Tuesday 17 de February, 2026

MUNDO | 20-01-2026 03:27

Trump en modo emperador

El jefe de la Casa Blanca ha entrado en trance conquistador, generando el insólito peligro de una guerra entre Estados Unidos y Europa.

Todavía no había terminado de ser el capitán Sparrow comandando a sus piratas del Caribe cuando Donald Trump empezó a interpretar el papel de Olaf el Vikingo, actuando como conquistador de helados rincones del Ártico.

Hägar the Horrible es el nombre original del personaje creado por el historietista norteamericano Dik Browne en la década del ’70; un vikingo obeso que disfrutaba atacando Inglaterra y comarcas del norte de Europa, premiando con vino en borracheras interminables la embriaguez de poder que saciaba invadiendo territorios y destruyendo castillos.

Con estupor, los groenlandeses, los daneses y el resto de los europeos vieron en Trump la imagen del glotón pelirrojo que, guiado por gulas indomables, hace estragos en el Atlántico Norte y se llama Olaf en la versión del comic para los países de habla castellana.

En trance de guerrero conquistador, Trump se parece al desopilante personaje de Johnny Depp en La Maldición del Perla Negra y demás capítulos de la saga, porque también el jefe de la Casa Blanca ingresó en la dimensión del absurdo al lanzar un espectacular ataque quirúrgico en Venezuela capturando a la cabeza de la dictadura chavista pero dejando el resto del régimen en el poder, ahora convertido en vasallo de su infinita sed de petróleo. Y a renglón seguido, se asemejó al personaje de Dik Brown al que guiaba su irresponsabilidad negligente y su ignorancia.

Europa lleva un año imaginando un conflicto directo con Rusia, pero al escuchar nuevamente la amenaza de Trump exigiendo a Dinamarca que le venda Groenlandia, asumió que también debe imaginarse en guerra con Estados Unidos. Sucede que, viendo actuar al autócrata en gestación con pose de emperador americano, no puede descartar un desembarco de tropas estadounidenses y la toma de los edificios gubernamentales de Nuuk, la capital de la gigantesca isla situada entre Islandia y Canadá.

Trump entró en un delirante trance conquistador y, con la personalidad de un chico caprichoso y rencoroso, parece gritarle al mundo occidental: “si no me reconocieron como líder de la paz dándome el Premio Nobel, ahora me conocerán como un guerrero que conquista riquezas y territorios”.

Resulta difícil explicar desde el sentido común que hizo de los países del noroccidentales prósperas democracias capitalistas, que un presidente norteamericano esté amenazando a Dinamarca y al resto de Europa con invadir Groenlandia y entrar en guerra con esos antiguos aliados, si el reino escandinavo no acepta vendérselo. Casi como el “plata o plomo” con que Pablo Escobar daba a quienes presionaba por algún motivo la opción de volverse ricos o morir acribillados.

Mientras en Venezuela desarrolla un experimento que consiste en convertir al régimen más anti-norteamericano de Sudamérica en un régimen vasallo que pone el petróleo y demás riquezas minerales en sus manos, en el Atlántico Norte destruye compromisos históricos de Washington.

El magnate neoyorquino rebate el estupor europeo explicando que la superpotencia occidental ya ha comprado territorios a Dinamarca, lo cual es cierto. En 1917, Woodrow Wilson compró las Indias Occidentales Danesas, tres islas (Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz) que pasaron a integrar el territorio norteamericano de las Islas Vírgenes.

La diferencia de la que no habla Trump es que Dinamarca aceptó aquella propuesta formulada sin amenazas de ningún tipo, porque tenía dificultades económicas para mantener esas posesiones de ultramar. O sea, fue una transacción acordada en buenos términos, no una adquisición impuesta a punta de pistola. Además, en el acuerdo con que culminó la negociación, se establece que Estados Unidos reconoce la soberanía de Dinamarca sobre Groenlandia. De tal modo, el líder ultraconservador está borrando con el codo lo que firmó la mano del presidente Wilson.

También Rusia estaba con dificultades económicas y temía no poder resistir militarmente una invasión de Alaska por parte de los ejércitos británicos que ocupaban Canadá, cuando el zar Alejandro II decidió vender ese territorio a Estados Unidos, negociando con el presidente Andrew Jackson.

Ninguno de esos casos es comparable a lo que significa hoy amenazar a Europa con ocupar por la fuerza Groenlandia, si Dinamarca no acepta vendérsela.

Es probable que, si Trump aún no retiró a Estados Unidos de la OTAN, sea porque de ese modo neutraliza el artículo 5, según el cual si un miembro de la alianza atlántica es atacado los otros miembros deben acudir en su defensa. Un caso como éste no encaja en el quinto postulado de la Carta Atlántica, porque hoy Washington es parte de la alianza. Ergo, sería un país de la OTAN el que invade otro país de la OTAN y eso no está contemplado en el documento fundacional de la coalición militar.

Que Estados Unidos integre la alianza desnuda la falacia de Trump al afirmar que su país necesita Groenlandia por razones de seguridad. La realidad es que, formando parte de la OTAN, los norteamericanos pueden poner las bases que requiera garantizar su seguridad. De hecho, durante la Guerra Fría llegó a tener 17 asentamientos militares, de los cuales desmanteló 16 cuando desapareció la amenaza soviética.

La realidad evidente es que nada garantiza más seguridad a Estados Unidos que la OTAN.

Lo que verdaderamente quiere el líder republicano es acceder a las riquezas minerales que van quedando expuestas al retirarse los hielos por el avance del cambio climático. Eso prueba que también es falaz su negacionismo del calentamiento global. Sabe que eso ocurre y está afectando la biósfera aceleradamente, pero en lugar de actuar para preservar el hábitat de la especie humana, se concentra en explotar algunas de sus consecuencias, como el derretimiento de los glaciares árticos y antárticos.

Ni siquiera oculta bien ese objetivo miserable. Igual que con Venezuela, donde tras capturar al dictador nada habló de liberar a los presos políticos, restituir libertades y sumar figuras de la disidencia a un gobierno de coalición con el chavismo, garantizando una transición hacia la democracia.

De lo único que habla es de petróleo, y comete otra notable negligencia: creer que convencerá a las empresas petroleras de que inviertan en un experimento político que no puede garantizar nada ni en el corto plazo.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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