Lula y el error con Bolsonaro? Que hubo una porción significativa de encuestados que a los encuestadores le ocultaron o mintieron el candidato que realmente pensaban votar. Ambas paradojas obligan a los candidatos a moderar sus discursos, lo cual generará una nueva situación paradojal: los candidatos de la polarización total, para ganar deben conquistar al electorado centrista que no votó por ellos en la primera vuelta. 

El más obligado a desideologizar no sólo las formas sino también sus contenidos, es Bolsonaro. Los ciudadanos de tendencia conservadora que no lo votaron en la primera ronda, rechazan la violencia gestual y verbal que caracteriza al presidente. También su extremismo y sus pulsiones golpistas.

Bolsonaro tendrá que evaluar otra paradoja: si alcanzó el 43% no fue sólo porque la inseguridad hace que hasta en la clase baja (o sobre todo en los sectores más vulnerables de la sociedad) haya niveles de miedo y estrés que hacen cotizar alto las políticas de mano dura; también fueron las medidas económicas del ministro Paulo Guedes que van a contramano de la ortodoxia que predica.

Los subsidios a gran escala que se otorgaron durante y después de la pandemia, medidas proteccionistas para ciertos sectores empresariales y las reducciones impositivas cuestionadas por economistas liberales como insostenibles y contraproducentes, pero que redujeron precios en productos de consumo cotidiano, explican buena parte del sorpresivo resultado que deja a Bolsonaro con chances de dar vuelta el resultado en el ballotage. Guedes, que creció dentro de la Escuela de Chicago y adhirió la Escuela Austriaca, aportó muchos votos pero con medidas más cercanas a la heterodoxia.

Fotogaleria Aficionados a la música sostienen una toalla con el rostro del ex presidente y candidato brasileño Luiz Inácio Lula da Silva durante la actuación de la cantante pop brasileña Luisa Sonza

También el candidato del PT está obligado a buscar el centro. Lula ya tenía el apoyo de la dirigencia centrista y centroderechista más notable. Esas dirigencias entienden que los defectos de Lula y la corrupción del PT no son más graves que tener un presidente negacionista del covid y del cambio climático, capaz de anular al Ministerio de Salud durante una pandemia y de tocar la lira de Nerón mientras arden los bosques amazónicos.

Pero esos dirigentes de la centroderecha no lograron que una parte significativa de sus bases votaran al candidato que les señalaban como la opción más moderada y menos peligrosa para la democracia.

Por eso Lula tendrá que mostrar no sólo una coalición que incluya a la centroderecha y limpiar de ideologismos su discurso. También tendrá que desistir de esa doble cara con la que jugó cuando estaba en la presidencia: hacia adentro era pragmático y apoyaba a los empresarios, mientras en el escenario regional posaba de izquierdista y practicaba un amiguismo irresponsable con líderes populistas radicalizados. Bolsonaro tendrá que posar de persona equilibrada y respetuosa de los adversarios, las instituciones y las reglas de la democracia, mientras que a Lula ya no le alcanza con ser pragmático y moderado: ahora, además, debe parecerlo. 

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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