Domingo 25 de febrero, 2024

MUNDO | 30-07-2023 07:34

Una democracia que cruje

En España, la elección dejó una cuadratura de círculo. Los líderes centristas buscan aliados extremistas en lugar de ir por la coalición.

Cuál será nuestra política? Hacer la guerra por tierra mar y aire…hacer la guerra contra ese monstruoso tirano, lamentable catálogo de crímenes humanos”, dijo Churchill al presentar en la Cámara de los Comunes su gobierno de coalición con el Partido Laborista. Fue el discurso que incluyó el célebre pedido a los británicos de “sangre, sudor y lágrimas”, precisamente para enfrentar a Hitler.

El antecedente era una coalición similar que, durante la Primera Guerra Mundial, había sostenido al gobierno del liberal Lloyd George, repetida más tarde para enfrentar nada menos que la Gran Depresión de la década del ’30. Setenta años después, el primer ministro tory David Cameron gobernó en coalición, pero no con los laboristas, que son el gran rival del Partido Conservador, sino con el pequeño heredero de los “Whigs”, el Partido Liberal Demócrata, que por entonces lideraba Nick Clegg. ¿La razón? Resistir la presión del Partido Independiente que lideraba el anti-europeísta Nigel Farage, y también contra la oposición interna que hacían los conservadores euroescépticos, para sacar al Reino Unido de la UE.

Siempre hay una urgencia excepcional que justifica coaliciones inéditas. Las hubo en Alemania, durante la década del sesenta, cuando la centroderecha democristiana liderada por Kurt Kiessinger gobernó en Gran Coalición con los socialdemócratas liderados por Willy Brandt. La necesidad de urgentes medidas económicas dolorosas para la sociedad, fue la motivación de aquella excepcionalidad. Y la motivación principal de todos los gobiernos de Gran Coalición con el PDS que encabezó Angela Merkel, fue cerrarle el paso a la extrema derecha que crecía con Alternativa por Alemania y a la izquierda marxista que irrumpía con el partido Die Linke.

Para situaciones de emergencia, el parlamentarismo dispone del instrumento para conjurar las amenazas contra la democracia: el co-gobierno entre las dos principales fuerzas políticas, que representan a la centroderecha y la centroizquierda. En España, esas fuerzas son el Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero (PSOE). A la cuadratura de círculo que dejó la elección, la resolvería una inédita coalición entre esos dos eternos adversarios que son también las dos principales fuerzas políticas de España.

En las urnas, Alberto Núñez Feijóo logró una paradojal victoria. El PP logró ser la mayor fuerza política, pero para formar gobierno necesita los votos de Vox.
Ahora bien, como el partido ultraderechista que lidera Santiago Abascal se derrumbó perdiendo 19 escaños, con el apoyo de Vox no le alcanza al líder de PP para lograr la investidura, por lo que necesitaría también la aprobación parlamentaria de partidos regionales. El problema es que ningún partido regional votaría la formación de un gobierno que incluya a Vox, el heredero del ideario falangista, que es el ultranacionalismo español, y del centralismo castellanizante que caracterizó al régimen franquista.

Vox y los partidos regionales son el agua y el aceite. Jamás se mezclarían. Por eso al PP le costará acordar hasta con partidos regionales moderados, como la Coalición Canaria. El primer teléfono al que llamó el líder del PP es el del Partido Nacionalista Vasco (PNV), pero para esa fuerza política pactar un gobierno en el que está Vox suena a pactar un gobierno con los herederos de quienes ordenaron bombardear Guernica.

Con los números en la mano, Núñez Feijóo comprendió que con Vox no puede y sin Vox no alcanza. No obstante, la aritmética que dejó la elección es también compleja para Pedro Sánchez. Si bien al líder del PSOE no le sobran escrúpulos a la hora pactar apoyos, no es lo mismo hacer acuerdos parlamentarios eventuales para la aprobación de presupuestos y de leyes, que acordar el apoyo parlamentario a una investidura. Y para seguir en La Moncloa el actual jefe de gobierno necesitaría apoyos tan controversiales como los del Bloque Nacionalista Gallego, fuerza que propicia la independencia de Galicia, y de EH Bildu, partido que desciende del Herri Batasuna, o sea que tiene entre sus ancestros a la ETA.

Pero como con eso no alcanzaría porque Sumar, la coalición izquierdista que armó Yolanda Díaz, en lugar de sumar, restó escaños a la izquierda dura que gobierna con el PSOE, Pedro Sánchez necesitará el apoyo a su investidura de los separatistas catalanes Esquerra Republicana y Junts per Cataluña (JxCat).

El apoyo de esta última fuerza, que es la heredera radicalizada del moderado Convergencia y Unió (CyU) que lideraba Jordi Pujol, tendría un costo moral y político aún mayor porque, además de pedir a cambio la realización de un referéndum sobre la independencia de Cataluña (algo que también pide Esquerra Republicana, el partido de Oriol Junqueras), le exigirá indultar a Carles Puidgemont para que pueda regresar a España. Aunque tenga el rango de diputado del Parlamento Europeo, Puidgemont está prófugo de la justicia española desde que huyó del país tras el fallido referéndum que organizó en el 2017, cuando presidía la Generalitat.

La noche de la elección, con el escrutinio tentándolo a buscar una nueva investidura aunque el ganador en los votos fue su rival Núñez Feijóo, el líder del PSOE  dejó entrever que está dispuesto a no respetar la tradición de que sea investido el más votado. Así se hizo con Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y el mismísimo Pedro Sánchez. Una tradición que Sánchez parece dispuesto a enterrar. Al menos eso insinuó al referirse al resultado, no en términos de partidos (terreno que tiene por ganador al PP), sino en la abstracta dimensión de dos supuestos bloques: el “bloque del avance”, encabezado por él, y el “bloque de la involución, encabezado por Núñez Feijóo.

Falta ver si el PSOE está dispuesto a transitar las nebulosas sendas por las que se encamina la ambición de poder de su líder, o si su estructura empieza a crujir y el ala moderada lo obliga a volver al centro, donde habita su espíritu socialdemócrata. Si Núñez Feijóo y Pedro Sánchez tuvieran un rapto de grandeza política, a la hora de pensar en el próximo gobierno, en lugar de mirar hacia las banquinas de la derecha y la izquierda, se mirarían entre ellos y se plantearían hacer lo que en Alemania hicieron Kiessinger y Brandt, primero, y Merkel con los líderes del PDS Schröeder, Schulz y Olaf Scholz, después, y en el Reino Unido hicieron Lloyd George, Churchill, Attlee, Cameron y Clegg: un gobierno de coalición entre los dos viejos adversarios, para que el centro salve a la democracia liberal de las acechanzas extremistas.arís.

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Claudio Fantini

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