Wednesday 17 de July, 2024

OPINIóN | 06-07-2024 07:51

Una pesadilla no sólo norteamericana

El debate presidencial que desnudó la precariedad cognitiva de Biden y lo dejó con un pie afuera de la competencia. Y el dilema de tener como única opción a Trump.

A los norteamericanos les encanta asegurarnos que su presidente es “el hombre más poderoso del mundo”. Si están en lo cierto, hasta nuevo aviso el destino del género humano permanecerá en las manos de un anciano cadavérico que a menudo se olvida dónde está parado y es proclive a balbucear palabras sin sentido. Que éste sea el caso ha sido largamente evidente, pero hasta la semana pasada los simpatizantes de Joe Biden lo trataban como una ficción difundida por propagandistas hostiles que, según ellos, habían manipulado centenares de videos para hacer pensar que estaba senil cuando en realidad era un mandatario sumamente lúcido y eficaz.

Quienes rodean a Biden ya no pueden convencer a nadie de que está en plena posesión de sus facultades mentales. Sería difícil exagerar lo penosa que fue la actuación catatónica del presidente norteamericano en el debate público con Donald Trump que se celebró aquel jueves fatídico. Fue tan mala que hasta sus admiradores más acríticos no vacilaron en suplicarle permitir que otro demócrata tomara su lugar. Sin embargo, instigado por su esposa Jill, que lo trata como un niño vulnerable y lo felicita efusivamente si a su entender responde bien a una pregunta sencilla, Biden se negó a bajarse. Parece creer que su presunta voluntad de respetar la verdad es más que suficiente como para darle el derecho a permanecer en la Casa Blanca por algunos años más. Desgraciadamente para él, para cumplir debidamente el rol a que se aferra necesitaría contar con algo más que una supuesta aversión a formular declaraciones tan estrambóticas como las que suele pronunciar su rival.

Puede que en los meses que nos separan de las elecciones del 5 de noviembre Biden opte por renunciar a su candidatura o que sufra problemas de salud tan dramáticos que le impidan seguir funcionando, pero pase lo que pasare, a los Estados Unidos le costará mucho salir de la crisis política que se ha producido. No es la primera vez que algo así ha ocurrido; hace cien años el presidente Woodrow Wilson fue incapacitado por un derrame cerebral, pero su esposa, que en efecto se encargó del gobierno, y miembros de su entorno lo ocultaron durante varios meses, lo que pudieron hacer porque en aquel entonces era fácil mantener a raya a los reacios a prestarse a una mentira.

Tal y como están las cosas, todas las alternativas para los demócratas son malas. Si los preocupados por el estado físico y mental de Biden logran forzarlo a confesarse incapaz de continuar, tendrán que encontrar un sustituto muy pronto, lo que los condenaría a celebrar una interna rencorosa en vísperas de la jornada electoral, una en que los partidarios de la nada popular vicepresidenta Kamala Harris acusarían a sus contrincantes de racismo. En buena lógica, Harris debería ser capaz de tomar el lugar de su jefe en cualquier momento, pero Biden tuvo la astucia de nombrarla como su compañera de fórmula porque, asesorado por expertos en las artes negras de la política, estimaba que le sería imposible intentar desplazarlo.

A esta altura lo único que les importa a los demócratas es la amenaza que ven encarnada en Trump; están resueltos a frenarlo por cualquier medio, sea legítimo o no, de ahí la campaña frenética de “lawfare” que están librando con la esperanza de eliminarlo de la carrera presidencial. Desde el punto de vista de los dirigentes demócratas, las deficiencias manifiestas de Biden y Harris son apenas anecdóticas en comparación con las del enemigo republicano que, insisten, es un dictador en ciernes cuyo eventual triunfo tendría consecuencias terribles tanto para Estados Unidos como para el mundo en su conjunto.

Muchos dirigentes europeos, alarmados por el avance en sus propios países de lo que llaman la “ultraderecha” nacionalista, coinciden. Temen que, una vez de regreso a la presidencia de la superpotencia, el “hombre naranja” haría trizas de la OTAN, lo que los obligaría a gastar mucho más en sus propias fuerzas armadas, y dejaría que su “amigo” Vladimir Putin se quedara con aquellas partes de Ucrania que ya están ocupadas por sus ejércitos. ¿Están en lo cierto? Por ser Trump un personaje tan imprevisible, nadie sabe la respuesta a los interrogantes que están atribulando a los europeos, si bien es de suponer que, aunque sólo fuera por una cuestión de orgullo personal, no le gustaría verse tomado por un títere dócil del autócrata ruso.

