martes, noviembre 19, 2019

NOTICIAS URUGUAY | 11-03-2019 18:45

Juan Andrés Ferreira, el periodista zen

Su primera novela, ampliamente elogiada en los medios y entre lectores avezados, ya se considera de culto. Su autor es budista y crítico de cine. Reivindica cero uruguayez.

Juan Andrés Ferreira: Del periodismo me seduce la posibilidad de conocer gente, ca­bezas muy diferentes a la mía. Me dediqué al periodismo cultural, más que nada porque me gustaba mucho el cine; estudié producción audiovisual. Pensaba que en el periodismo cultural podría aprender de cine. De hecho, muchos de los directores que más me gustan, como Truffaut o Godard, habían comenzado como críticos. Me seduce también la posibi­lidad de aprender todo el tiempo. No dejo de aprender -y equivocarme también- en este aprendizaje un poco en público que uno hace. Y trabajar con la palabra escrita, me siento muy cómodo escribiendo.

Noticias: ¿Y aún le seduce el periodismo escribiendo sobre cosas que pueden no in­teresarle?

Ferreira: A partir de la experiencia puedo afirmar que cualquier tema es interesante, lo que hace falta es prestarle atención. No estamos acostumbrados a prestarle atención a las cosas. Al contrario, estamos todo el tiem­po haciendo treinta y cinco cosas al mismo tiempo y a veces no somos conscientes de lo que hacemos. Esto lo fui experimentando con el periodismo. Muchas veces me pasó de ir a entrevistar a alguien que a priori no me in­teresaba y sin embargo terminaba fascinado escuchando su historia.

Noticias: ¿El paso a la ficción era inevitable?

Ferreira: Iba a pasar, porque es lo que más me interesa. Crear algo donde antes no ha­bía nada, bucear en la oscuridad encontran­do fósiles. Me entusiasmó siempre inventar historias, personajes, lugares. Habitar esos mundos de ficción me estimula mucho.

Noticias: ¿Por qué tiene tantos tatuajes?

Ferreira: Creo que es mi única adicción, junto con el café. Algunos son tatuajes que tienen más de diez años y estoy en el mo­mento de retocarlos. Son de diferentes es­tilos. Uno de los brazos es estilo japonés, al que seguramente le pueda agregar algunas cosas. Me tatúo porque creo que necesito al­gunos recordatorios y los tatuajes son eso. Admito que es raro que tenga tatuajes, pero que no me guste exhibirlos, aunque como la mayoría están en los brazos, algunos pueden verse. Los tengo para mí y no para mostrar. Son conceptos que necesito tener presentes para seguir. Éste, por ejemplo, (señala la Ca­trina, calavera mexicana) me recuerda que la muerte es parte de la vida; esta calavera que me dice que fue lo que yo fui y lo que seré. Las flores (señala otro tatuaje) son la fragilidad y la belleza de la vida. Y podría seguir como un idiota explicando uno por uno (risas).

Noticias: Vinculo el colorido de sus tatua­jes con los colores de la tapa de su novela. Quizás es una forma de ver la vida, muy co­lorida y no con el estereotipo uruguayo de la sociedad gris, marrón.

Ferreira: No tengo nada de la tapa del libro tatuado, pero los colores si, son parecidos. Pero no lo sé. Gris y marrón son colores tam­bién. En algunas cosas soy poco uruguayo: no tomo mate, no me gusta el carnaval, ni las murgas, ni las llamadas. En el caso de la portada del libro, se trata de una entidad del budismo tibetano, con el que yo no tengo nada que ver. A mí me interesaba mucho, a pesar de no trabajar nada de él, por todo lo que representa y que tiene que ver con la no­vela, que es la capacidad de transmutación, de ir transformándose, cambiar aquello su­mamente oscuro a algo luminoso. Es como la flor de loto (se la señala en un tatuaje) que sale de un ambiente putrefacto, pero como es una raíz, se mantiene blanca y pura, con una gran belleza y fragilidad también.

