Entre las variantes teóricas sobre los procedimientos para ejecutar la escritura de novelas predominan ciertos mandatos básicos, uno de ellos, ineludible: la oración avanza de forma inevitable. Esto es la materialización formal del tiempo que, a su vez, genera un tiempo de lectura en sí mismo y otro en expectativa. Tres capas que no necesariamente remiten a la secuencia pasado, presente y futuro; la narración puede así alterar el pacto del tiempo existencial del lector, el de la tradición oral y hasta el mismo que genera en su avance.
Y en este tramo (o territorio) es donde la escritura de Mike Wilson experimenta con el relato del relato del relato. Raider Tōzō es el nombre de un luchador de sumo, el rey de todos, el más grande, fuerte y combativo. Pero Tōzō ha muerto y, como la ballena arrojada al borde del mar de Paul Gadenne (Balleine, 1982) -precursor de la noveau roman-, su sola presencia inmóvil, desordena la posibilidad de una lógica narrativa, de esa pendiente.

El primer pacto que propone Wilson es la suspensión de dos relojes. El del policía y escritor (un reloj de pared), el de su casilla de vigilancia en Tokio, quien soporta el comienzo de un temporal de lluvia y viento, acaso advenimiento de la catástrofe. El segundo, el reloj (mecánico, una sombra de metrónomo), es del escritor y personaje del relato del primero, en una cabaña patagónica, aislado o en expectativa con la dilación del acontecimiento final, la muerte misma. En ambos casos, la naturaleza está ahí. Pero, ¿y la naturaleza humana?
A esa pregunta adviene el relato sobre la situación escénica del cuerpo del luchador de sumo, esa masa de una gloria en la lucha que jamás volverá, una y otra vez; los breves párrafos son a la vez el ensayo de un epitafio inacabado, como la forma escrita sobre la que el tercer escriba, el mismo Wilson, asoma con autocrítica, o deformándolo todo, hasta el relato de un supuesto cronista deportivo nipón. Así, tenemos un tetraedro, forma básica de la perfección del carbono (el diamante): en cada vértice tres que escriben, en el cuarto el que lee. Y en el centro, ese relato que se hace imposible y es substancia misma de frustración, provocada por el lenguaje en su acto de narrar, el texto en su conjunto. ¿En el centro de esta forma geométrica está el Aleph de todos los relatos?
Hay más, para que no exista un solo plano donde el lector pueda satisfacer su expectativa, la novela presenta treinta y cinco ventanas. A veces encuadres simples de un afuera cómplice, otras como reflejo de una decadencia física en la que la memoria duda de su propia constitución e identidad (una hija que puede ser asesina, una madre asesinada por un padre yacuza, un alguien infantil que puede envenenar al desvalido enfermo que escribe). Entonces, hay un adentro y un afuera, la imposibilidad misma de uno en otro, incluso del tránsito estable hacia la imagen satisfactoria para que el lector esté cómodo, genere un hábito de certezas. La noción de borde está en el cuerpo suspendido de Tōzō, que también relanza la lectura a otros cruces literarios.

En la concisión del texto, en el efecto de repetición innovada cada vez, aparece la prosa de Alain Robbe-Grillet, pero afectada en ese arco que atraviesa el Pacífico, entre Tokio y la Patagonia, fríos esteparios, mesetas de vientos y anuncios nefastos. Allí está la frase, su evolución: “La sal en su mano manaba de la mano de sal, empuñaba su propia sustancia elemental”. Y también: “…con la mano apretando un puñado de sal negra minada de los volcanes aleutianos…” Porque antes: “La sal que sostenía en su puño narraba el preludio de un combate contra un adversario invisible pero palpable”.
Llueve como en la novela Perros de la Lluvia (2011) de Ricardo Romero; el texto se moja, la lectura se hace húmeda, sube el nivel hasta el ahogo. ¿No le alcanzó a la nefasta catástrofe de una gran guerra con el bombardeo incendiario de toda Tokio? ¿Y la radiación de dos bombas? Pero queda el tifón, terremoto, tsunami, alaridos del planeta. El agua también repite una fórmula estable, natural, pero su exceso borra lo escrito, diluye el papel, todo futuro. Inundación, el fenómeno está fuera de su causa, la destrucción del todo, el abandono de cara a la muerte.
En esta inestable conjetura, la lengua de Wilson es también una cita de nombres nipones, de grafía ideogramática y pronunciación que nos es fantástica, de allí que las tensiones del relato tienen un anclaje en el misterio de La mujer de la arena (1962) de Kōbō Abe, también en Junichirō Tanizaki con su La vida enmascarada del señor de Musashi (1935). Pasado histórico, presente de escritura, Wilson propone una lectura asincrónica, del regusto. Vale todas las penas que nos quedan.
“Raider Tōzō” de Mike Wilson. Fiordo, junio 2026.


















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