Jueves 24 de junio, 2021

OPINIóN | 08-02-2013 13:41

A la espera del tsunami

Lorenzino, Moreno y Kicillof. El equipo económico de la Presidenta no acierta a frenar la inflación ni evitar la suba del dólar blue.

Dicen los reacios a aplaudir las proezas de Hernán Lorenzino, Axel Kicillof, Guillermo Moreno y compañía que, a pesar de sus esfuerzos abnegados, la Argentina aún no ha logrado privar a Sudán y Sudán del Sur del liderazgo del campeonato mundial de inflación, pero no hay que impacientarse. Si bien el año pasado los africanos anotaron índices más altos –el 28 por ciento en el caso de los islámicos y un muy meritorio 60 por ciento en el de los cristianos y animistas del depauperado Sur recién escindido-, sus rivales criollos parecen resueltos a superarlos.

Están por pisar el acelerador. El país no tardará en verse inundado de billetes Evita de 100 pesos que, por un par de meses, tal vez un año, alcanzarán para comprar una tacita de café, para entonces esfumarse en el empíreo en que se perdieron tantos otros, como los de un millón de pesos de antes y de medio millón de australes. Aunque la presidenta Cristina y los militantes encargados de manejar la economía juran que no es su propósito estimular la inflación (no son “tan” heterodoxos), seguirán haciéndolo por miedo a la alternativa que a esta altura no podría ser sino un ajuste draconiano. Rezan para que el costo de vida suba poco a poco, pero existe el riesgo de que la inflación adquiera la fuerza de un tsunami que un buen día rompa todas las barreras que se han improvisado.

Desde el punto de vista del Gobierno, la inflación seguirá siendo tolerable con tal que no lo haga perder el apoyo del grueso de los atrapados en los grandes bolsones de pobreza que son sus bastiones electorales. Como sabe muy bien Kicillof, la clase media pudiente se siente agredida por los esfuerzos oficiales por apoderarse de todos sus dólares, pero, como ha sucedido con cierta frecuencia, los más perjudicados por el populismo económico, los pobres, también son los más inclinados a respaldarlo. Así y todo, de reducirse mucho el poder de compra exiguo de quienes forman parte de la mitad del país que vive al borde de la indigencia, o que ya están hundidos, aquellos políticos que dependen de los votos de los efectivamente excluidos no vacilarían en alejarse de Cristina.

La relación de la Argentina con la inflación es extraña. Mientras que en Alemania la híper de la República de Weimar dio lugar a una fobia tan fuerte que luego de noventa años sigue dominando el pensamiento de sus gobernantes, en la Argentina la experiencia de décadas del mal tuvo un efecto radicalmente distinto. Convivir con la inflación, tratarla como un cuco innocuo que, si bien atemoriza a alemanes asustadizos y horroriza a liberales despreciables, sólo motiva indiferencia aquí, es una tradición nacional.

Será porque, desde mediados del siglo pasado, los gobernantes, todos populistas a su manera particular, han tenido que elegir entre el país rico soñado y el real que, por desgracia, es pobre según las pautas contemporáneas y, con la excepción del campo, muy poco competitivo. Puesto que el país soñado es mucho más atractivo y, de todos modos, es el único de los dos que es políticamente viable, han actuado como si fuera el auténtico, llenándolo de plata mediante créditos o, cuando escaseaban prestamistas dispuestos a arriesgarse, activando la maquinita, con la esperanza de que, andando el tiempo, la producción crezca y la abundancia de bienes haga bajar los precios.

Por desgracia, sigue demorándose el anhelado salto productivo previsto por una larga serie de gobiernos, mientras que el intento de curar la adicción a la inflación con la convertibilidad fracasó porque los políticos locales, como sus homólogos de Grecia, España e Italia merced al euro que es la versión transatlántica del esquema adoptado por Domingo Cavallo, aprovecharon la sensación insólita de estabilidad que se dio en la década de los noventa para que el país se endeudara hasta el cuello. O sea, parecería que es congénita la propensión de la clase gobernante a gastar más, mucho más, de lo que en buena lógica debería, de ahí los esporádicos estallidos hiperinflacionarios, los default y los enfrentamientos con el resto del mundo que, con la perversidad que lo caracteriza, se resiste a entender que la Argentina merece ser rica y que por lo tanto le corresponde ayudarla a serlo.

