Martes 7 de abril, 2020

OPINIóN | 19-03-2020 13:27

Cuarentena: ¿Qué hago con mis padres?

Es la queja de todos los hijos adultos por estos días. El grupo de mayor riesgo se vuelve inmanejable en plena expansión de la pandemia.

Un twittero con sentido del humor hizo ayer la lista de los “villanos” del coronavirus. En su ennumeración fatal, junto con los acopiadores de papel higiénico y el entrenador que golpeó al empleado de seguridad de su edificio aparecía “mi vieja que quiere hacer vida normal”. La periodista y escritora Florencia Etcheves, un día antes, había declarado en un tweet que sus padres le daban más trabajo que sus hijos encerrados entre cuatro paredes.

Frases como estas abundan por estos días en las redes, en los chats y las charlas telefónicas de hijos de mediana edad, respecto de sus padres, el grupo de mayor riesgo en la pandemia: los adultos que superan los 65 años.

¿El reclamo principal de esos padres? Salir a la calle; aunque en la televisión repitan cada tres minutos que son el sector social con más riesgo al contraer el coronavirus y que las consecuencias de contagiarse pueden ser fatales para ellos.

Los padres no se resignan a pasarse días encerrados, a no hacer vida normal, a no ir al supermercado, a su clase gimnasia, a la casa de sus amigos o a comer pizza en la esquina.

Esta semana, en un artículo escrito por Michael Schulman en The New Yorker, titulado “Convenciendo a mis padres 'boomer' de tomarse en serio el coronavirus”, el periodista aborda la cuestión y da una posible explicación a tanta resistencia. La palabra “boomer” del título, que alude a la generación del “baby boom” (los nacidos durante la explosión demográfica posterior a la Segunda Guerra mundial, que hoy tienen entre 55 y 75 años) tiene mucho que ver con la interpretación de Schulman. El periodista se pregunta cómo transformarse a sí mismo en el protector de sus padres cuando estos forman parte de una generación tan excepcional: hombres y mujeres que hicieron todas las revoluciones (Mayo francés, The Beatles, anticonceptivos, quema de corpiños, etc) y también, los primeros que llegan a edad avanzada en tan buen estado de salud mental y física.

Para intentar entender los motivos de esta rebeldía tan irracional, se pueden arriesgar otras explicaciones. Así como quien sufrió alguna vez una depresión no se permite quedarse en la cama y se obliga a salir todos los días a la calle; los adultos mayores saben que su estado de salud mental y físico depende de que pongan en juego toda la voluntad posible para moverse, socializar y tener una agenda nutrida. Esa agenda, que suele ser tan inexorable y fija (mucho más que la de los jóvenes, siempre abiertos a los cambios de rumbo) es también la garantía de un equilibrio que en la vejez se vuelve indispensable.

Una interpretación más filosófica nos recuerda el imperativo de disfrutar de cada día (“carpe diem”, se llama en latín a esta pulsión por gozar de la vida), que se vuelve cada vez más imperioso a medida que se avanza en los casilleros del calendario personal. El encierro, entonces, aparece como lo opuesto al ritmo vital que palpita en las calles, los bares, los teatros, los cines, las fiestas y las reuniones con amigos.

Una última razón: el juego de poder que atraviesa cualquier relación de padres e hijos, distribuye el peso de la autoridad, la autonomía y el conocimiento del mundo de modo diferente en cada etapa de la vida. Ahora a ellos les toca un rol más pasivo. Entonces, pueden descargar el peso de la responsabilidad en los más jóvenes y permitirse una irresponsable rebeldía.

En resumen: esta circunstancia extraordinaria trastoca todos nuestros hábitos y certezas, y esto vale para chicos, padres y abuelos. Paciencia y amor es el único camino. Y en dosis masivas, porque esto recién empieza.

 

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Adriana Lorusso

Adriana Lorusso

Editora de Cultura y columnista de Radio Perfil.

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