Sea como fuere, a esta altura no cabe duda de que el orden político estadounidense se ha hecho tan disfuncional como el de cualquier “república bananera”. Tanto Biden como Trump simbolizan con rara perfección la decadencia de “una casta” mezquina y corrupta cuyos integrantes privilegian sus propios intereses por encima de todo lo demás. El mero hecho de que, por ahora cuando menos, los norteamericanos se vean constreñidos a elegir entre un sujeto como Trump que enfrenta docenas de causas legales en su contra y alguien tan notoriamente limitado como Biden es de por sí alarmante. No extraña en absoluto que, según las encuestas de opinión, muchos quisieran que otros compitieran por la presidencia, pero sucede que los aparatos partidarios no lo permitirían, ya que dependen directamente de ellos las carreras de decenas de miles de hombres y mujeres que han hecho de “la política” su ocupación principal.

Para muchos, la derrota -que ya parece más probable de lo que había sido el caso hasta hace muy poco- de Biden o su reemplazante sería un desastre personal, motivo por el cual se esforzaron por pasar por alto su debilidad hasta que, de golpe, el presidente mismo se las arreglara para informarles que no estaba en condiciones de desempeñar el papel por el cual había sido elegido.

Además de los operadores del Partido Demócrata, los perjudicados por el harakiri público de Biden incluyen a los medios periodísticos tradicionalmente más prestigiosos que, durante años, habían colaborado con los esfuerzos del gobierno por hacer creer que en verdad el presidente gozaba de muy buena salud. En aquel debate memorable, la falsedad de lo que habían dicho y escrito los periodistas politizados del New York Times, el Washington Post y el canal televisivo CNN acerca de Biden se hizo tan dolorosamente evidente que, para recuperarse del golpe, enseguida sumaron sus voces al coro que le pedía tirar la toalla cuanto antes. Como no pudo ser de otra manera, les asustó la probabilidad de que la impresión lamentable dejada por Biden signifique que Trump gane por un margen en el colegio electoral que sea aún mayor que el del 2016 en que, para desconcierto de casi todos, se impuso a Hillary Clinton. Rezan para que Trump cometa tantos errores en los meses próximos que la mayoría llegue a la conclusión que sería mejor votar por un viejo cuyo deterioro parece irremediable.

La convicción de que los políticos y sus compañeros de viaje no comparten las preocupaciones del “hombre común” está detrás de la brecha que se ha abierto entre las elites tecnocráticas occidentales y quienes se creen representantes de la mayoría insatisfecha. Si en Estados Unidos la democracia corre peligro, como dicen Biden y quienes lo defienden, se deberá a mucho más que la personalidad vengativa de Trump. Lo mismo que en todos los países desarrollados, son cada vez más los norteamericanos que sienten que los partidos principales se han transformado en organizaciones sectarias que están más preocupadas por sus propias obsesiones que por otra cosa.

Huelga decir que a la democracia le será difícil sobrevivir por mucho tiempo a menos que todos, con la excepción de un puñado de autoritarios rabiosos, confíen en el sistema. Sin embargo, en los países avanzados hay muchos que se sienten estafados en buena medida porque los candidatos a puestos electivos creen que, para triunfar, tienen que persuadir a la gente de que serían capaces de solucionar problemas que, en sociedades modernas, pueden ser insolubles, ya que no habrá forma de reconciliar las aspiraciones o intereses de todos los individuos o grupos que las conforman.

Si no fuera por el apoyo entusiasta del grueso de la clase trabajadora norteamericana blanca, además de una proporción creciente de los negros e hispanos, Trump seguiría siendo nada más que una celebridad notoria por su vanidad. Llegó a ser uno de las personajes más poderosos del planeta porque, a diferencia de quienes habían sido políticos profesionales desde su juventud e integrantes de “las elites” académicas, mediáticas y culturales, entendía que el grueso de sus compatriotas tenía motivos de sobra para quejarse de la forma en que evolucionaba su país; aunque estadísticamente era el más rico del mundo, los beneficios no llegaron a los bolsillos de los relativamente pobres.

Un ejemplo desolador de la caída precipitosa de la calidad de vida de millones de norteamericanos es brindado por California, el Estado “dorado” cuyo gobernador es el hipotéticamente presidenciable Gavin Newsom, en que multitudes de sin techo, muchos de ellos drogadictos, malviven en carpas erigidas en las calles sucias de Los Ángeles y San Francisco. Otro síntoma de retroceso es la epidemia de fentanilo, una droga barata que, dicen, es cincuenta veces más potente que la heroína, y otros opioides que todos los años ocasionan decenas de miles de muertes sin que las autoridades hayan encontrado la forma de combatir el consumo ilícito de tales sustancias.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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