Noticias: Sin embargo, los personajes de su novela son muy uruguayos.

Ferreira: Si, porque yo no dejo de ser uru­guayo. Pero no es sólo esa con­dición la que los define. Me in­teresaba contar lo que son los protagonistas humanamente, sus miedos, sus deseos. Sus actividades fueron aparecien­do después. Por ejemplo, yo no consumo fútbol, pero el hecho de que Luis (uno de los perso­najes) fuera periodista deportivo era una forma de tratar de com­prender cosas que no entiendo. Lo mismo con Werner (el otro personaje) que está obsesiona­do por la escritura, a través de las palabras, mientras la vida se agita por fuera de las páginas de los libros.

Noticias: La acción de su no­vela se desarrolla en Salto, lugar en el que no nació pero pasó su infancia y adolescencia.

Ferreira: Hay un autor que a mí me gusta mucho, Pablo Ca­sacuberta, que en una entrevista dijo que cuando él escribe una novela trata de escribir lo más desnudo posible. Se refiere a no escribir para los de la misma tri­bu. Es decir, hay que sacar todo tipo de señas y de apetencias o referencias culturales para ir a lo básico, al núcleo, que es lo humano. Creo que intenté hacer un poco eso. Trabajé a los personajes por su condición hu­mana y no por ser salteños o montevideanos. Aunque el Salto de la novela es un Salto distorsionado por la memoria o las necesidades de la escritura. Casi todo lo que se menciona en la novela es puramente ficción. Hay calles, bebidas, medicamentos, grupos de música, autores, libros, que son pura ficción. No me interesaba tirar links o hacer literatura fa­cebook de poner mis gustos para enganchar al lector. Traté de no estar presente en la narración como escritor, solo me dediqué a observar y a describir, sin juzgar, porque me interesaba, también, aprender. Son personajes que tratan de hacer lo que creo que hacemos todos, evitar el sufrimiento, evitar el dolor. En ese camino suceden una cantidad de cosas.

Noticias: ¿Qué le ha permitido la práctica del budismo zen?

Ferreira: Entre otras cosas, observar sin juzgar. Al monje con el que practico en Mon­tevideo, le pregunté qué le había dado el zen, y él me respondió que más que darle, el bu­dismo, le sacó cosas, fue desechando. En mi caso sucede algo parecido. Desde que practico el Soto zen me doy cuenta de que me voy des­pojando. Me ha sacado la carga asombrosa de juicios y valores que adjudicaba y todavía adjudico, porque lo sigo haciendo, soy un torpe practicante de zen. Cuando hice el retiro de siete meses en el monasterio Luz serena, en Valencia (España), fui convencido de que era una persona tolerante, flexible, muy poco egoísta, y allí descubrí todo lo contrario. No era ni tan tolerante, ni tan flexible ni po­co egoísta como me creía. Tenía una cantidad de ideas sobre mí mismo que en la práctica y en la experiencia me di cuenta de que no era tan así. Pero no fue un problema descubrirlo, no fue grave. Lo que fue doloroso fue todo lo que yo había hecho para evitar darme cuenta de cómo era.

Noticias: ¿Cómo fue el retiro día a día?

Ferreira: En un monasterio zen uno hace lo mismo que afuera, con una diferencia: presta aten­ción. Lo que hacía era meditar, cocinar, limpiar los baños, hacer caminos en el monte, cortar leña, lavar ropa, acondicionar los diferentes luga­res donde se vivía, pero cada cosa se hacía en su momento y en su lugar. Lo que se ha­ce es prestar atención. Con eso ya se obtiene mucho. Teníamos un día libre a la semana, los lunes. El monasterio estaba en un mon­te, cercano a un pueblo llamado Requena. Entonces, por ejemplo, los lunes podíamos hacer compras, a veces uno necesitaba algo más de ropa, porque la dinámica del lugar te lleva a utilizar lo mínimo, lo que realmente necesitás. En la cocina casi no se habla, por­que es también un lugar de práctica. Cuando vos estás cortando cebolla, estás cortando cebolla y se terminó. No hablás del partido de fútbol, y menos ponés una radio. Es el aquí y ahora, el momento presente, en atención plena. Por eso, generalmente, ni te quema­bas, ni te cortabas ni nada, porque realmen­te estabas prestando atención. Esto, con la repetición, con la rutina, después lo aplicás a todo. Cuando estás escribiendo una nota, estás escribiendo una nota y no otra cosa.

