Martes 28 de septiembre, 2021

MUNDO | 04-09-2021 13:05

Por qué ISIS-K es la rama más peligrosa del terrorismo

El talibanismo aspira a un emirato, un país, mientras que ISIS procura un califato, un imperio.

En materia de conflicto y violencia, en el siglo 21 la centralidad se instaló en un margen inhóspito. Afganistán es el hipocentro del sismo que sacude la primera mitad del siglo 21.

Si al siglo 20 lo marcaron las guerras mundiales, la bomba atómica, la carrera espacial y el nacimiento y el final de la Unión Soviética, el siguiente comenzó con la postal aterradora que anunció el rasgo político principal: aviones entrando como dagas en las torres gemelas de Manhattan.

Fue la primera acción terrorista que alcanzaba el rango de genocidio y el primer atentado realizado con miles de cámaras retratándolo. Aquella escalofriante escena vaticinaba el mayor peligro en el escenario mundial: el terrorismo ultra-islamista.

La neurona que planeó el 11-S estaba en Afganistán porque se había originado en ese remoto país. Allí, Osama Bin Laden creó la primera organización terrorista global. Lo demás fue clonación del fanatismo.

Como el coronavirus, cada mutación produjo una variante más peligrosa. Los talibanes se originaron en la etnia pashtún del lado paquistaní del Pashtunstán. Los talib (estudiantes) de las madrasas tomaron las armas para imponer la versión más radical del Corán y del Pashtunwali, ancestral código de honor de los pashtunes.

Crearon un régimen en el lado afgano de la frontera, donde Osama Bin Laden los ayudó a triunfar sobre las demás facciones armadas que peleaban entre si desde la retirada soviética. Y fue el poder detrás del trono del régimen inquisidor que derribaron los norteamericanos después del 11-S.

Ahora que los talibanes han recuperado el poder, irrumpe la variante incubada en su propio ceno. En la década anterior, los miembros más jóvenes del Terik e-Talibán del Pakistán cuestionaron a sus líderes y a los talibanes afganos ser moderados y blandos para combatir y castigar a infieles, apóstatas, herejes y pecadores.

Para esos jóvenes, los talibanes paquistaníes del valle del río Swat, o sea los que en el 2012 subieron a un ómnibus escolar y le dispararon a la cabeza a Malala Yousafsai, eran “blandos”.

Con ese argumento, en el 2015 se autoproclamaron el brazo centroasiático de ISIS. La letra K que agregaron a la sigla es por Khorasán, que en farsi quiere decir “donde sale el sol” y es la palabra con que el antiguo imperio persa llamó a sus confines orientales.

Actualmente es el nombre de una de las 31 provincias iraníes pero, en la antigüedad, Khorasan abarcaba el Este de Irán y vastos territorios en Afganistán, Pakistán, Turkmenistán, Tayikistán y Uzbekistán.

Los talibanes aceleraron su marcha hacia Kabul porque sabían que ISIS-Khorasán aprovecharía los ojos del mundo puestos sobre el aeropuerto de Kabul por la partida norteamericana, para hacer su sanguinaria presentación ante la sociedad global.

En el Consejo de Seguridad de ONU se habla desde hace tiempo del ISIS-K y Joe Biden lo había mencionado al explicar su apuro para terminar la evacuación. Días después, un yihadista suicida causó casi doscientas muertes.

ISIS-K y los talibanes son demencialmente radicales interpretando el Corán y los hádices, compilación de dichos y actos de Mahoma que establecen la cosmovisión islámica desde el dogma y los rituales hasta la conducta en la vida cotidiana. La diferencia política es que el talibanismo aspira a un emirato, mientras que ISIS procura un califato. El emirato impera en un país y el califato es un imperio.

Cuando los talibanes llegaron al poder, proclamaron el emirato de Afganistán, mientras que el ISIS llamó califato a los territorios sirios e iraquíes que habían conquistado.

El proyecto talibán es local pero ISIS tiene un proyecto imperial que empezó a incubarse en Al Qaeda, organización que en sus bases fundacionales anunciaba la aspiración de recrear el Imperio Otomano haciéndolo llegar desde Al Andaluz (antigua España mora) hasta Bujará y Samarkanda, ciudades emblemáticas del Khorasán.

ISIS surgió de Al Qaeda, cuando su brazo iraquí, Al Qaeda Mesopotamia, se escindió para zambullirse en la guerra civil de Siria. Y así como decapitando en cámara proclamó ser más brutal que Al Qaeda, ISIS-K demostró ser más sanguinario que los brutales talibanes.

Los yihadistas causaron masacres en escuelas de niñas afganas y uno de los setenta ataques perpetrados en el último año fue en la maternidad de un hospital de Kabul, donde mataron decenas de mujeres embarazadas y parturientas. Para ISIS es legítimo matar chiitas incluso en el vientre de sus madres, y las mujeres masacradas en la maternidad eran hazaras.

Igual que los talibanes, ISIS-K considera que esa etnia de raza mongoloide y cultura pérsica (habla farsi y profesa el chiismo como los iraníes) debe ser exterminada. ¿La razón? Como todo salafismo sunita, el radicalismo pashtún considera al chiismo una herejía.

El brazo de ISIS y los talibanes son archi-enemigos, pero ambos constituyen una amenaza, principalmente, para mujeres, homosexuales y hazaras.

La etnia que dejó como huella el paso de los ejércitos del Gengis Kan por esas tierras, está en la mira. Por eso si Irán no se concentrara solamente en gravitar sobre Medio Oriente y complicar la existencia de Israel, tendría que hacer lo que hizo Vietnam en 1978, cuando invadió Camboya para destruir el régimen que perpetraba un genocidio.

Irán debería acudir en defensa de los chiitas afganos no sólo abriendo su frontera; también invadiendo al menos Hazarajat, la región de los hazaras.

La etapa que ha comenzado podría incluir capítulos insólitos, como una invasión iraní con aprobación de Washington, o una alianza entre norteamericanos y talibanes para combatir al enemigo común: ISIS-K.

EE.UU. debe optar entre los talibanes o el riesgo de que ISIS-K consolide su control sobre la provincia de Nangarhar o, peor aún, amplíe el territorio que controla para adiestrar en ellos a yihadistas que luego instalen células en otras latitudes. Los talibanes deben optar entre un gobierno moderado conducido por Abdul Ghani Baradar, o pactar con ISIS-K y convertir Afganistán en base del yihadismo global, comenzando por aliarse al Movimiento Islámico del Turkestán Oriental para ayudar a Xinjiang a separarse de China.

De tal modo, China debe considerar una colaboración estratégica con Estados Unidos sino quiere que el separatismo uigur (etnia musulmana de Xinjiang) pueda ser alimentado desde Afganistán. Y Rusia lo mismo, para evitar que desde el territorio afgano vuelvan a colaborar con el independentismo musulmán caucásico.

Desde milicias locales ancladas en pasados remotos, hasta las superpotencias que se disputan el liderazgo global, convergen en ese país que, desde la periferia, se ha convertido en centro del mundo.

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Claudio Fantini

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