Martes 7 de abril, 2020

OPINIóN | 23-03-2020 15:25

Coronavirus: ¿implosión de una matriz?

Por Jerónimo Guerrero Iraola. El ritmo frenético, individual, desapegado y egocéntrico, hoy colapsa ante nuestra finitud.

En menos de 10 años me tocó padecer una inundación (vivo en la ciudad de La Plata), y ahora una pandemia cuyos efectos inmediatos son el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Hace mucho perdí la fe en el progreso indefinido que nos venden desde las usinas de pensamiento liberal. Sin embargo, la circularidad de estos días de encierro, me llevan a reflexionar sobre algunos puntos que, al menos, se muestran un poco más claros.

La primera pregunta es sobre el desenfreno. Se puede parar. Sí, dirán que las economías sentirán el impacto. Sin embargo, si vamos más allá de la epidermis, podemos preguntarnos por el sentido de la economía tal como se nos exhibe. ¿Qué implica que la economía colapse? ¿Qué pasa si colapsamos todos, todas y todes, las pujantes, las en desarrollo y las más complicadas? ¿Qué entendemos por economía? ¿Qué miramos? ¿Qué nos preocupa?

Tal vez, el COVID-19 vuelva a emplazar nuestra experiencia en una escala humana. Sin vida, no hay economía ni finanzas posibles. Sin biosfera, no hay vida. Tenemos un solo planeta que hoy, en plena crisis epidemiológica, nos escupe con crudeza nuestras propias limitaciones. No podemos escapar del planeta en la nave de Elon Musk. El agua, la tierra y el aire son bienes finitos. Como nuestras vidas. Frágiles. Las ficciones e historias que nos narramos, aquellas que nos permitieron en un par de siglos pasar a ser amos de la pirámide animal, hoy son insuficientes contra un microorganismo. ¿Saldremos? Es probable, pero fueron esos seres microscópicos los que han llamado nuestra atención, los que nos tienen desde hace días enclaustrados.

Por otro lado, el virus puso en jaque a la sociedad del cansancio, aquella definida por Byun-Chul Han en un libro que lleva ese nombre. El ritmo frenético, individual, desapegado y egocéntrico, hoy colapsa ante nuestra finitud.

Estamos solos, solas y soles en nuestras casas. Nuestros afectos están lejos, como todas las semanas desde hace décadas, sólo que ahora lo vemos, lo sentimos y percibimos. Los lazos comunitarios, esa dinámica de compartir, cuidar y ser cuidados, aquello denostado por el mainstream meritocrático e individualista, emergen con potencia, como alguna ciudad antigua enterrada por la tormenta de arena de aquello que llaman éxito. Hoy, como nunca, el abrazo de una abuela, el mate con un padre, madre o ser querido, se vuelve oro ante la tóxica e implacable dosis de incertidumbre que consumimos a diario.

Finalmente, la sociedad algorítmica. Aquella que nos introdujo, hace algunos años, en burbujas ficcionales que, en su potencia digital, nos sustrajeron de la experiencia offline. La cuarta revolución industrial y la vorágine informativa nos han puesto en riesgo. Sí, además del coronavirus, hay especialistas, como Mario Riorda, que nos hablan de infodemia, ese tráfico incontenible de datos y noticias falsas, que se amplifican y generan caos: compra desaforada de papel higiénico, desabastecimiento de insumos básicos como el alcohol en gel, entre otras de las tristes imágenes de las que hemos sido testigos durante las últimas semanas. A tal punto ha llegado este aspecto que la Organización Mundial de la Salud ha llamado a evitar la sobreinformación (y podríamos agregar, la desinformación).

En esto del vórtice digital, resulta interesante ver, otra vez, los límites físicos. Todo está en Internet, todo allí se puede resolver, hasta que todos, todas y todes estamos las 24 horas del día hiperconectados, en el mismo momento. Allí, la Biblioteca de Babel se desvanece en el aire, el streaming o conectividad comienzan a fallar. Nuevamente nos volvemos humanos, demasiado humanos.

Es probable que el COVID-19 cambie la matriz sobre la que se han construido nuestras experiencias vitales. El mundo, tal como lo conocemos, ha cambiado. Sigue quedando, sin resolver, la interseccionalidad de vulnerabilidades invisibilizadas. Las personas que no tienen acceso a salud, las y los cuentapropistas que viven de la pesca del día, quienes no tienen empleo, flotan en la cabeza de muchos/as desde hace semanas. Quizás esta trágica situación, nos permita discutir todo. En serio, con datos, con comprobaciones, sin chicanas ni evocaciones románticas.

Hay un bichito que se cobró, desde principio de 2020, muchísimas vidas. Al mismo tiempo, nos está adoctrinando. No importa tu clase ni estatus social, no interesan tus privilegios, no te sirve el dinero. Lo único que importa, hoy, es la solidaridad.

* Director de Proyectos Centro de Estudios para la Gobernanza. @jerogi

por Jerónimo Guerrero Iraola

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