Noticias: ¿Y su curiosidad periodística por estar informado?

Ferreira: A mí me pasa que todo el día es­cucho música. Para mí fue rarísimo llegar a un lugar silencioso. Me llevé una cantidad impresionante de música en el celular, pero no tuve necesidad de escuchar. Tampoco tuve necesidad de leer. Durante los primeros dos meses no leí casi nada, excepto lo que tenía que leer del programa de estudios budistas. Eso fue increíble. Había algo de estar en con­tacto con la naturaleza, y la banda sonora, mi música, era la naturaleza, el viento, las ranas, los pájaros. Es que la percepción del tiempo se me distorsionó por completo. Al volver a mi vida cotidiana en Montevideo todo me pa­reció muy ruidoso, muy rápido. Hablaba con la gente y todos hablaban rapidísimo, fue una sensación muy rara. Recién ahora volví a es­cuchar música seguido. Me costó entrar en la adrenalina, de la redacción, por ejemplo. Me costó entender que necesitaba cosas que me hicieran vibrar. Pero también, el monasterio, aquello, también es la realidad. Ir al monas­terio fue ir a conectarme con la realidad, pe­ro de otra manera, de forma más consciente. En el zen, en el budismo, se dice que la vía, el camino, está bajo tus pies. O sea que allá donde y en el momento en que estés, ahí estás practicando. En un monasterio me di cuenta de que no necesitaba irme a un monasterio.

Noticias: La novela le llevó cuatro años de escritura. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Cuándo se dio cuenta de que era el momento para el punto final?

Ferreira: El proceso fue alucinante. Impli­có, sobre todo, compromiso y disciplina. Me comprometí con la novela y su mundo de la forma que creo que un monje asume el com­promiso con su práctica día a día. Me impuse la disciplina de escribir todos los días, arrancaba bien temprano, en la mañana, porque des­pués tenía que trabajar y mi trabajo consiste, básicamente, en escribir. Si dejaba la novela para después del trabajo no la iba a termi­nar más, o no la iba a terminar de la mejor manera, seguro ella iba a terminar conmigo. Además, para mí hay dos actividades que son vitales: correr y meditar. Si no las hago, siento que no estoy del todo bien. Y si no es­toy del todo bien no pienso ni escribo bien. Entonces escribía mucho en la mañana y, el resto del día, cuando podía, investigaba o leía sobre determinados asuntos que aparecen en la novela. Leí y me documenté bastante. Y escribí mucho, muchísimo, sobre los per­sonajes, sus historias y sus circunstancias, la parte oculta del iceberg, digamos, cosas que necesitaba para mí pero que el lector no tiene ni por qué enterarse. Creo que la novela misma me mostró el camino y el punto final.

Noticias: Ha tenido devoluciones de lectores que leyeron cosas que Ud. no pensó?

Ferreira: Sí. Varias. Es asombroso.

PERFIL. Juan Andrés Ferreira (Montevideo, 1978). Vivió hasta los 18 años en Salto. Trabaja en periodismo desde 1999. Trabajó como cronista, editor y crítico cinematográfico en diarios y revistas. Actualmente escribe en el semanario Búsqueda. Integró la antología “El descontento y la promesa. Nueva/joven narrativa uruguaya” (2008) y “Género Oriental: Fantasía - Terror - Noir - Ciencia Ficción - Cosas raras” (2017). “Mil de fiebre” es su primera novela editada por Random House.

por Jaime Clara

Galería de imágenes

Comentarios

Música

Bambi: "Vuelve a casa"

Espacio Publicitario

Espacio Publicitario