Domingo 26 de junio, 2022

MUNDO | 09-01-2022 00:03

Ucrania en la mira

La alarmante escalada de tensión parece revelar la decisión de Vladimir Putin de invadir a su vecino. El temor de Kiev.

El jefe del Kremlin parece dispuesto a movimientos expansionistas que parecen inspirados en el Tercer Reich: el Anschluss y la invasión de Polonia. En 1938, Hitler produjo la anexión sin guerra de Austria, conocida como Anschluss (unión). Y un año más tarde concretó la invasión de Polonia que comenzó por Dansig, con población germánica.

Vladimir Putin podría lograr una anexión por absorción de Bielorrusia, como la que en 1938 convirtió a Austria en la “Ostmark” “Marca del Este”. Ni siquiera encontraría en Aleksandr Lukashenko la resistencia que Hitler encontró en el canciller austriaco Kurt Schuschnigg.

En cambio, la invasión de Ucrania se parecerá a la de Polonia en 1939, aunque no tomará por sorpresa a nadie, como la “guerra relámpago” (blitzkrieg) que lanzó Alemania. Los enclaves ruso parlantes de Donestk y Lugansk serán la Dansig ucraniana por donde comenzaría la invasión de Rusia. En realidad, esa invasión ya empezó porque, si bien las tropas rusas aún no traspasaron la frontera, la advertencia que Putin le hizo a Volodimir Zelenski le recorta el territorio.

El presidente ruso advirtió a su par ucraniano que, si el ejército de Ucrania ingresa a Donestk y Lugansk, los más de 150 mil soldados rusos acumulados en la frontera ingresarán con sus divisiones blindadas y entrarán en combate directo. Esa advertencia, en sí misma, acompañada por la acumulación descomunal de efectivos y blindados a tan pocos kilómetros de los territorios secesionistas, implica una ocupación rusa que empuja la frontera hacia el Oeste acercándola a Kiev.

Las amenazas de sanciones económicas que cacarean las potencias occidentales, incluida el significativo anuncio del canciller alemán Olaf Scholz de clausurar al proyecto Nord Stream 2, enorme gasoducto que llevará gas natural ruso a Alemania, ya no pueden retrotraer la geografía de Ucrania al momento previo a la advertencia del Kremlin. Desde la amenaza de lanzar el ejército ruso sobre el ucraniano en la región del Donbass, Kiev tiene su soberanía restringida en esa parte del territorio.

Difícilmente Putin no cumpla con lo anunciado en caso que Zelenski lo desafíe enviando al ejército a recuperar el control de los territorios separatistas.

Con que todo quede como está, el ganador es Putin. Pero sobre el Kremlin sigue rondando el temor a que la OTAN incorpore a Ucrania. Por esa posibilidad es que tal vez el plan del presidente ruso sea invadir, aunque el ejército ucraniano no avance sobre los enclaves separatistas. Y si ese es el plan, podría incluir un acuerdo con Xi Jinping para que, si China ha decido invadir Taiwán, lo haga en los mismos días en que Rusia invada Ucrania.

La simultaneidad de acciones militares de semejante envergadura desbordaría a las potencias de Occidente. Es difícil descartar que los líderes de Rusia y China hayan hablado sobre la posibilidad de sincronizar las invasiones que respectivamente anhelan.

En el caso de Ucrania, la escalada en marcha no sólo hace rondar el fantasma del Anschluss y de Dansig. También el fantasma de la “Crisis de los Misiles” ha comenzado a deambular por el Este europeo.

En el electrizante octubre de 1962, el mundo quedó a la sombra de una amenaza nuclear y, casi sesenta años más tarde, el peligro insinúa repetirse. Esta vez, el epicentro no está en el Caribe, sino en Ucrania. Si el viceministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguei Ryabkov, dijo lo que dijo a la agencia oficial RIA Novosti, es porque el Kremlin le está anunciando a la Casa Blanca que a un despliegue de misiles nucleares de mediano alcance en Europa responderá desplegando el arsenal nuclear de Rusia, y a un ataque atómico occidental responderá con un ataque atómico contra Occidente.

La escalada del ’62 había comenzado cuando Estados Unidos detectó misiles nucleares soviéticos en Cuba. John Kennedy, Nikita Jrushev y Fidel Castro caminaron por la cornisa de un holocausto. El infierno se abría producido si aquel jefe del Kremlin hubiera aceptado la recomendación del líder cubano de lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos si la potencia occidental atacaba la isla, y si Washington hubiera respondido con un bombardeo convencional o con una invasión al derribo por la artillería antiaérea soviética de un Lockheed U-2 que realizaba vuelos rasantes sobre Cuba.

Khrushev no aceptó la sugerencia de Castro ni Kennedy respondió con un ataque a Cuba el derribo de su avión espía. Pero el riesgo de que ocurriera fue inmenso. El líder cubano era partidario de responder un ataque convencional con una deflagración nuclear. Años después de la muerte de Jrushev, Castro comenzó a acusar a aquel líder soviético por el acuerdo que había alcanzado con el presidente norteamericano, aceptando retirar los misiles de Cuba a cambio del compromiso de Washington de no atacar la isla y el retiro de los misiles nucleares que apuntaban a la Unión Soviética desde Turquía.

Por las mismas cornisas caminarán Rusia y las potencias de Occidente si no logran revertir la actual pulseada que mantienen con los codos apoyados sobre Ucrania.

La contención que, en la antesala del infierno, tuvieron en 1962 los jefes del Kremlin y la Casa Blanca, evitó que se desate una guerra nuclear. ¿Se llegará ahora a picos similares de tensión por la cuestión ucraniana?

Hasta el momento, la guerra transita por gestos y palabras lanzados como proyectiles. La acumulación de fuerzas que superan los 150 mil efectivos en la frontera occidental de Rusia, sumado al aviso que hizo Putin a Volodimir Zelenski, certifican el estado de guerra imperante. La Alianza Atlántica estaría jugando el mismo juego si se confirma que, tal como sostienen los altos mandos militares rusos, el 56° Comando de Artillería que opera misiles Pershing con ojivas atómicas, está desplegando proyectiles nucleares de alcance medio (INF).

Semejante escalada vuelve remoto el acuerdo alcanzado en 1987 por Mijail Gorbachov y Ronald Reagan. Aquel tratado, arduamente negociado, prohibía el despliegue de INF en el territorio europeo. Pero quien comenzó a desmantelarlo fue Donald Trump cuando retiró a Washington en 2019.

Desde entonces, las distenciones se vuelven cada vez más efímeras. Pocos días después de que Putin y Biden acordaran en una cumbre a través del zoom la creación de un grupo de trabajo para elaborar un plan de apaciguamiento en Ucrania, la tensión volvió a escalar a niveles casi tan electrizantes como el de 1962 cuando Kennedy, Jrushev y Castro discutieron en las puertas del infierno.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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