¿Estamos en vísperas de un nuevo cataclismo provocado por la negativa patriótica del gobierno de turno a someterse a las reglas sencillas, basadas en la matemática, que imperan en otras latitudes?  Es posible. El costo de vida está subiendo a una velocidad alarmante: los optimistas prevén que este año la tasa de inflación se mantenga por debajo del 30 por ciento, pero tal y como están las cosas podría ser el doble o más. El dólar blue está en vías de transformarse en la moneda de referencia. Hasta los sindicatos K, y ni hablar de los declaradamente opositores, insisten en ubicar el piso para las paritarias en el 25 por ciento pero quieren que se celebren negociaciones salariales varias veces por año, lo que, huelga decirlo, les garantizaría semanas enteras del protagonismo que tanto les gusta. Para colmo, por tratarse de un año electoral, el Gobierno irá a virtualmente cualquier extremo para impulsar el consumo.

Nadie, ni siquiera Cristina, cree que congelar por ucase gubernamental los precios en los supermercados frenará la inflación. A lo sumo, servirá para que la gente culpe a los almaceneros, como si fuera a causa de su codicia descomunal que los precios aumenten, permitiendo así al Gobierno desempeñar el papel políticamente beneficioso de defensor a ultranza del consumidor amenazado por empresarios desalmados. Aunque podría argüirse que el escaso respeto que siente la mayoría por el empresariado está entre las causas de la debacle socioeconómica y política de la Argentina, un país que a juicio de los futurólogos de hace un siglo estaba condenado al éxito y pronto sería uno de los más prósperos del planeta pero que, a menos que modifique pronto su rumbo, parece destinado a terminar entre los más pobres de América del Sur, puesto que para los K absolutamente todo tiene que verse subordinado a sus propios intereses políticos, el Gobierno no titubeará en agregar a los comerciantes a su lista cada vez más extensa de enemigos del pueblo.

Los kirchneristas ya se han habituado a sacar provecho de lo que otros tomarían por reveses. Para ellos es un honor el que, gracias a su preferencia por las estadísticas fantasiosas, la Argentina haya sido el primer país del mundo a recibir un rapapolvo del FMI en la forma de una “moción de censura”, lo que es toda una novedad en la historia de 69 años de dicho organismo multilateral. Como no pudo ser de otra manera, contraatacaron, recordándoles a los odiados tecnócratas que no habían previsto el derretimiento financiero causado por el estallido de la burbuja inmobiliaria estadounidense y el sobreendeudamiento resultante. Están en lo cierto, pero de haberlo hecho a tiempo el FMI, todos lo hubieran acusado de provocar el derrumbe y, por malicia neoliberal, de oponerse a que integrantes insolventes de “minorías” norteamericanas recibieran préstamos para adquirir viviendas costosas.

De todos modos, es normal que muy pocos vaticinen las grandes crisis económicas –caso contrario, nunca ocurrirían-, motivo por el que el puñado de economistas afortunados que sí atinan a hacerlo se convierten enseguida en gurús de fama mundial. En cambio, en la Argentina los pesimistas que resultan tener razón al pronosticar catástrofes no suelen ser elogiados por sus dotes proféticas. Acaso sea injusto, pero sucede que nunca fue necesario ser un genio para entender que  un buen día los distintos “modelos” voluntaristas que se han probado aquí saltarían por los aires debido en buena medida a la negativa terca a abandonarlos antes de que sea demasiado tarde de quienes se han ufanado de ser sus inventores y dueños.

Si Cristina y sus soldados fueran personas pragmáticas, hubieran reaccionado a tiempo para ahorrarle al país la colisión con la realidad que le aguarda, pero no lo son. Antes bien, se suponen “revolucionarios”, ideólogos que se han propuesto probar que tenían razón los estudiantes de la década de los setenta del siglo pasado y que todos los demás –los liberales nativos, los dirigentes socialistas o conservadores europeos, los yanquis, los asiáticos-, no entendían nada.

Se ha hablado mucho últimamente del aislamiento argentino, esta consecuencia de la vocación peleadora de los kirchneristas que los han llevado a solidarizarse con regímenes truculentos como los de Hugo Chávez, los hermanos Castro y, según parece, los ayatolás iraníes, pero aún más llamativo que el aislamiento político y financiero es el intelectual. Para desconcierto de sus equivalentes de Europa y América del Norte, la parte significante de la intelectualidad progresista que se ha encolumnado detrás de Cristina y que trabaja afanosamente para suministrarle pretextos para seguir adoptando actitudes excéntricas parece habitar su propio mundo. Por una mezcla de orgullo nacionalista, ambición personal y la voluntad de asumir posturas contestatarias, la Presidenta y sus admiradores se han dedicado tanto a atribuir la decadencia del país a la malignidad ajena que están más interesados en endosar a otros la responsabilidad por las lacras sociales que en tratar de remediarlas.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The  Buenos Aires Herald”.

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